Jordania: el futuro después de la guerra

Redacción Animal Político · 20 de marzo de 2024

Para Magdalena y José

 

Fátima se despierta de domingo a jueves a las 5:30 de la mañana para viajar hora y media desde Amán, la capital de Jordania, hasta Azraq, un campo de refugiados localizado a 35 kilómetros de la frontera con Siria. Azraq está en medio del desierto, en un paisaje que parece prohibirle la vida a cualquier organismo. Incluso en el invierno, la estación de lluvias, no hay más que piedras alrededor del campo: no hay ni árboles ni animales, no hay pasto ni hay agua. En medio de esa desolación, sin embargo, hay un campo de refugiados que le brinda servicios a 35,000 sirios llegados desde hace una década a Jordania, cuando se inició la guerra civil en su país.

Visité Azraq en enero de este año, como invitada del Centro Internacional de Rescate (IRC por sus cifras en inglés), la organización de ayuda a refugiados más grande del mundo después de la Agencia de la ONU para Refugiados o ACNUR. Lo primero que noté es que Azraq no es cualquier campo, es más bien una prisión al aire libre donde el gobierno jordano envía a los refugiados que tienen alguna filiación con grupos considerados problemáticos, tales como el Estado Islámico. No obstante, la mayoría de los refugiados ahí son niños y mujeres. Muchos de los niños nacieron en el campo, así que el único vínculo con grupos conflictivos se refiere a que algún pariente—un hermano o un padre—son o fueron parte de un movimiento considerado peligroso por los servicios de inteligencia de Jordania. Pese a no ser yihadistas, estos niños pasan su infancia confinados.

El campo está dividido en cinco zonas, cada una separada por rejas y alambres de púas. En estas circunstancias, la construcción de una comunidad en el exilio se vuelve imposible. A la entrada hay un guardia que revisa que los visitantes cuenten con todos sus papeles: pasaporte y permiso de visita autorizado previamente por la administración del campo. Después, es necesario registrarse en la oficina central donde todas las televisiones trasmiten constantemente lo que sucede en Gaza.

La guerra es una herida viva en Jordania. Con una población de 11 millones de personas, Jordania es un país habitado por sobrevivientes: 2 millones de palestinos, 1.6 millones de sirios y otro número indeterminado de víctimas provenientes de los conflictos en Etiopía, Iraq, Somalia y Yemen. Los desterrados han llegado en olas. La familia de Fátima, por ejemplo, llegó en uno de los éxodos de palestinos que salieron de Israel (los palestinos en Jordania salieron después de la guerra árabe-israelí de 1948 o durante la Guerra de los Seis Días, en 1967). Es importante mencionar que los 2 millones de palestinos antes citados son personas registradas en Jordania con esa nacionalidad, pero de hecho el número de descendientes de palestinos es más de 40 por ciento de la población de Jordania. De ahí que sientan como propio lo que sucede en Gaza.

Durante mi estancia de seis días, el bombardeo de imágenes de la guerra en Gaza fue incesante. En el hotel, en los restaurantes, en los campos de refugiados, en los cafés siempre estaba la televisión encendida con imágenes de bulldozers arrasando edificios, hospitales destruidos por los bombardeos y, sobre todo, gente llorándole a sus muertos. El personal en los campos, profesionales especializados en organizar ayuda humanitaria en sitios tan desgarradores como Mosul o Kabul, hablaban de Gaza como la peor crisis humanitaria que habían visto. Las cifras a las que se referían no eran las del Ministerio de Sanidad de la Franja, controlado por Hamás, que afirma que más de 30,000 personas han muerto (dos terceras partes niños y mujeres), sino al número de desplazados en Gaza. Más de 90 por ciento de la población ha tenido que abandonar sus hogares y los servicios médicos y sanitarios están colapsados. Como muestra mencionaban que, por cada 1,500 habitantes, había un sólo baño. En medio del desamparo de Azraq, lo único que yo podía pensar era dónde van a acomodar a más gente obligada a huir de la guerra.

