Un héroe ciudadano de la República Imperial

blogeditor · 23 de marzo de 2015

Un héroe ciudadano de la República Imperial

John Lewis, congresista federal desde 1986 en los Estados Unidos, era apenas adolescente, nieto de esclavos e hijo de aparceros nacido en un pueblito de Alabama, cuando conoció en 1958 a Martin Luther King, pastor de la Iglesia Bautista de Dexter Avenue en Montgomery y uno de los principales instigadores de la integración del transporte urbano en esa ciudad.

Cinco años más tarde, a sus escasos 23 años, John Lewis fue uno de los organizadores de la Marcha a Washington y orador en la misma. Siendo estudiante en la Universidad Fisk de Tennessee en 1960, había ya participado en sit-ins: campañas para integrar mostradores, barras, cafeterías y fuentes de soda en Woolworth’s y otros comercios. Fue factor importante en el proceso que, mediante viajes colectivos de usuarios blancos y negros, buscaba en 1961 reforzar la integración mandatada por la Suprema Corte en los casos Irene Morgan v. Commonwealth of Virginia y Boynton v. Virginia en autobuses interestatales, logro que le valió -previo a su consumación- múltiples amenazas de muerte, agresiones físicas y atentados con bomba. Fundó la Comisión Coordinadora de Estudiantes por la No-Violencia (SNCC, por sus siglas en inglés), organización que bajo su liderazgo fundó Escuelas y Casas de la Libertad en el Sur Profundo, y en el Verano de la Libertad de 1964 animó a cientos de voluntarios de distintos partes de los Estados Unidos para que emprendiesen viajes a Mississippi y ampliar el registro a votantes negros, en una región que les imponía requisitos absurdos e incumplibles. También encabezó tres veces, junto con integrantes de la Southern Christian Leadership Conference (SCLC), encabezada por el Doctor King y figuras religiosas, sociales y ciudadanos, la Marcha de Selma a la capital de Alabama para exigir al gobierno de Lyndon Johnson, un siglo después del fin de la Guerra Civil norteamericana, garantías efectivas del derecho al voto de la población afroamericana.

Vía Pinterest
Vía Pinterest

John Lewis, a la vanguardia de los manifestantes. Va con él Hosea Williams, contemporáneo de MLK y cuadro distinguido de la SCLC.

Foto de archivo, LA Times
Foto de archivo, LA Times

Bloody Sunday: domingo 7 de marzo de 1965. En un primer intento ciudadano por pasar del puente a la carretera, elementos de seguridad de Alabama atacan a manifestantes inermes. Lewis cae fulminado por un golpe a la cabeza.

Selma to Montgomery March, cortometraje de Stefan Sharff. Los organizadores habían decidido suspender la segunda marcha, en espera de que su viabilidad se decidiera en tribunales. La tercera, y definitiva, partió de Selma el día domingo 21 de marzo de 1965; llegó a la escalinata del Capitolio en Montgomery, cuatro días después.

[contextly_sidebar id=”V25e89I3im19pwJ8tAzfgA52qYV58LuT”]El siete de marzo pasado, medio siglo después del primer intento por cruzar el puente que unía a Selma con la carretera estatal, una marcha reprimida por la policía que arremetió contra los manifestantes con cargas de caballería, gases lacrimógenos y agresiones salvajes que a él le ocasionaron fractura de cráneo, John Lewis regresó a ese lugar acompañado por Barack Obama y un nutrido contingente que escenificó, como en la película de Ava DuVernay estrenada en 2014, uno de los eventos clave de la lucha por obtener Derechos Civiles plenos en los Estados Unidos.

Lo conocí en su despacho del Capitolio, cuando el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad arribó a Washington para concluir su largo periplo por la Unión Americana. Fue el 11 de septiembre de 2012, durante una reunión con integrantes del MPJD y activistas. Había caminado el grupo de familiares de víctimas de la guerra calderonista sobre el puente de Selma; en Montgomery tuvimos oportunidad de conocer muchos de los lugares por donde King, Lewis, y esa generación de defensores de los Derechos Humanos habían hecho historia: héroes como Diane Nash, Fannie Lou Hamer, Bob Moses y tantísimo@s más. Mártires de la democracia: Medgar Evers o Jimmie Lee Jackson; el reverendo James Reeb y Viola Liuzzo (mujer blanca asesinada por racistas, entre los que se encontraba un informante del FBI). Al describirle y conocer los efectos devastadores de la crisis en México -una emergencia nacional, en palabras de Javier Sicilia- John Lewis ofreció todo su apoyo y solidaridad.

