Juan Molinar, o la transición en reversa

Daniel Gershenson · 17 de enero de 2011

Juan Molinar, o la transición en reversa

Ya son diez años desde que el PAN desbancó al Partido Revolucionario Institucional, sacándolo de Los Pinos. Para algunos, fue la Década Perdida: lapso que debió haberse dedicado a desmontar todos y cada uno de los resortes autoritarios -que por cierto, perviven en satrapías estatales- ante el repliegue de un presidencialismo omnímodo y consustancial a la época dorada príista. Se creó un vacío, que fueron llenando los ejecutivos locales (por citar un ejemplo conspicuo), y que impidió que avances a nivel federal en temas de Derechos Humanos y Transparencia encontraran eco en las entidades federativas.

Ante esta evolución desigual, y para muchos temas esenciales, permanecemos en una especie de pantano. Los aparentes equilibrios: pesos y contrapesos entre Poderes, y la ausencia de mecanismos reales de rendición de cuentas en donde cupiera una sociedad civil aún ausente, perpetúan inercias o parálisis que únicamente sirven a partidos y clanes refractarios al verdadero cambio. Las estructuras monopólicas y cartelizadas sólo han servido para crecer y multiplicarse en diversas esferas estratégicas de la vida pública. El futuro no pinta muy promisorio para aquellos sectores que pensaron, ingenuamente, en términos de una refundación nacional.

Los medios convencionales, con algunas excepciones, tampoco han podido -o querido- modificar esta correlación de fuerzas. La contribución de los nuevos necesitará tiempo adicional para establecerse con el mismo peso específico (y más autoridad moral) que los actuales mastodontes de la comunicación, los cuales gozan hoy día de prebendas oficiales y de cabal salud.

¿Cómo fue que, después de tantas promesas, terminamos con versiones tan alejadas de una realidad que parecía encontrarse -en aquel cabalístico año 2000- a la vuelta de la esquina? ¿Qué ingrediente ha faltado en la consolidación de un régimen verdaderamente democrático en México, con niveles de exigibilidad similares a los de otros países desarrollados en el mundo entero?

La inmensa mayoría de nuestros actores políticos no han estado a la altura de las expectativas. No era de extrañarse que así sucediera. Estos personajes son conservadores por naturaleza, y carecen de visión a largo plazo. Tampoco existen incentivos para asumir ideas que se traduzcan en transformaciones profundas y favorables al interés público. Preferible nadar ‘de muertito’, sin figurar ni hacer demasiadas olas.

La historia de la transición inacabada puede resumirse en la biografía de aquellos protagonistas que se la jugaron, en su momento, por exhibir las contradicciones de un régimen anquilosado. Uno completamente rebasado por el sentido común, y la población que reclamaba –reclama- su lugar central en la mesa de las decisiones.

Ejemplo paradigmático, que deberá ser de libro de texto por las contradicciones y carencias que revela, es el de Juan Francisco Molinar Horcasitas: politólogo, maestro, ex-miembro del IFE y prominente intelectual cuya carrera abarca desde los momentos más álgidos del delamadridismo hasta nuestros días. Su radiografía del fraude publicada en la revista Nexos a mediados de los ochenta, ‘Regreso a Chihuahua’, constituyó un durísimo golpe al monolito príista que ya se tambaleaba pero que tardó algunos años más en caer. De él puede decirse que fue un pedagogo de la democracia entonces en ciernes, y que ayudó a configurar instituciones hoy cuestionadas y en peligro de perder su autonomía: IFE, IFAI, et cetera.

La subsecuente incursión de Molinar en la mal denominada ‘alta política’, constituye una singular moraleja para todos aquellos que creen librar sin merma las seducciones del poder a la mexicana. Su excesiva cercanía obnubila la independencia y el entendimiento. Poco ayuda la arrogancia del fatuo que se cree dueño de un destino que le cayó del cielo, y que es meramente circunstancial. De su paso por la Cámara de Diputados y la Secretaría de Gobernación (no exenta de conflictos con el entonces Secretario Santiago Creel), queda mínima huella. Es gracias al apoyo mostrado a Felipe Calderón en sus primeros escarceos como precandidato en el ocaso del foxismo, que la estrella de Molinar repunta -aunque siempre sea con luz ajena.

