El cuidado del jardín es el cuidado de uno mismo

Redacción Animal Político · 4 de septiembre de 2024

El cuidado del jardín es el cuidado de uno mismo

Debemos comenzar por reconocer un hecho: el jardín es un elemento un tanto lujoso. Desde la Antigüedad, los jardines eran conjuntos ornamentales de las villas romanas, especialmente de familias patricias, y lo mismo podemos decir de los grandes palacios europeos como el de Versalles. En Medio Oriente, donde el agua es escasa, tener un jardín era signo de opulencia, pues no cualquiera podía darse el lujo de tener piscinas reflejantes y hermosos rosales. Así tenemos innumerables casos en los que pareciera que el jardín es un gusto que sólo unos pocos se pueden dar, y hoy en día sigue siendo así.

Un problema con efectos medioambientales es que un jardín no deja de tener cierto grado de artificialidad, pues se elabora con un plan previo, con espacios trazados y especies vegetales que son elegidas con anticipación, poblándolo de plantas que muchas veces no son nativas. Por ejemplo, en México se ha expandido mucho una especie de árbol llamada Tulipán Africano (Spathodea campanulata). Es una especie que crece imponente desarrollando grandes y bellísimas flores de un color naranja de lo más vibrante. Sin embargo, esa flor evolucionó para ser polinizada por aves y murciélagos, no por insectos, de manera que, aquí en México, los insectos que consumen su néctar mueren. Diversos organismos han alertado sobre esta y otras especies introducidas que son de alto riesgo para el ecosistema local, pero la difusión entre la población es siempre insuficiente.

Podemos pensar también en la manera en que, en un jardín, se restringe el libre crecimiento de las plantas mediante la poda y la continua retirada de la maleza. Al respecto, hay quienes piensan que éstas, junto con los injertos y los trasplantes, no dejan de ser acciones un tanto agresivas para las plantas y los diversos animales que las habitan. Alain Baraton, jardinero de Versalles, opina que un retoño que brota ahí donde se corta no es más que una reacción defensiva y de supervivencia de la planta ante la violencia de las tijeras. 1

¿Y qué pasa con las especies que visitan y habitan el jardín? Poner alimento a los animales les puede traer más perjuicios que beneficios, como hacer que se desplacen fuera de su entorno natural, obligándolos, por ejemplo, a transitar espacios que los pongan en peligro, como una carretera o cerca de depredadores como los gatos. Asimismo, podemos darles a los animales algún tipo de alimento que quizás les guste mucho, pero que no sea saludable, como el caso del agua azucarada que muchas personas les dan a los colibríes.

Si a todo esto agregamos las grandes cantidades de agua que muchas veces se requieren para el riego, así como los fertilizantes químicos que agotan los nutrientes naturales del suelo y contaminan los mantos acuíferos, además del uso de pesticidas industriales que matan no sólo las plagas, sino todo lo que esté vivo, incluyendo la fauna benéfica, tenemos entonces un serio problema bioético con la construcción de jardines.

Dicho lo anterior, parecería que la idea de un jardín no resulta muy conveniente o deseable. Pero el jardín es mucho más que una simple frivolidad. El jardín puede ofrecer una encantadora experiencia estética, sí, pero también una relación de lo más vital para todas las partes que lo involucran. El jardín es, ante todo, un espacio de vida y, dentro del espacio urbano, esto no es poca cosa.

Apología del jardín

Por supuesto que el jardín no sólo es lujo y artificialidad. En primer lugar, como señala Santiago Beruete, quien cultiva un jardín algo comunica de sí mismo, por lo que ofrece al espectador y al paseante una imagen de su cuidador. El jardín es en gran medida un relato de lo que somos. 2

En segundo lugar, el jardín no tiene por qué ser necesariamente una gran extensión de tierra con diseños geométricos y setos recortados. Un jardín puede componerse de unas cuantas macetas en el patio o en la azotea, e incluso en la ventana o el balcón si se vive en un departamento. Estos sencillos elementos ya nos permiten hablar de un jardín en el sentido de que establecemos un espacio dedicado al desarrollo de la vida vegetal, donde hasta las más pequeñas flores en una maceta pueden atraer a las mariposas o a las abejas.

Por otro lado, no deja de haber cierta noción de pureza e inocencia en el jardín, pues nos remonta a una vida más simple, y no porque en la naturaleza no haya complejidad y sufrimiento, sino porque nos enseña lo inmensamente felices que pueden hacernos las cosas más sencillas.

El jardín también nos invita a la contemplación, a la pura mirada. Es una mirada que nos libera de todo interés individual y egoísta para fundirnos con el objeto captado. ¿Quién no se olvida, aunque sea por un instante, de todos sus problemas al quedar arrebatado por la belleza de una flor?

El jardín cultiva, por tanto, nuestra sensibilidad, enseñándonos a sentir antes que a pensar. Es una sensibilidad que nos dota de una intuición: la de sabernos parte de ese mismo conjunto vital, en el que al final no somos más importantes que el ratón, el gorrión, el helecho o la hormiga.

Asimismo, nos ofrece una oportunidad para la introspección y la reflexión. Ya sea con la mirada, o bien con los pies, el jardín nos incita a recorrerlo. Pues bien, de la misma forma, el pensamiento es un andar constante. No es casualidad que los peripatéticos fueran precisamente eso, paseantes en el jardín del Liceo aristotélico.

