blogeditor · 7 de enero de 2015

Apenas las manecillas del reloj cruzaban el umbral de las siete de la mañana cuando Julio Scherer aparecía a contraluz en la redacción de Fresas 13. Emocionado, sonriente, siempre cariñoso iba hasta el escritorio lleno de periódicos para saludar y ordenar con una súplica:
-Véngase don Rodolfo-. No más de diez peldaños arriba, en el primer piso, su oficina con cristales que dejaban pasar ampliamente la luz. Ahí Don Julio narraba sus primeras aventuras del día como el reportero que siempre fue.
A esa hora de la mañana -después de nadar en el mismo club deportivo al que acudía cotidianamente- ya había hablado con algún personaje público y traía consigo los hilos de lo que podía ser una noticia.
Ese primer encuentro desataba una investigación periodística que muchas veces terminaba anunciándose en la portada de Proceso. Años antes, pero por la tarde, hizo lo mismo en la redacción de Excélsior.


[contextly_sidebar id=”1fJSy7fnGCb1k1FUE6cjQqguYasGRL8r”]Los hilos que Scherer ponía en manos de sus reporteros desataban generalmente una madeja de corrupción e impunidad. Jamás le importó la investidura de los personajes involucrados, por eso el rencor que inspiraba en las esferas del poder. Jamás permitió la intervención amistosa o familiar para detener un proceso de investigación, menos para ocultarlo. Por eso, quizá, su soledad.
Scherer basó su vida profesional y creo que también su vida privada, bajo un rígido código de ética que tenía un solo principio: devoción por la verdad. Ese compromiso muere hoy en el periodismo mexicano.

* Rodolfo Guzmán es Periodista y fundador de Proceso.