Para mi sorpresa, los gobiernos Jordania y Egipto se niegan a aceptar más palestinos. En términos políticos, esta vez, se dice en la zona, nadie le facilitará a Israel la labor de desplazar a árabes de sus hogares. Aproveché comentarios como estos para indagar qué futuro hay para la región. Por el momento, me respondieron, ninguno. La solución de dos Estados parece completamente muerta. Lo único que la gente vislumbra es más guerra, más conflictos, más muertos. Es importante mencionar que, a pesar de que mis interlocutores expresaban su completa desaprobación por Hamas, veían algo positivo en que Palestina volviera a tener voz en su futuro. Después de que el gobierno de Benjamín Netanyahu los hiciera completamente de lado en las conversaciones con aliados, como Estados Unidos, y enemigos como Arabia Saudita, hoy nadie ignora más a Palestina. El precio de la visibilidad fueron 1,200 israelíes asesinados de las maneras más violentas. Mis interlocutores, no obstante, negaban las inmolaciones, la masacre, la barbarie. Eso, decían, eran fake news. Así, la deshumanización del enemigo corre de ambos lados, aunque eso incomode a israelíes y a palestinos por igual. Nadie asesina bebés para volver a ser tomado en cuenta, nadie tampoco devasta un territorio entero por supuestas cuestiones de seguridad.

La negación de aceptar más palestinos no sólo tiene un trasfondo político, también hay de por medio una cuestión práctica. Después de Turquía, Jordania es la nación en el mundo que alberga el mayor número de refugiados per cápita y, contra lo que sucedió después de la Primavera Árabe, a principios de la segunda década de este siglo, la ayuda internacional va a la baja—esto a pesar de que hoy los conflictos en Etiopía, Siria y Yemen continúan y que los desastres naturales, como el terremoto de agosto de 2023 en Siria, han dejado a más gente que necesita ayuda humanitaria.

A pesar de que la mayoría de los desterrados no viven en campos, la situación es crítica: 80 por ciento de los sirios que escaparon de la guerra en su país viven en zonas urbanas en Jordania. Tienen permisos temporales de trabajo, lo que les permite dedicarse únicamente a sectores de la economía como la agricultura y la construcción. Sin embargo, los datos del Programa Mundial de Alimentos de la ONU indican que 85 por ciento de los sirios que viven en Jordania—dentro y fuera de los campos—están debajo de la línea de pobreza y dependen de programas humanitarios para subsistir.

Lo trágico de esta situación es que la ayuda humanitaria ha disminuido. “Los donantes están fatigados”, me dijo Fátima, una frase que repitió Nickie Monga, la incansable y brillante directora del Centro Internacional de Rescate en Jordania. Monga resumió el problema de esta manera: “La fatiga proviene de que hemos visto conflicto tras conflicto en esta década y parece que la tendencia no va a cambiar”. La encargada del IRC puntualizó: “la guerra en Ucrania centró la atención de las capitales europeas en lo que pasaba en la frontera del este de Europa. El problema es que no porque haya refugiados ucranianos el resto de los refugiados dejan de existir. Aquí en Jordania aún tenemos a 1.6 millones de sirios sufriendo los efectos del conflicto en su propio país y en vez de recibir más apoyo, la ayuda ha disminuido”. Antes cada persona recibía 32 dólares al mes para comprar comida y otras necesidades básicas; a partir de julio del 2023, la cifra bajó a 23 dólares mensuales. Así, con menos de 1 dólar al día, 90 % de la población siria en Jordania pasa hambre.

Cuando uno visita los campos, ya se Arzaq o la megalópolis de refugiados que es Zaatari, donde hay más de 85,000 personas viviendo, es difícil pensar que ahí hay hambre. A primera vista parece que la gente sufre de sobrepeso, pero los servicios de salud del IRC dibujan otra historia. Las calorías más baratas son harinas refinadas y azúcar. El resultado es una población con problemas crónicos de diabetes y presión arterial elevada, 30 por ciento de los niños por su parte sufren de anemia y 60 por ciento de los embarazos son de alto riesgo. Las mujeres resultan preñadas desde la adolescencia y, en general, tienen 5 o 6 hijos, lo cual aumenta la posibilidad de complicaciones como preeclamsia, una condición que con mejor ayuda médica es controlable, pero que en los campos donde las facilidades médicas dependen del flujo de donaciones es una causa de muerte.

Tener mejor alimentación podría solucionar una parte del problema. Hay un debate sobre sí sería posible para los habitantes de los campos cultivar verduras, como tomates, berenjenas y calabacitas. La población estaría más que dispuesta, pues muchos de los sirios eran anteriormente agricultores. Sin embargo, de acuerdo con el Instituto de Recursos Mundiales, Jordania es el cuarto país con menos agua en el mundo, las prioridades gubernamentales se centran en proveer de agua a sus propios ciudadanos, no en ayudar a los sirios a cosechar tomates y berenjenas.