También la amistad y los vínculos humanos se cultivan en el jardín. En el jardín de Epicuro eran aceptadas todas las personas, incluidos los esclavos. Luego entonces, el jardín es un espacio de encuentro, donde se suscitan experiencias significativas a través del juego o la charla. ¿Quién no ha sido cautivado por la felicidad de un niño en un jardín, como cuando se encuentra un tesoro escondido o se planta un limonero?

En suma, por muy pequeño que sea, el jardín siempre nos remite a una especie de microrretiro, en el que podemos sustraernos un poco de la agitación y aceleración de la vida cotidiana; es un remanso de tranquilidad donde podemos descansar el espíritu, permitiendo evadirnos, aunque sea por unos instantes, de los dolores del mundo.

Pero hasta aquí hemos hablado de los beneficios que tiene el jardín para nosotros, lo cual no deja de ser un discurso antropocéntrico. ¿Podemos pensar en el jardín como algo que favorece al ecosistema y no sólo a nosotros? Veamos algo al respecto.

Jardines para preservar la fauna local dentro de los entornos urbanos

La periodista Kate Bradbury escribió hace poco acerca de la importancia de los jardines para la fauna silvestre en los entornos urbanos. Y es que en las ciudades, donde se tiende a minimizar o de plano a erradicar los espacios verdes, un jardín público o privado no deja de ser un respiradero para muchos animales locales. Así en Manchester, por ejemplo, era frecuente encontrar erizos en los parques y jardines, pero tiempo después, al ser erradicados muchos de estos espacios, la población de aquellos mamíferos disminuyó de manera dramática. Lamentablemente, ésta es una realidad de cualquier ciudad, donde las inmobiliarias y las constructoras se apropian de espacios verdes o naturales para construir edificios, carreteras o estacionamientos.

En los últimos años, en ciudades como León, Xalapa, Zapopan y Monterrey, ha sido noticia la tala de árboles por parte de sus ayuntamientos. ¿Codicia o ignorancia? Como señala Bradbury, la realidad es que mientras menos áreas verdes haya, menos mantenimiento se requiere por parte de la ciudad, por lo que cubrir todo de cemento es mucho más rentable que tener espacios vivos. Incluso los lotes baldíos, esos espacios que parecen basureros y que “afean” la ciudad, son lugares que albergan vida y que siguen siendo pequeños respiraderos para ciertas especies.

De igual forma, entre la ciudadanía, hay personas que talan árboles porque “hacen mucha basura”, incluso si de buganvilias y jacarandas se trata, como si la hermosa y colorida alfombra que dejan a sus pies pudiera llamarse basura. ¿Qué nos lleva a preferir un trozo plano y gris de cemento en lugar de un ser lleno de vida, color y frescura?

Es entonces que, como dice Bradbury, los jardines urbanos pueden significar una alternativa a la crisis ecológica que estamos viviendo: un jardín ofrece condiciones favorables para la vida vegetal y, por tanto, refugio y alimento a diversas especies animales. Aparte de embellecer para nosotros el paisaje, los árboles y arbustos generan sombra, refrescan el entorno y retienen la humedad, favoreciendo con ello no sólo a las plantas, sino a innumerables especies de aves, reptiles, mamíferos e insectos.

Conclusiones

Desde hace tiempo, diversos organismos han alertado acerca de la reducción de la población de muchas especies que polinizan las flores, tales como las abejas, las mariposas, las polillas y los colibríes, entre otras, en parte por la reducción de sus hábitats y en parte por el uso de pesticidas. En este sentido, la UNAM ha hecho una invitación para cultivar jardines polinizadores, con los que se busca plantar especies que atraigan a toda esa fauna tan necesaria para la vida del planeta.

El jardín es, por tanto, una posible solución a algunos de los problemas medioambientales que enfrentamos. Cada persona, desde sus posibilidades, puede aportar algo, incluso si se trata de una sola maceta.

La jardinería puede ejercerse de manera sustentable, usando fertilizantes orgánicos y priorizando especies endémicas que se ajusten a los ciclos locales del clima, evitando con ello riegos excesivos y fumigaciones agresivas. Si a esto agregamos bebederos (pero no de agua azucarada), podemos hacer de nuestro jardín un espacio sumamente favorable y benéfico para la vida, proporcionando oportunidades de alimento, sombra y refugio a las especies que lo circundan y habitan.

En tiempos de aceleración, inmediatez y obsolescencia programada, el cultivo del jardín es el cultivo de la paciencia. Nos enseña acerca de la serenidad, la contemplación, la reflexión y la vida simple. Pero sobre todo nos enseña acerca del respeto por otras especies y del encuentro con el otro. Cuidando un jardín aprendemos a cuidar a otros seres, al tiempo que esos seres cuidan de nosotros. El cuidado del otro es el cuidado de uno mismo.

Agradezco con cariño a quien me enseñó esta profunda verdad cuando me dijo: “Cuida el jardín para que las plantas y las flores cuiden de ti”. Así es: el cultivo del jardín es el cultivo de uno mismo.

* Jaime Trueba César es psicólogo por la Universidad Autónoma del Estado de México; maestro y doctor en Filosofía por la Universidad de Guanajuato, donde es miembro fundador de la Cátedra José Revueltas de Filosofía y Literatura. Cursó el Diplomado en Bioética en el PUB de la UNAM. Aparte de la bioética, sus temas de interés se centran en las relaciones entre filosofía, psicología, arte y literatura. Contacto: [email protected].

Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad exclusiva de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.

 

1 Baraton, Alain. 2010. Je plante donc je suis. París: Éditions Grasset & Fasquelle.

2 Beruete, Santiago. 2016. Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines. Madrid: Turner.