Joel Aguirre · 10 de junio de 2026
Por José Eduardo Orellana Centeno, Mauricio Orellana Centeno, Verónica Morales Castillo y Javier Enrique Leyva Díaz*
El pensamiento contemporáneo nos enfrenta a un reto constante: ¿cómo vivir en sociedades tecnológicamente avanzadas sin perder nuestra esencia humana? A través de la literatura de José Saramago y la filosofía de Jürgen Habermas podemos trazar un camino que va desde la organización social hasta la ética en el manejo de la vida misma.
En su obra Ensayo sobre la lucidez, José Saramago presenta una poderosa metáfora sobre la resistencia civil organizada que nos invita a reflexionar cómo una comunidad puede ejercer sus derechos de manera inesperada mediante la solidaridad y el argumento.
Lo que a ojos del poder podría parecer un acto de anarquía sin sentido es, en realidad, un ejercicio de altura moral. Esta lucidez ciudadana busca rescatar los procesos democráticos de los mecanismos de control que a menudo los asfixian. Aquí es donde conectamos con Jürgen Habermas, el filósofo alemán que dedicó su vida a entender cómo la comunicación verdadera puede salvarnos de la manipulación.
Habermas tuvo una vida que fue marcada; nació en 1929 y creció bajo la sombra de los horrores del nazismo. Esta experiencia dejó en él una huella imborrable que lo llevó a romper con el pasado y a buscar nuevas formas de entender la sociedad. Su gran proyecto, la Teoría de la Acción Comunicativa, no es solo un concepto académico, es una respuesta humana para evitar que la historia se repita.
Así, sostiene que la comunicación no es sólo intercambiar información, sino un acto de búsqueda de entendimiento mutuo. Para él existen dos formas de actuar:
Acción estratégica: cuando usamos a los demás como herramientas para lograr un fin (una visión utilitaria).
Acción comunicativa: cuando tratamos al otro como un igual, respetando su autonomía y buscando acuerdos basados en la razón y el consenso.
Uno de los puntos donde la filosofía de Habermas se vuelve vital es en la bioética. Históricamente, la eugenesia se definió como el arte del buen nacer; sin embargo, Habermas advierte que es una palabra pervertida por connotaciones peyorativas y abusos del pasado (como el intento de mejorar la especie humana mediante la exclusión).
Así, el avance de la biología es tan acelerado que nuestras leyes apenas comienzan a reaccionar. El riesgo principal es caer en un positivismo extremo; es decir, creer que la ciencia es neutra y que todo lo técnicamente posible es éticamente aceptable. Por ello, Habermas demuestra que todo el conocimiento tiene un interés:
Interés técnico: el deseo de controlar la naturaleza (ciencias empíricas).
Interés práctico: el deseo de comprender a los demás (ciencias sociales y humanas).
Interés emancipador: el deseo de liberarnos de la opresión y la ignorancia.
Tratar la vida humana solo desde el interés técnico es ver a la persona como un objeto de laboratorio. La bioética habermasiana exige que la ciencia esté al servicio de la persona, y no al revés.
Para que una sociedad sea verdaderamente racional y ética, Habermas propone que nuestras acciones y palabras deben cumplir con tres condiciones:
Verdad: que lo que decimos sea real.
Veracidad: que seamos sinceros y no pretendamos engañar.
Rectitud: que nuestras acciones respeten las normas morales que hemos aceptado como justas.
La verdadera emancipación —sinónimo de libertad— no es hacer lo que uno quiera, sino alcanzar la autonomía necesaria para no estar sometidos a poderes ajenos, ya sean políticos o tecnológicos.
La propuesta final de este recorrido es una invitación a la Acción Comunicativa. En un mundo donde la ciencia a veces parece deshumanizada, debemos recordar que el otro no es un dato ni una cifra ni un experimento. Es un sujeto libre y autónomo que merece ser escuchado y respetado. La lucidez de la que hablaba Saramago y la comunicación de Habermas coinciden en un mismo punto: la dignidad humana se defiende a través del diálogo y la solidaridad organizada. ♦
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*José Eduardo Orellana Centeno es médico estomatólogo, especialista en Bioética; maestro en Salud Pública y doctor en Educación. Mauricio Orellana Centeno es médico estomatólogo, especialista en Bioética, y maestro en Educación y en Ciencias de la Investigación Clínica. Verónica Morales Castillo es médica cirujana con especialidad en medicina familiar y en Bioética, así como maestra en Administración y doctora en Alta Dirección y Organización de Sistemas de Salud. Javier Enrique Leyva Díaz es odontólogo con especialidad en cirugía maxilofacial.
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