Las agencias internacionales que financian los campos como la ONU, el IRC, Oxfam o los ministerios de desarrollo de los países nórdicos, no han tenido éxito en convencer al gobierno de Jordania para que permitan la siembra en los campos. Tampoco han logrado convencer a las autoridades de la capital, Amán, para que después de 10 años se apruebe alguna mejoría a las viviendas de lámina que albergan a más de 100,000 personas (en el invierno son pequeños congeladores y en el verano hornos sofocantes). Eso iría en contra de la política que ha seguido hasta ahora Jordania donde el problema de los refugiados es considerado como “temporal”. La política asume que eventualmente la situación se resolverá, de ahí que no sea necesario mejorar las condiciones de vida. Pero sin una salida clara la razón apunta a lo opuesto: esta gente está destinada a permanecer en un limbo burocrático de forma indefinida.

Las tres posibles soluciones parecen todas callejones sin salida. La primera opción sería un camino para que los sirios puedan tener residencia o nacionalidad jordana, con ello podrían inscribirse en la universidad y eventualmente conseguir trabajos bien remunerados. Tanto el gobierno jordano como el IRC entienden la importancia de que los niños afectados por los diversos conflictos regionales reciban algún tipo de escolaridad. El Ministerio de Educación tuvo un gran acierto al ofrecer un turno vespertino especializado en regularizar a esta camada de infantes. Por su parte, el IRC unió fuerzas con Plaza Sésamo y con la ayuda de la fundación MacArthur creó Ahlan Simsim (o “Bienvenido Sésamo” en árabe) para ofrecer videos educativos que los padres podían utilizar en sus teléfonos con sus hijos. La iniciativa del IRC benefició a 27 millones de niños en el norte de África y el Medio Oriente, convirtiéndola así en la más exitosa intervención educativa para zonas de desastre, pero obviamente nadie puede conseguir un trabajo de contador o abogado por ver al Pájaro Montoya o a Elmo en el celular de sus padres. De ahí que contar con un camino para poder asistir a la universidad sea una de las preocupaciones más latentes de las familias.

La segunda opción sería volver a los países en conflicto. Muchos sirios ante la falta de perspectiva lo han hecho; sin embargo, regresan a un futuro incierto y a un país devastado por más de una década de guerra. Aún más preocupante es que, en abril de 2018, el gobierno del presidente sirio, Bashar al-Assad, aprobó la Ley Número 10, una legislación draconiana dirigida a confiscar las propiedades (comerciales y habitacionales) de aquellos propietarios que no pudieran acreditar personalmente su título de posesión en un plazo de 30 días a partir de la promulgación de la ley. El propósito de esta legislación era doble: por un lado, generar fondos para el gobierno de Assad y, segundo, castigar a los miembros de la oposición perseguidos por el régimen, pues, como es de suponerse, un perseguido no se puede presentar en persona. La consecuencia para los sirios en el exilio fue que cientos de miles de refugiados se quedaron sin un hogar al cual puedan volver.

Por último, está el espejismo de migrar a Europa. Esta es quizá la opción más deseada, pero la más inalcanzable. Únicamente en el 2015, cuando la crisis de los refugiaos alcanzó su apogeo, Europa recibió más de 1.3 millones de refugiados, 30 por ciento de ellos sirios, la minoría más significativa, seguida por 14 por ciento de afganos y 10 por ciento de iraquíes. Hoy en día, el número total de solicitudes de asilo aceptadas cada año por la Unión Europea es de apenas 60,000.

El tema de los refugiados ha servido de combustible para los movimientos de extrema derecha en países que tradicionalmente tenían una generosa política de asilo. Para muestra están las recientes elecciones en Suecia y Holanda donde las coaliciones de derecha alcanzaron el triunfo gracias a una plataforma xenófoba. Esos son los estragos políticos más obvios sufridos por la presencia de los inmigrantes en el viejo continente. Cabe mencionar que la crisis hubiera sido mucho más severa de no ser por el plan del 2016, conocido como Pacto Jordania (Compact Jordan), una iniciativa impulsada por las capitales europeas para mantener a los indeseados lejos de sus fronteras.

El Pacto Jordania cambiaría las reglas del juego definitivamente para los refugiados del mundo entero. A cambio de millones de dólares en préstamos y acuerdos comerciales con la Unión Europea, Jordania se comprometió a mejorar el acceso a la educación y el empleo para los refugiados sirios. Como era de esperarse, los refugiados no fueron consultados. A pesar de que Jordania, en efecto, abrió algunos sectores laborales a la participación de los nuevos refugiados y ofreció oportunidades educativas, el sistema simplemente encapsuló el problema sin ofrecer una solución de largo plazo. Como ya se mencionó, los jóvenes no pueden acceder a la universidad y los empleos son pobremente remunerados. Ese 80 por ciento de refugiados en zonas urbanas vive endeudado. Los sirios están en un limbo administrativo que los condena a sentirse como el polvo incómodo que simplemente se esconde debajo del tapete.

