Opinión y Análisis · 27 de octubre de 2026
En estos días estamos siendo testigos de múltiples manifestaciones masivas en varias partes del mundo, todas con causas distintas y locales, pero una misma generación liderando en las calles, en un patrón global que tal vez indica que todo está conectado.
En Francia, desde hace semanas los estudiantes se levantaron por la falta de profesores, grupos saturados y edificios deteriorados; en Bélgica estudiantes francófonos también protestaron contra los recortes educativos. En Italia, una ola de enfrentamientos se registró en Milán, Bolonia y Turín por el aumento del costo de vida, los bajos salarios y el recorte de los servicios públicos.
Alemania se manifiesta por la posibilidad de que el país reactive el servicio militar obligatorio y el aumento en el gasto de defensa. España hace plantón en la Puerta del Sol de Madrid, en Barcelona y Valencia por la crisis de vivienda.
En India el movimiento juvenil de las Cucarachas, que nació cuando un alto funcionario comparó a estos jóvenes desempleados con esos insectos, exigen reformas educativas y denuncian falta de oportunidades laborales. En Mauricio, las protestas contra la escasez de agua y el aumento del coste de vida han sacudido todo el país, al punto de que se han implementado toques de queda por parte del gobierno.
Bolivia vivió movilizaciones masivas de organizaciones campesinas, indígenas y sindicatos con demandas de incremento salarial del 20 % y en contra de la aprobación de la Ley 1720, que permitía usar tierras como garantías para préstamos. A estas protestas se une la de los maestros que denuncian difíciles condiciones de trabajo y la corrupción del gobierno del actual presidente, Rodrigo Paz.
En Chile, las protestas se rigen bajo la consigna de “ni un peso menos para la educación”, y en Argentina las manifestaciones estudiantiles y universitarias siguen con fuerza contra los recortes presupuestarios.
En Serbia, miles de jóvenes marchan en Belgrado antes de las elecciones del 25 de octubre, siendo el movimiento estudiantil el estandarte que busca poner fin a más de una década del gobierno conservador del expresidente Aleksandar Vučić.
Pero, más allá de ver la constante violencia de todas las autoridades contra quienes ejercen su derecho a manifestarse, hay que preguntarnos: ¿Qué las une a todas? ¿Se tratará de gobiernos incompetentes o de presupuestos mal hechos? Antes de contestar esta pregunta hay que dejar claro que esto no comenzó en este 2026.
En 2019, la mecha de la indignación se encendía en América Latina: en Chile, Ecuador, Bolivia y Colombia miles de personas se echaron a la calle para protestar contra las gestiones de sus respectivos gobernantes.
En Chile, por ejemplo, miles de jóvenes protestaron tras el anuncio del alza de pasaje del metro, lo que derivó en un estallido que movilizó a más de 3 millones de personas, las cuales denunciaban la desigualdad económica y social, la privatización de servicios básicos y la crisis de legitimidad política por casos de corrupción. La respuesta del Estado fue desproporcionada, pues dejó por lo menos 57 personas con pérdida ocular por lesiones provocadas por perdigones y bombas lacrimógenas lanzadas directamente en el rostro a los manifestantes.
Ecuador también vivió una ola de movilizaciones tras el anuncio del entonces gobierno de Lenín Moreno de la eliminación del subsidio a la gasolina. Tanto la Confederación Nacional Indígena (CONAIE) como el Frente Unitario de Trabajadores y otras organizaciones se adhirieron a las protestas ciudadanas. El gobierno declaró estado de excepción mientras las protestas continuaban; finalmente, tras 11 días de paro nacional se consiguió la derogatoria del decreto, pero dejó tras de sí 11 personas fallecidas y 1,340 personas heridas, de entre las cuales 11 perdieron un ojo.
En ese mismo año, 2019, México vivió las protestas feministas #NoMeCuidanMeViolan, una serie de marchas y concentraciones contra la violencia policiaca en la Ciudad de México. Colombia vivió su estallido social contra las políticas del entonces presidente Iván Duque, con un paro nacional que se extendió por varias semanas por 500 municipios y ciudades importantes como Bogotá, Medellín y Calí.
Todas estas manifestaciones vivieron represión, pero fueron casi olvidadas luego del covid-19 en 2020.
En 2025 las protestas de la Gen Z iniciaron con fuerza en Indonesia, Kenia, Nepal, Madagascar, Perú y Marruecos. Desde entonces se identificaba que los detonantes son los mismos: el costo de la vida; recortes en los servicios públicos básicos, agua potable de calidad, vivienda, salud, educación, seguridad; y por supuesto, la falta de oportunidades.
En pleno 2026 la receta se repite: jóvenes organizados a través de redes sociales, sin liderazgos formales, exigiendo vida digna, servicios que funcionen y denunciando la corrupción en sus países.
Si muchas personas coinciden en las mismas fallas de gestión o prioridades administrativas, tal vez el problema es más global y sistémico de lo que pensamos.
Según el informe Tendencias Mundiales del Empleo Juvenil 2026, uno de cada cinco jóvenes en el mundo ni estudia ni trabaja, y no necesariamente porque así lo decida. Dentro de ese contexto incierto el mundo ya gasta más de 2.9 trillones de dólares en armas, una exigencia para los países europeos que forman parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y presionados por Estados Unidos.
Así, muchos países europeos han recortado presupuesto de necesidades básicas con tal de inflar su gasto en defensa o para prever un impacto comercial y económico desde el exterior.
Mientras, América Latina parece estar preparándose para ser el granero que sostenga esos posibles enfrentamientos bélicos, por medio de gobiernos de derecha y serviles al capital y no a su población.
Para muchos pensadores, hoy nos encontramos con algo que Gramsci y los internacionalistas consideran como una especie de “interregnum mundial”, es decir, un periodo de discontinuidad o intervalo de un orden social, político y económico, donde el sistema global y sus dinámicas económicas están demasiado desgastadas, pero no terminan de modificarse.
Estamos ante un escenario que parece estar dando a luz un nuevo sistema, pero que aún no aparece por ningún lado. En este vacío surgen síntomas que desde hace décadas se venían experimentando: el quiebre del capitalismo.
Hoy el hartazgo no es un estallido aislado, es el efecto secundario de un orden internacional que se quiebra, y mientras se reconfigura, deja a toda una generación sin lugar. Ante la incertidumbre, los jóvenes se han dado cuenta de que las promesas de estabilidad a futuro no existen, ni aunque se esfuercen mucho. Porque simple y sencillamente las condiciones no son adecuadas o justas en las estructuras actuales que nos gobiernan.
Así que, más allá de criticar a la gente que se atreve con valentía a salir, a exigir lo que le falta o le arrebataron, hay que empezar a cuestionar cuándo y quién estará dispuesto a responderle a estos jóvenes sobre ese futuro sin garantía, sin bienestar y sin prosperidad.♦