Redacción Animal Político · 21 de febrero de 2025
Jesús, María y José nacieron una fría tarde de invierno en un hospital público de Durango. Sus padres, Manuela y Luis, llegaron con los bebés en brazos ante el alboroto de todos los vecinos en el rancho. Con ellos llevaban un ejemplar del diario en el que el nacimiento había sido registrado como una gran noticia: ¡nacen trillizos!
Con el tiempo, al igual que el resto de los jóvenes de aquel caserío que lleva por nombre Las Delicias, emigraron “pal norte”.
Chuy ha ido y venido varias veces, porque en algunas de esas redadas que, de una administración a otra se intensifican, fue deportado.
Pepe falleció en un accidente de carretera en una de esas ocasiones en las que decidió regresar a México a ver sus padres.
Mary nunca volvió, ni cuando murió su madre ni más recientemente al velorio de su padre. Ese es el destino de los que se van cruzando por el río o el desierto; lo único que les queda es la añoranza por la tierra, el deseo por volver a ver aquel cielo lleno de estrellas titilantes por las noches y saborear las tortillas recién hechas en comal de leña. En Las Delicias la gente ya casi no camina, se mueven en trocas chocolatas o en motos de esas que pueden comprar en Canatlán, la cabecera municipal, con pagos chiquitos. Sin embargo, en las cocinas permanece el tradicional comal de plancha de acero atizado con leña del monte, porque si no las tortillas no saben igual.
Muchas mujeres ya no quieren echar tortillas; las compran a una camioneta que las trae cada tercer día desde Canatlán, dice Mary que según le ha contado su hermana Ana, la única de la familia que se quedó en el rancho.
De los tres, Mary era la más bulliciosa. Su mirada como centella y su sonrisa que iluminaba el espacio cuando llegaba, ahora se han apagado. Sentada, platica con las manos sobre su regazo y la tristeza reflejada en los ojos. Son casi 20 años sin regresar a su tierra, 20 años de vivir con el temor de salir de casa, de apenas atreverse a ir al supermercado y de ver cómo sus hijas han crecido sin oportunidad de conocer sus raíces. A la abuela materna lograron conocerla porque Jorge, el mayor y único hermano de Mary que logró arreglar papeles, le consiguió tramitar una visa de turista y de vez en cuando ella cruzaba la frontera para ir a visitar a sus hijos. Al abuelo materno no lo conocieron; nunca quiso tramitar sus documentos.
Mary se casó con uno de Los Pinos, el poblado adjunto a Las Delicias, y ambos se fueron a Estados Unidos; anduvieron por California, Missouri y finalmente se quedaron en Texas.
Ahora que las cosas se han puesto más difíciles para los migrantes sin documentos, a la tristeza de Mary se le agrega el constante estado de incertidumbre y miedo al saber que, de un momento a otro, podría ser separada de sus hijas: la mayor apenas tiene 17 años y la menor 12. ¿Qué harían esas tres adolescentes si de la noche a la mañana se vieran solas, sin papá y mamá? ¿Cómo podrían ir a la escuela, pagar la renta y conseguir comida?
Mary no encuentra la respuesta, solamente esboza una triste sonrisa y sus ojos amenazan el llanto. ¿Buscar familiares que se hagan cargo de ellas? No es la solución, pues la mayoría de los familiares está en la misma situación. La prima Laura, quien tiene casi treinta años en este país viviendo de limpiar casas y hoteles, recientemente vislumbró la posibilidad de regularizar su situación cuando sus dos hijos optaron por enlistarse en el Army y en el Navy.
Pero en este momento incluso ella, que tiene hijos “sirviendo a la patria”, vive atemorizada de que el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE por sus siglas en inglés) la pueda encontrar y deportar.
Y es que, como Mary y Laura, son millones los mexicanos en riesgo de ser deportados.
El Migration Policy Institute, un grupo de expertos independientes y no partidistas que dice buscar una mejora en las políticas de inmigración e integración a través de investigaciones y análisis, considera que a mediados del 2022 el 45 por ciento de los 11.3 millones de inmigrantes no autorizados en Estados Unidos provenían de México; es decir, aproximadamente 5.1 millones de migrantes indocumentados mexicanos estarían en riesgo de ser deportados, de acuerdo con las nuevas políticas el gobierno estadounidense.
Una de las formas como ICE identifica a las personas sujetas a deportación es mediante el acceso a diversas bases de datos, que incluyen registros comerciales, información sobre vehículos motorizados y conductores, y registros de servicios públicos.
Pero para el IMP el proceso de deportación no es sencillo, a pesar de la gran difusión que se ha dado en los medios de comunicación a la implementación de la política de Donald Trump, en su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos, y las imágenes de detenciones y de vuelos llegando a Latinoamérica con migrantes deportados.
“Con 3.6 millones de casos pendientes en los tribunales de inmigración a octubre de 2024, las personas sometidas a estos procedimientos enfrentan esperas de varios años antes de su audiencia inicial”, se lee en la guía explicativa de deportaciones desde Estados Unidos, del MPI.
A principios de 2025, la agencia contaba con financiamiento para 41,500 camas de detención, un número insuficiente para detener a todos los migrantes posiblemente sujetos al proceso de deportación. Como resultado, la gran mayoría de estas personas permanece en libertad durante el proceso, asegura la organización.
Si bien ha sido un golpe mediático fuerte la orden ejecutiva que firmó Donald Trump en materia de migración, apenas tomó posesión, los especialistas consideran que se trata de eso: una estrategia para colocar el mensaje de cumplimiento de sus promesas de campaña que el presidente quiere enviar a sus electores. Pero los funcionarios de su administración estarían moderando las expectativas de deportaciones masivas, pues cuentan con tiempo y fondos limitados, según explican Muzaffar Christi, abogado y catedrático, y Kathleen Bush-Joseph, abogada y analista de políticas, ambos miembros del MPI, en un artículo publicado en el sitio de la institución.
Pero por si las dudas, los migrantes sin documentos como Mary han decidido disminuir riesgos: las tiendas y restaurantes en Dallas y su área metropolitana se ven vacíos, y las camionetas pick up, que suelen usar los trabajadores de la construcción y jardinería, brillan por su ausencia en el estacionamiento de Fiesta, una famosa cadena de supermercados que los mexicanos y otros latinoamericanos suelen frecuentar, pues -como dice el slogan de negocio- ahí encuentran “un cachito de lo nuestro”.
Ahora Mary y muchas madres y padres se preguntan si valió la pena el sacrificio de dejar a la familia para ir en busca de los anhelados documentos. ¿Están sus hijos, de padres migrantes indocumentados, seguros en el país que ansiosamente los busca para reclutarlos en el ejército, pero que ahora amenaza con quitarles la nacionalidad?
Las dudas, el temor y la incertidumbre hacen de su día a día un infierno.
* Rocío Ortega es periodista, comunicadora y pro derechos humanos, en particular los derechos de las infancias y las mujeres.