De esto justamente es de lo que las mujeres del campo de Azraq se reúnen a platicar en los grupos de apoyo organizados por el IRC. Fátima y sus colaboradoras ofrecen apoyo psicológico a las mujeres de la zona 5 de este campamento—la zona 5 hospeda a las personas consideradas más peligrosas. La reunión es semanal y dura apenas una hora. Esta terapia grupal es la única fuente de oxígeno que tienen, ahí curten sus soledades. Yo fui a una de las reuniones llevadas a cabo los martes por la mañana. Las 12 participantes sabían que iban a recibir invitados, así que se vistieron con sus mejores hiyabs. Llevaban ropas con aplicaciones de lentejuelas y terciopelo y los labios pintados. Cuando entramos al cuarto de lámina, la sensación era opresiva, se sentía la tensión.

Palabras como síndrome de estrés postraumático y violencia doméstica dibujan la vida de estas mujeres, pero estos eran sólo los telones de fondo de la conversación. Más bien, en las dinámicas de grupo las participantes hablaban de que sus hijos no podrán ir a la universidad y, sobre todo, nos expresaban que no querían ser olvidadas. “Dígale al mundo de allá afuera que aún existimos” me dijo una llorando y otra me suplicó: “Pídales que ayuden a mi hija para que vaya a la universidad”. ¿Quién era ese mundo de afuera que debía reconocer su existencia o esos salvadores capaces de mandar a una chica a la universidad? Eran los mismos donantes fatigados que les reducen la ayuda, los mismos que sólo quieren olvidarse de los conflictos que empoderan a las derechas europeas.

La sesión, a pesar de ser desgarradora, también me dio esperanza. Fue desgarradora porque las madres hablaban de no haber visto a sus hijos en años, desgarradora porque sus memorias son de muertos, de otra vida que nunca volverá a ser, desgarradora porque se les truncó el futuro a ellas y a sus hijos. Yo estaba preparada para la tristeza, pero curiosamente no para la esperanza. En esos 60 preciados minutos, en esa desolación del campo de Arzaq, esas mujeres encontraban contención en las historias de las otras, encontraban familia y de alguna manera un nuevo horizonte: reconocer el dolor propio en el ajeno les daba una salida de su laberinto de pérdidas. Al terminar, la energía era ligera, hacían bromas, me abrazaban. Salí de ahí cargando esa gigantesca bandera de rebelión que me habían encomendado y recordé la canción de Atahualpa Yupanqui, Hermanos:

 Yo tengo tantos hermanos

que nos los puedo contar.

Gente de mano caliente
Por eso de la amistad
Con un lloro, pa llorarlo
Con un rezo, pa rezar
Con un horizonte abierto
Que siempre está más allá
Y esa fuerza pa buscarlo
Con tesón y voluntad

Cuando parece más cerca
Es cuando se aleja más
Yo tengo tantos hermanos
Que no los puedo contar

Miré a Fátima y los trabajadores humanitarios que se reunían junto a ella, y me acerqué para confirmar lo que intuía. Fátima tiene mejores ofertas de trabajo en la capital, podría ganar más y no tener que pasar tres horas diarias en un autobús para ir y venir de Azraq. Sin embargo, se rehúsa a mirar a otro lado e ignorar lo que sucede, su historia se lo prohíbe. Ella creció también en un campo y entiende la necesidad de dar servicios para que esta población, forzada a migrar por conflictos fuera de su control, tengan los servicios más básicos: comida, atención médica, recolección de basura.

Le pregunté explícitamente por qué seguía ahí: “¿Y qué –me respondió–, olvidar a esta gente? Antes había clases para estas mujeres: carpintería, joyería, etc. Estas clases no sólo les daban habilidades nuevas, sino que les ayudaba también a pasar el tiempo, a tener un propósito en este sitio desolado. Pero cada vez hay menos fondos, hay menos clases, hay menos de todo”. Esos son los efectos de la llamada fatiga de los donantes. En Azraq, no obstante, la fatiga es un lujo. Los donantes pueden tomarse la libertad de fatigarse, los refugiados no. A ellos sólo les queda una opción: sobrevivir.