Por desgracia, el Legislativo norteamericano es presa fácil de cabilderos, truhanes de cuello blanco y francos oportunistas. Una rama del gobierno (República Imperial, como la definió Octavio Paz) susceptible a ser capturada por empresas, con comicios donde el gasto ilimitado durante las campañas goza del imprimatur constitucional, y con distorsiones recientes a la leyes del voto por parte de Ministros conservadores que ahora decretan, sin el menor dejo de ironía, ‘el fin del racismo en los Estados Unidos’.

Foto vía Top Shelf Comix
Foto vía Top Shelf Comix

John Lewis con colegas del Congreso estadounidense en el puente de Selma, sábado 7 de marzo de 2015. Pettus fue un prominente racista; circulan peticiones para que la estructura histórica cambie de nombre.

Out Here Atlanta
Out Here Atlanta

Un héroe de nuestro tiempo. Mural urbano en Atlanta, Georgia.

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Jon Stewart entrevista a John Lewis

Por desgracia John Lewis es garbanzo de a libra, y luz en la oscuridad. Se mueve en un entorno controlado por el inmovilismo reaccionario que incluye a impresentables tipo James Imhofe, senador republicano de Oklahoma y presidente de la Comisión del Medio Ambiente: fanático religioso, fundamentalista con obra publicada que niega sin ambages la teoría de la evolución planteada por Darwin y el calentamiento global, a los que considera ‘elaborados engaños’ reñidos con la letra y espíritu de la Biblia (The Greatest Hoax: How the Global Warming Conspiracy Threatens Your Future). O en la Cámara de Representantes con Steve Scalise, republicano: tercer congresista por orden de importancia, que accedió a hablar ante neonazis y supremacistas arios cuando era diputado local en Louisiana.

¿Y México? Nuestros excelsos legisladores gesticulan a lo grande y apisonan el camino de la subordinación descarada. Quedan en la memoria pocos ejemplos, digna excepción confirmatoria de la Regla Cardinal [Quien tiene el oro, hace las reglas]: El ex senador Francisco Javier Castellón. Jaime Cárdenas, ex diputado. Javier Corral, solitario defensor del Bien Común desde la Cámara Alta.

Los avales legislativos a Arely Gómez y Eduardo Medina Mora, las dos cartas fuertes de Peña, garantizan continuidad y dificultan cambios estructurales a mediano plazo. En la Época de Oro del PRI (mucho antes del ánimo en curso por adaptarse a las particularidades propias del siglo XXI), cuando el sol presidencial brillaba en su apogeo, José López Portillo trató de imponer al Negro Durazo para que el ex jefe de la Policía capitalina -delincuente e gran escala- obtuviese curul y fuero garantizados. Su intentona no prosperó. Mejor suerte ha corrido Enrique Peña Nieto, heredero de la Presidencia Imperial de Jolopo, en la custodia y preservación de la carrera de cómplices y amigos.

El abuso es permanente. ¿Inventamos vocablos a la medida para resumir realidades que laceran? Corrupcinidad. Voracidez. ¿Cómo describir de otra forma a nuestros funcionarios y plutócratas?).

De vez en cuando, allende el Bravo se castiga la gandallez de su clase política. Aquí, nunca. El ambicioso congresista Aaron Shock, de quien nos ocupamos en entregas anteriores, fue obligado por la alta jerarquía republicana a dimitir por despilfarros inocultables a costa del erario.

Una golondrina no hace verano; queda para el recuerdo este asunto lastimoso. ¿Pasará en México algo parecido, cuando la sociedad lo demande y contemos con mecanismos de presión que así lo permitan?

 

@alconsumidor