La admiración siniestra

Jorge Avila · 28 de mayo de 2026

La admiración siniestra

Por Oscar Arias

En la superficie, la ciencia se sostiene sobre una promesa casi moral: la búsqueda desinteresada de la verdad, el escrutinio riguroso de la evidencia, la corrección colectiva de los errores. Es un ideal ilustrado, heredero de siglos de discusión racional. Pero basta con entreabrir la puerta de cualquier instituto —en México o en cualquier otro país con estructuras académicas frágiles— para descubrir que, junto a las pipetas y los artículos indexados, coexiste una emoción mucho más antigua: la envidia.

No la envidia burda, explícita, que uno podría caricaturizar. No. Se trata de una forma más sofisticada, más corrosiva: la admiración siniestra. Esa que sonríe en público, que celebra en voz alta, pero que en privado susurra dudas, minimiza logros y, cuando puede, sabotea trayectorias.

La ciencia mexicana —como muchas ciencias periféricas— vive en una tensión constante. Por un lado, produce talento de clase mundial; por otro, opera dentro de estructuras institucionales limitadas, con financiamiento irregular, burocracias asfixiantes y sistemas de reconocimiento que no siempre premian el mérito con claridad. En ese terreno, destacar no solo es difícil: es peligroso. Porque quien destaca rompe un equilibrio tácito.

En comunidades pequeñas, donde todos se conocen, donde las oportunidades son escasas y los espacios de poder están bien delimitados, el éxito individual no siempre se percibe como un triunfo colectivo. A menudo se interpreta como una anomalía, una disrupción que incomoda. “¿Por qué él?”, “¿qué hizo diferente?”, “¿a quién conoce?”. Las preguntas rara vez se formulan en voz alta, pero operan como un murmullo persistente.

No es casual. La envidia, como emoción social, florece en contextos de desigualdad percibida y recursos limitados. Cuando los mecanismos de evaluación son opacos, cuando el financiamiento se distribuye con criterios poco transparentes, cuando el reconocimiento depende tanto de redes como de resultados, el terreno se vuelve fértil para la sospecha. Y la sospecha es el lenguaje cotidiano de la envidia.

Pero reducir el fenómeno a una patología institucional sería insuficiente. Hay algo más íntimo, más humano.

El científico —ese idealizado buscador de verdades— no está exento de las pasiones que estudia o pretende trascender. Compite por becas, por plazas, por citas, por prestigio. Su carrera depende de indicadores que, aunque cuantificables, nunca son completamente justos. En ese entorno, el éxito ajeno puede sentirse como una amenaza directa, una evidencia incómoda de lo que uno no ha logrado.

Y entonces aparece la admiración siniestra. Se manifiesta en el comentario ambiguo: “Sí, su trabajo es interesante, aunque un poco derivativo”. En la revisión anónima que exige estándares imposibles. En la omisión deliberada de una cita clave. En la invitación que nunca llega. En el silencio.

Es una forma de violencia blanda, difícil de señalar porque siempre tiene coartadas plausibles. Después de todo, la crítica es parte esencial de la ciencia. ¿Dónde termina el escrutinio legítimo y dónde comienza la envidia disfrazada? La frontera es difusa, y ahí reside su poder.

Sin embargo, sería un error caer en el cinismo absoluto. La ciencia mexicana —y la de cualquier país— también está llena de generosidad genuina, de mentorías desinteresadas, de colaboraciones que cruzan generaciones y disciplinas. Hay quienes celebran el talento ajeno porque entienden que el conocimiento no es un juego de suma cero.

Pero incluso esos espacios no son inmunes. La pregunta, entonces, no es si la envidia existe —eso es evidente—, sino qué hacemos con ella. Una posibilidad es negarla, mantener la ficción de una comunidad puramente meritocrática y racional. Otra, más incómoda pero más honesta, es reconocerla como parte del ecosistema científico y diseñar instituciones que la contengan: procesos de evaluación transparentes, financiamiento distribuido con criterios claros, sistemas que premien la colaboración tanto como el logro individual.

Y, quizá más difícil aún, cultivar una ética personal que resista esa deriva. Porque al final, la admiración siniestra no solo daña a quien es objeto de ella. Corroe también a quien la siente. Lo encierra en una lógica de comparación constante, lo aleja de la curiosidad que, en teoría, lo llevó a la ciencia en primer lugar.

En un país como México, donde hacer ciencia ya es, de por sí, un acto de resistencia, permitir que la envidia dicte las reglas del juego es un lujo que no podemos darnos. Tal vez la verdadera sofisticación científica no consista solo en dominar técnicas o acumular publicaciones, sino en algo más elemental y más difícil: aprender a admirar sin resentimiento.

A celebrar sin cálculo. A entender que, en el largo plazo, el único triunfo que importa es el del conocimiento mismo. Y ese, por definición, nunca es individual.

* Oscar Arias es Decano Asociado de Posgrado de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey.