Jóvenes universitarios y masculinidades: el poder que aprende a hablar bajito

Joel Aguirre · 15 de junio de 2026

Jóvenes universitarios y masculinidades: el poder que aprende a hablar bajito

Por Enrique Vega-Dávila, Reverendo Cuir*

Un estudiante levanta la mano en una clase sobre masculinidades críticas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Antes de hablar sonríe, como quien pide permiso, y se defiende al mismo tiempo. Luego dice una frase que se ha vuelto casi un reflejo: “Ya no sé ni qué decir”. La escena podría quedarse en anécdota, pero prefiero tomarla en serio porque, en el campo de los jóvenes universitarios y masculinidades, esa incomodidad dice más de lo que parece. Allí se escucha una forma de poder que empieza a perder la tranquilidad de confundirse con lo neutral.

Me interesa esa frase porque condensa una época. Durante años, muchos varones universitarios hablaron sin preguntarse demasiado desde dónde hablaban. La seguridad parecía inteligencia, la interrupción podía pasar por pasión argumentativa y la autoridad se confundía con una manera de ocupar el espacio. La universidad enseñó teorías, métodos y profesiones mientras iba sedimentando gestos menos visibles: quién toma la palabra primero, quién explica lo que nadie le pidió explicar, quién convierte la ironía en prestigio y quién aprende a callar para no incomodar demasiado al grupo.

En ese paisaje, la masculinidad no necesitaba presentarse como masculinidad. Podía aparecer bajo nombres más elegantes: mérito, liderazgo, rigor, carácter, temple, seguridad. Por eso me incomoda cuando se habla con demasiada facilidad de “nuevas masculinidades”. La expresión resulta amable, incluso esperanzadora, pero puede funcionar como una zona de descanso. Un joven universitario puede decir que se está deconstruyendo, reconocer algunos privilegios, llorar en público y declararse cercano a los feminismos, mientras conserva intacta la costumbre de volver sobre sí mismo cada conversación. Cambia el vocabulario, aunque la centralidad permanezca casi intacta.

La universidad también enseña a ser hombre

La universidad fabrica más que títulos. Produce maneras de hablar, formas de sentirse legítimo, rutas de prestigio y pequeñas pedagogías del poder que rara vez aparecen en los planes de estudio. En un salón de clase, en una asamblea, en un pasillo o en una conversación después de un seminario, los jóvenes aprenden qué cuerpos son escuchados con paciencia, qué voces requieren demostrar el doble, qué denuncias se vuelven sospechosas y qué silencios resultan administrativamente convenientes.

Por eso los estudios sobre masculinidades y educación superior me parecen fundamentales para leer la vida universitaria más allá de sus discursos oficiales. Daniela Cerva ha trabajado la politización del género en la educación superior y Consuelo Patricia Martínez Lozano ha mostrado, en su reflexión sobre las instituciones de educación superior y el mandato de masculinidad, cómo las violencias de género pueden quedar reducidas a casos aislados o gestionarse mediante procedimientos que no alteran la cultura que las hizo posibles. La pregunta deja de descansar en la conducta excepcional de un individuo y se desplaza hacia el ambiente que vuelve tolerables ciertas prácticas.

Ese ambiente también se produce con afectos. Me interesa detenerme ahí porque muchas discusiones sobre masculinidades se quedan en la superficie del discurso correcto. Hay jóvenes que escuchan con honestidad, otros que aprenden a cuidar sus palabras, otros que se repliegan y otros que descubren una forma nueva de sentirse víctimas. El miedo a ser acusado, la vergüenza ante el privilegio, la culpa, el resentimiento y el deseo de no quedar del lado equivocado de la historia forman parte de esta escena. No los menciono para absolver a nadie. Los menciono porque el poder también se defiende llorando, dudando, pidiendo paciencia o reclamando que ya no sabe cómo hablar.

La investigación “¡Yo ya no sé ni qué decir!”, de Mauricio Zabalgoitia Herrera y Emanuel Bautista Rojas, permite observar con claridad ese campo emocional en estudiantes varones que cursan formación obligatoria en género en la UNAM. Lo valioso de ese trabajo está en mirar el malestar como un dato político. Cuando alguien que antes hablaba sin obstáculos empieza a medir cada frase, algo se ha movido. Ese movimiento, sin embargo, no garantiza aprendizaje. A veces abre escucha; otras veces produce cálculo. También puede convertirse en una forma más prudente de sostener el mismo lugar.

Internet, un refugio emocional para una masculinidad que se siente herida

A la universidad se le ha sumado otra escuela, más veloz y menos vigilada: las culturas digitales. La manosfera, los creadores de contenido antifeminista, las cuentas que repiten historias sobre falsas denuncias y los espacios donde los hombres jóvenes se narran como víctimas del feminismo no viven al margen de la vida universitaria. Entran al aula por el teléfono, por el meme, por la conversación privada, por el video que alguien comparte para “abrir debate”. El informe Jóvenes en la Manosfera, de Elisa García-Mingo y Silvia Díaz Fernández, muestra cómo la misoginia digital influye en la percepción que algunos hombres jóvenes tienen sobre la violencia sexual. Internet no solo informa; también ofrece refugio emocional para una masculinidad que se siente herida y busca culpables.

Me preocupa que algunas universidades respondan a este panorama con gestos demasiado pequeños para un problema tan profundo. Un taller puede ser necesario, una campaña puede abrir una conversación y un protocolo puede marcar límites indispensables, pero ninguna de esas herramientas transforma por sí sola los pasillos donde se premia la complicidad, las aulas donde la arrogancia se confunde con autoridad o los procedimientos que administran conflictos sin modificar las condiciones que los producen. La igualdad institucional no se mide únicamente por documentos aprobados, sino por la vida cotidiana que esos documentos alcanzan, o no alcanzan, a tocar.

Por eso vuelvo a la frase inicial. “Ya no sé ni qué decir” puede ser el comienzo de una escucha, aunque también puede ser una coartada. Puede señalar el temblor de quien empieza a reconocer que su palabra ya no flota sobre el mundo sin consecuencias, o puede expresar la molestia de quien extraña hablar sin ser interpelado. La diferencia no está en la frase, sino en lo que ocurre después: si ese malestar se convierte en responsabilidad, si abre preguntas reales, si modifica prácticas, si altera pactos, si deja de pedir que el centro vuelva a estar ocupado por la incomodidad masculina.

Hablar de jóvenes universitarios y masculinidades exige mirar esa incomodidad sin ingenuidad. Me interesa menos celebrar a los varones que aprendieron a decir las palabras correctas que observar qué hacen cuando esas palabras les piden perder algo. Allí empieza la pregunta decisiva. Cuando el poder aprende a hablar bajito, todavía falta saber si se está transformando o si solo encontró una manera más aceptable de seguir en el centro.

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Enrique Vega-Dávila es académico, docente y pastor. Trabaja temas de género, sexualidades, masculinidades críticas, subjetividades e instituciones. Escribe sobre cuerpos, poder y vida pública desde una mirada crítica y situada, atenta a las formas en que el lenguaje organiza privilegios, heridas y posibilidades de transformación. Redes: @reverendocuir