Sus indudables logros en la construcción de un modelo democrático para armar se empequeñecen cuando asume, ya en el calderonismo, la titularidad del Instituto Mexicano del Seguro Social. Entre otras tareas, es designado para profundizar un modelo de privatización de facto iniciado en las postrimerías de la administración de Zedillo. Cumple sin cuestionamientos con la encomienda. En el ámbito de las guarderías, se alcanza al millar y medio de estancias infantiles subrogadas, mal vigiladas y peor administradas, en todos los sentidos.

Y es aquí cuando lo que queda de su tambaleante prestigio toca fondo. Luis Téllez abandona la cartera de Comunicaciones y Transportes después del affaire de las grabaciones privadas en las que el entonces Secretario de ese despacho vierte expresiones desafortunadas acerca de su ex-mentor Carlos Salinas, y Molinar ocupa su lugar.

El incendio de la Guardería ABC el 5 de junio de 2009 en Hermosillo: un ejemplo palmario de corrupción, impunidad y tráfico de influencias -donde incluso se encuentra inmiscuida una prima de Margarita Zavala- deriva en la muerte de 49 niños y más de cien criaturas con lesiones permanentes. Este suceso que le da la vuelta al mundo, muestra a las claras que el funcionario que dejó meses antes del incendio el Seguro, pero que es el principal responsable moral y político de la tragedia, no está dispuesto a renunciar. Quiero imaginarme que –en un acto de congruencia- sí lo hubiera hecho el otrora valiente forjador de la conciencia democrática.

Molinar ya es otra y distinta persona. Atrabiliario e insensible, decreta que su conciencia está tranquila y se niega terminantemente a dejar el cargo: única salida posible para salvar sus aportes pasados, y el sentido ético más amplio del panismo. Fiel a sus propios usos y costumbres, Felipe Calderón no actúa. Con apoyo irrestricto y toda la fuerza del Estado, un año después el politólogo cabildea furiosamente ante la Suprema Corte (junto con otros señalados como Eduardo Bours y Daniel Karam), a efecto de desacreditar y descarrilar el contundente Dictamen del Ministro Arturo Zaldívar, que documenta el desorden en el que se encontraba la estancia siniestrada, así como casi todas las demás. Una demoledora variación del estudio que le dio fama a Molinar, cuando le toco a él exhibir las miserias de un priísmo presidencialista decadente, y en fase terminal.

La Historia es y será implacable con el recién defenestrado Juan Molinar Horcasitas. Su lamentable y torpe gestión al frente de Comunicaciones está llena de trompicones y pifias mayúsculas, que no le impidieron operar el inopinado nombramiento de su jefe de asesores y principal alfil: el milusos Mony de Swaan, en la presidencia de la Comisión Federal de Telecomunicaciones.

Para alguien que siguió muy de cerca su respetable trayectoria incial, el auge y caída de Molinar es tan dolorosa como predecible. La dirigencia del PAN y su patrón en el Ejecutivo lo han colocado en la nada envidiable posición de estratega electoral para los comicios venideros. Quizá se piense que la ineptitud mostrada a lo largo de su carrera política, se transforme mágicamente en fórmula ganadora. Sinceramente, lo dudo.

Juan Molinar encarna la atroz caricatura en la que se han convertido representantes claves de la sociedad civil (vinculados, como él, al panismo tradicional pero relativamente independiente en sus inicios) que busca con fruición conservar la chamba o el hueso, a costa del sentido común, la dignidad personal y los valores humanistas que tanto defendió cuando no formaba parte del gobierno. Ahora no es más que un gris y vulgar apparatchik. La incómoda situación en la que se encuentra Alonso Lujambio, y su estrepitosa entrega a intereses privados en asuntos tales como la infame prevalencia de comida chatarra en las escuelas de México (o la captura de la educación por el sindicato de maestros con su red de intereses personalísimos), indica que no estamos ante un caso aislado.

Pero Molinar es el alumno más aventajado de esta generación fallida. Después de afanarse en criticar -con fundamentos y motivos sobrados- lo que ahora predica con su pésimo ejemplo, entraña el camino desandado de una transición que equivocó la ruta (y se extraviará sin remedio) si acaso no trabajamos nosotros: desde la trinchera puramente ciudadana, en su reivindicación y rescate.