Joel Aguirre · 4 de agosto de 2026
Parecería ser lo contrario, pero es una realidad que son muy pocos “los expertos” en la obra de Juan Rulfo los que logran identificar con la precisión quirúrgica debida la enorme influencia de la dura, fría y peculiar literatura nórdica en esa, su obra tan personal, cuya proyección universal, a la postre, se tornó inevitable y brutal.
Para tratar de subsanar el enorme trabajo que significaría tal precisión, diré que son bastante los textos que, a partir de la idílica imagen de un Rulfo traduciendo ansina, en automático, del alemán al español, describen “lo natural” que habría resultado, pues, según esto, su gusto por lo nórdico y por todo lo relacionado con ese mundo.
Quiero pensar que la interpretación de esos universos colmados de elementos como la duda, la subjetividad y, por ende, lo fantasmal cual sustituto de lo real, del mismo modo que el territorio, la recreación escrita de un peculiar lenguaje oral y las geografías duras, áridas y yermas, fue el poderoso imán que atrajo, que llevó, al traductor y escritor bangladés Anisuz Zaman a esa mítica tierra llamada Jalisco, para, desde ahí, realizar la más tierna y avezada de las traducciones… la de sí mismo.
Princesa negra de dos estambres (Ediciones del Lirio, 2024) es producto no solo de la imaginación de Zaman, sino del constante uso de los diccionarios y de los libros de Rulfo con los que suele convivir. “Todos los días leo partes de las obras de Rulfo… ¡todos los días!”, me confesó hace unos meses en medio de la hospitalidad de su casa.
Así, no es raro entonces que, tomando el complicado mundo polisémico de la migración (éxodo, traslado, traducción, camino, puente, nueva condición), Anisuz Zaman nos plantee, provocándonos, algo que yo llamo un “proyecto de traducción íntima”.
Contrario a lo que han planteado críticos generalizadores, Princesa negra de dos estambres no es una obra más que nos habla de o que nos muestra la Revolución Mexicana. ¡Nada más alejado de eso! En medio de las sublimes imágenes cocinadas a fuego lento, en el fondo lo que Zaman está llevando a cabo a lo largo de su primera novela es un proceso de cambio que raya en la transexualidad, pero que va mucho más allá, a terrenos en donde el lector mexicano puede sentirse realmente molesto, pues el autor lo obliga a ponerse en situaciones y zapatos harto incómodos. ¿Qué se siente ser intimidad? ¿Migrante? ¿Hoja? ¿Una exótica flor?

Según sus palabras, la obra se deja leer de manera muy superficial si la tomamos como una simple novela romántica. Tres protagonistas inmersos en un atribulado amor, sin que se plantee jamás ningún triángulo. Y es justo ahí, yendo contra todo cliché, en esa primera bofetada a la doble moral mexicana, donde la historia nos obliga a los lectores a tomar el papel de tejedores, para que vayamos sumergiéndonos en espacios y atmósferas en donde las agujas irán esbozando patrones harto ajenos, sorprendentes.
Al utilizar de manera bastante clara y evidente usos y modos rulfianos en su propuesta estilística, Zaman nos grita que sí, que el icónico autor de Jalisco está todo el tiempo ahí y que es su principal antorcha en medio de aquel ambiente rural, de hace unos cien años, uno hasta cierto punto muy oscuro para él; que, no obstante, dicho ambiente lo atravesó y aceptó describir en español escenas cotidianas mexicanas históricas como lo haría cualquier cronista local de la época, a pesar de su lengua bengalí; que lo poseyó el papel de historiador pero también el de cuentista para hacer válida la manida frase de Chavela Vargas, sí, aquella que aúlla “los mexicanos nacemos donde se nos da la rechingada gana” y que, por lo mismo, teniendo en cuenta este, su atrevido proyecto íntimo de traducción, también berrea “un autor puede travestirse o convertirse en lo que se le dé su rechingada ídem”.
Así las cosas, y al igual que Rulfo en su peculiar y extraña relación con la literatura nórdica, Zaman juega con las primeras impresiones (el mundo de los tejes y manejes de los amores heterosexuales a la mexicana), para embarrarnos en el rostro la realidad de la transculturización, la mirada del otro sobre realidades y procesos ajenos, la desesperación, el drama, la injusticia, el humor y la muerte contadas desde la otredad, esperando que el lector realmente acepte el reto de la aventura y vaya más allá de la superficie.
Juan cayó embelesado por los personajes y las atmósferas nebulosas y cargadas de Hamsun y el estilo seco, duro y trágico de Laxness. Es decir, en el fondo, los lectores hemos estado viviendo fascinados por plumas nórdicas a través del cúmulo de símbolos y silencios de la literatura de Rulfo. ¿Dos efigies ajenas transvasadas en una conocida?
El símbolo nacional de Bangladés es una flor, un nenúfar de color blanco. En algún punto, los antiguos egipcios la ligaron con la muerte y con el Más Allá. Existe una especie que, en un determinado ciclo, puede cambiar de sexo y de color. A la flor que tiene dos estambres se la llama diandra. Las diandras tienen dos órganos sexuales masculinos.
Anisuz cayó embelesado por los personajes y las atmósferas de El Cielo Tejido de un pueblo en Jalisco, carpetas de estambre que mucha gente del lugar, en su mayoría mujeres, teje, une y cuelga en el mero centro del pueblo. Al final, Zaman pudo y ha podido ver y hablar en su cotidiana realidad con todo el universo fantasmal de Rulfo en ese pueblo llamado Etzatlán.
Librado, “El Mariachi” y María no son ningún triángulo amoroso. Efectos de la nebulosa y cargada traducción. Librado y “El Mariachi” son los dos estambres de María, pero lo negamos, no nos queremos enterar.
Y la historia de esa diandra, esta princesa, es la que, querámoslo o no, nos habrá de penetrar.♦
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Roberto Rueda Monreal es escritor, politólogo y traductor literario.