Kitano Kid

blogeditor · 10 de enero de 2022

Kitano Kid
Foto: Cortesía Netflix.

Eventually, this is how I would like to be remembered at the end of my career: he was never the best in anything he did – comedy, acting, filmmaking, writing, etc. But nobody was better at doing different things at the same time than he was”.

Takeshi Kitano

 

A veces pienso que uno de los obstáculos que contribuyen a la opacidad de la escritura es cuando la pulsión que la guía proviene de la devoción (velada o frontal). Escribir desde la atalaya del fervor se parece demasiado al escabroso reto de reconocer los defectos de nuestros propios hijos y verbalizarlos allende el temeroso murmullo de la culpa. O quizás no. Quizás la devoción hacia una figura inalcanzable nos proporcione mayores herramientas para bosquejar un trazo más preciso del objeto de nuestro amor. Hoy vuelvo a la carga para caminar a través de estos obstáculos y reseñar sin vergüenza la película inspirada en un libro autobiográfico de Takeshi Kitano. Lectores de la vieja guardia recordarán que en 2012 escribí un ensayo en este mismo espacio dedicado a revisionar la trayectoria de Beat Kitano desde sus épocas de ascensorista y primeros pasos de comedia stand up en el barrio Asakusa, hasta el reconocimiento internacional como cineasta, poeta, actor, autor, compositor, bailarín, artista  plástico, presentador de TV y el comediante más popular que la televisión nipona tenga memoria.

“Asakusa kid” (2021) es una cinta dirigida por el cómico, novelista y cineasta Gekidan Hitori que cuenta con elementos clave para convertirla en un producto entrañable para cualquier espectador que esté o no identificado con la extensa obra cinematográfica de Takeshi Kitano. La primera notabilidad es que, tanto la ambientación como el elenco son de extraordinaria manufactura, y la segunda: la cinta está basada en el libro homónimo y autobiográfico de Kitano publicado en 1988 que relata en primera persona los tropiezos que vivió después de huir de casa tras abandonar la carrera de ingeniería para comenzar una trayectoria en la comedia sin tener mínima aptitud para ello. Los fans que deseaban una biopic que abarcara el medio siglo de andanzas que incluyen problemas con la ley, escándalos, accidentes y ascensión a la gloria del genio japonés, tendrán que esperar muy sentados en sillón ortopédico hasta que Netflix se decida a crear la serie de al menos cuatro temporadas. La película es material disfrutable incluso para los nada entendidos de su trayectoria, porque es una historia equilibrada y enfocada en contarnos con pulso artesanal el irrompible vínculo de Takeshi Kitano con el legendario maestro de la comedia Senzaburō Fukami.

No existe un solo cuadro de narcisismo en esta biopic, y quizás no estamos considerando lo suficiente en reconocerla como una rareza en su género, porque una biopic convencional generalmente sigue ciertas fórmulas que ayudan a destacar la personalidad del héroe y las circunstancias que debió enfrentar en su complejo camino a la inmortalidad. Pero Gekidan Hitori hace de lado dicha fórmula y elige esmerarse en contarnos un relato amoroso de reconocimiento al mentor, así como de honesto agradecimiento a los personajes anónimos e insignificantes que acompañan y matizan a un artista desde las trincheras anticlimáticas de la precariedad. Se tuvo especial cuidado en retratar la cotidianidad y conflictos de limpia butacas, taquilleras, bailarinas, desnudistas, utileros y hasta auxiliares de limpieza. Para algunos la primera parte de la cinta puede parecer lenta; pero el ritmo acelera y recompensa al espectador porque el corazón de la historia está primorosamente retratado por la semi analfabeta troupé sin talento ni futuro del France-za, vodevil en el que Kitano aprendió absolutamente todos los secretos de la comedia. El diseño de producción que muestran los interiores y exteriores del teatro de espectáculos y la edición musical son impecables y preciosistas. El director tomó un gran riesgo en ambientar la cinta -principalmente- de 1972 a 1974 durante los inicios y arranque a la fama de Kitano, y no dejarse seducir por las incontables controversias (alcoholismo, violencia, intento de suicidio, etc.) que han nutrido por décadas los tabloides gracias a la inocultable debilidad por el escándalo en la primera etapa de su carrera.

