blogeditor · 10 de junio de 2022
Viví equivocada muchos años y estaré equivocada muchos más, pero no sobre mi cuerpo (al que, después de gritar claro y fuerte, decidí escuchar). No es que estuviese sorda, solo me daba mucho miedo (terror, lo más probable) estar al tanto de los mecanismos que adquirí desde niña para evitar comunicarme con él y a través de él; la evasión, mi favorito. Resulta irónico para alguien que se jactaba de hacerle frente a la vida. Quería verlo y sentirlo todo, siempre y cuando mi cuerpo fuera el límite. Es curioso cómo voy un paso atrás de mí misma. Una parte de mí sabe algo que no soy capaz de procesar, hasta que me estalla en la cara, en el cuerpo y en el espíritu.
Mi cuerpo, incapacitado, exclamó con heridas, punciones y cicatrices. Reclamó auxilio, atención y salud. Lloró todos los fluidos posibles. Dolió cada nervio. Recorrió sus venas y arterias con el mismo llanto de un cuerpo recién venido al mundo. Sufrió una herida en su propia herida. Contó, a sí mismo, la historia de un cuerpo desamparado, desmantelado y abandonado. Vivió, en absoluta soledad, la tristeza de la soledad.
¿Redundante? Sí. Así se siente el dolor: doble, aunque sea sencillo.
Durante la mayor parte de mi vida —y hasta hace muy poco— pensé que la autonomía sobre el cuerpo tenía que ver exclusivamente con las grandes decisiones: llevarlo de un lado a otro, mudarlo de ciudad, parir, abortar, bajar de peso y someterlo a procedimientos médicos para curarlo, pero más allá de eso no me atrevía a mirar. Asumí, como quien prefiere no enterarse de nada, que no tenía jurisdicción sobre él.
Esa revelación, desde la cama de un hospital, esclavizada a la canalización que suministraba morfina para aliviar el dolor, llegó al mismo tiempo que el hastío de desgastar tanto mi cuerpo sin antes protegerlo, y de entregarlo sin antes apropiarlo. Después de una semana de hospitalización, la poca lucidez que tuve tenía que ver con haberme llevado hasta ahí.
No me culpo por mis males, solo creo que cada una de mis decisiones algo debieron de haber aportado para que yo, a mis treinta y seis años, no tuviera ni idea de lo que querían decir mis piernas, mis órganos, mis brazos, mi cuerpo. Primero, con un mioma que me llevó a una histerectomía, después con dos hernias que tuvieron que ser operadas de emergencia, hasta que, finalmente, caí rendida ante una neuropatía del nervio femoral de la pierna derecha, acompañada de una profunda ansiedad y depresión.
¿Por qué no me suelta el dolor?, lo he pensado mucho. Quizá para valorar la libertad. O tal vez para aprender a ser mi propia intérprete. Traducir mi dolor y resignificarlo ha sido un proceso que en pocos días cumple un año. Como lo he dicho antes: esta serie de eventos desafortunados (o afortunados) es una reconciliación conmigo misma. Puedo decir que en la medida que el dolor no es mi enemigo, yo tampoco lo soy. Hice las paces con ambos.
Descubro con goce, felicidad y libertad que mi sensualidad, planteada como una actitud frente a la vida, me pertenece y que el antojo de mi cuerpo ha dejado de ser territorio prohibido. Cómo iba a atreverme a mirar los mecanismos aprendidos desde niña si no terminaba de entender el lenguaje de mi cuerpo. Para mí, hoy, el placer significa hablar su mismo idioma.
Poco a poco he entendido que cualquier cosa que entienda no la he terminado de entender. ¿Redundante? También. Viví equivocada muchos años y seguramente estaré equivocada muchos más, pero no sobre mi cuerpo.