Foto: Cortesía Netflix.

“Take” -como es llamado por strippers y comediantes de burlesque- es un chico torpe y sin talento aparente que se entusiasma hasta la veneración por Senzaburō Fukami (un formidable Yo Oizumi) dueño del teatro célebre por entretener a borrachos con mujeres semi desnudas y rutinas de comedia en declive. Fukami sortea graves problemas financieros para sostener un negocio sin futuro, porque la clase media japonesa comienza a decantarse por el método de comedia manzai, una popular rutina en pares que sentaría las bases del éxito futuro del stand-up televisivo de las siguientes tres décadas. La rígida vieja escuela de comedia de Fukami antagoniza con el manzai, porque nunca un sector del entretenimiento abrazará una tendencia rival sin oponer resistencia. Fukami no tarda en acoger al bobalicón ascensorista como asistente porque la nobleza que lo caracterizaba no permitiría que el chico continuara durmiendo entre vigas, miserablemente alimentado y lo más preocupante: desprovisto de habilidad alguna para defenderse en la vida. Fukami toma al chico bajo su cuidado para enseñarle a bailar tap, a vestir con elegancia, pero también a comprender la estructura primigenia de la comedia y jamás despegarse de su ritmo y armazón. La interpretación de Kitano corre a cargo de Yūya Yagira -actor ganador del premio a mejor actor en el Festival de Cannes en 2004 por Nobody Knows- y el trabajo que se monta al interpretar a Takeshi es magnífico porque, aunque no existe un rasgo fisonómico similar entre Yagira y Kitano, es capaz de captar con fidelidad su personalidad y gesticulaciones sin recurrir al ordinario trabajo de la transformación física mediante protésicos. El carisma del actor y su interpretación -por momentos desbordada-, consiguen un Kitano creíble, vulnerable y encantador. Por su parte, el experimentado actor Yo Oizumi desarma por completo como el padre adoptivo que se enfrenta ante la ambición de su aprendiz favorito con rabia, decepción y sacrificio, sin hacer a un lado el orgullo y honor que lo caracteriza. No delataré la escena cumbre de la cinta, únicamente recomendaré tener prudencia y pañuelos desechables a mano cuando miren a Kitano caminar en la oscuridad con un ramo de flores en la mano. Si algo queda claro después de ver la cinta es que no volveremos a apreciar su filmografía sin identificar la endeble impronta heredada de su venerado maestro. (Sugiero echar un vistazo a la secuencia final de Zatoichi -2003) o sencillamente verlo bailar bajo el influjo de Stand by me.

El guion de Kitano se huele desde el portón de entrada hasta la cocina, y eso evita que el espectador llore por los tremendos -aunque sutiles- momentos emotivos, porque en medio de las secuencias más conmovedoras, la comedia surge como fuga de agua y moja al espectador hasta los calzoncillos con frescura y agudeza.

Es un guiño entrañable saber que cuando el director Gekidan Hitori cumplió quince años tuvo la oportunidad de aparecer en breve segmento de comedia en uno de los populares programas de Kitano en televisión, lo que influyó poderosamente para definir cuál sería la carrera que escogería: mazai. Y este entendimiento del cómo y por qué existe la comedia dentro del espectro que sostiene a un artista como Kitano se desborda a cada cuadro. Su devoción por el maestro Asakusa kid es palpable en toda su magia y me obliga a someterme a lidiar con mis obstáculos personales para traerles esta reseña no solicitada.

Long live comedy.

Foto: Cortesía Netflix.

“Asakusa Kid”  está disponible en Netflix Latinoamérica.

@amerikapa