Jakaranda Stad

Daniel Gershenson · 10 de mayo de 2012

Jakaranda Stad

 

Jacarandá, jacaranda (plural jacarandás o jacarandas), gualanday o tarco (Jacaranda spp. Juss.) es un género de unas cuarenta especies de árboles y arbustos de la familia de las bignoniáceas…’

 

Calle sudafricana

 

La Jacaranda Mimosifolia es un árbol mítico: oriundo de Sudamérica que ha sido plantado en distintos lugares del planeta, incluyendo Nepal, Bután y Australia. Poesía pura: surtidor de hermosísimas flores violáceas, en la Ciudad de México prolifera en parques, jardines y camellones. Las Jacarandas -junto con los Fresnos, Ahuehuetes, Truenos y múltiples especies más- hacen la vida de esta urbe tan conflictiva como lo es y será el DF, mucho más llevadera.

O debería uno referirme a ella en tiempo pretérito. Hoy día la guerra total y a muerte contra éstos y otros prodigios de la naturaleza se intensifica, con la construcción de grandes obras de infraestructura o proyectos inmobiliarios y centros comerciales. Como puede constatarse diariamente, ni la autoridad ni la ciudadanía están dispuestas a defender nuestro acervo ambiental. Las distintos colosos que crecieron y se multiplicaron durante décadas sin estorbar a nadie, se han vuelto el enemigo público número uno de desarrolladores y empresas constructoras coludidas con funcionarios ecocidas.

El exterminio de árboles, la pérdida irreparable de biomasa y su sustitución por jardincitos zen con guijarros y cactáceas (o, en el mejor de los casos, la transformación de áreas de sombra en carpetas de pasto), es una epidemia en la Ciudad de México y otras más –no muchas: la mayoría simplemente tala los árboles y punto- de la desertificada República Mexicana.

Pretoria, capital de la República de Sudáfrica, es reconocida con justeza como la Ciudad de las Jacarandas.

Aquí también hubo doseles naturales tan hermosos como éste, pero son cada vez más escasos.

En 2006 co-fundé y en la actualidad presido Alarbo AC: ONG constituida para rehabilitar Áreas Verdes, y concientizar a constructories, empresarios inmobiliarios y autoridades sobre la necesidad de  consolidar una cultura de respeto y fortalecimiento al Medio Ambiente (y por extensión, a los Derechos Humanos), en México.

El éxito en esta tarea ha sido magro, y con casos muy específicos. La talazón generalizada y sin pestañear siquiera por parte de corporativos y gobiernos de toda laya, ha sido la única respuesta.

Alguna vez, cuando aún podía razonarse con inversionistas y burócratas algo más conscientes de la catástrofe que se cernía sobre nuestros parques y camellones, pudimos rescatar una de las Jacaranda más frondosas de la delegación Benito Juárez. Durante noventa y un años, desde que la plantó el patriarca de una familia amiga mía dentro de su domicilio en 1915, generaciones de niños que se volvieron padres cuyas hijas e hijos también jugaron bajo su sombra. Con el tiempo y después de la muerte de las primeras generaciones, la propiedad -que era amplia- fue dividida; el inmueble donde se encontraba la Jacaranda, vendido a una agencia de autos que prometió solemnemente incorporarla al diseño general del establecimiento.

Gran mentira. La agencia decidió ‘modernizarse’: techarían todo el espacio de exhibición, sin lugar alguno para la Jacaranda legendaria. Un día domingo, fui alertado por vecinos que cuadrillas de delincuentes ambientales con montacargas y motosierras habían ingresado al lugar y talaban sin misericordia ese emblema de la colonia. Pudimos contactar a un inspector de la Procuraduría Ambiental del DF, y él llamó por radio a los Ecoguardas (¿existirán todavía? Hace tiempo quise comunicarme y su teléfono estaba fuera de servicio). Se armó un escándalo. A pesar de que la Jacaranda se encontraba en propiedad privada los infractores se dieron a la fuga, y dejaron la evidencia del delito en el lugar y la vía público.

Trascendió que la agencia había buscado a esos matárboles para exterminar la Jacaranda, sin haber agotado los trámites correspondientes. La autoridad suspendió los trabajos, en tanto no se deslindaban responsabilidades. El árbol había sufrido un gran daño, pero podía salvarse.

Hablamos un grupo de vecinos y representantes de la AC, con los dueños y promotores del proyecto. Su propuesta de ampliación estaba detenida, razón por la cual finalmente accedieron a que se habilitara el árbol para reubicarlo.

El 20 de noviembre de 2006, se efectuaron las maniobras correspondientes. El financiamento corrió por cuenta de decenas de habitantes en la zona. Una grúa gigante logró separar a la Jacaranda de su antiguo hogar, colocándola en una plataforma de cien toneladas. La avenida Patriotismo se llenó de vecinos de la zona y gente curiosa quienes, atónitos, observaban cómo con la ayuda de arneses especiales el árbol flotaba, literalmente, por los aires. Muchos no pudieron contener el llanto.

Con paso solemne y escolta de elementos de seguridad y distintos medios que se dieron cita en el lugar, la Jacaranda fue transportada hasta un pequeño parque con juegos infantiles: sitio elegido expresamente por la dirección de Parques y Jardines en la delegación Benito Juárez.

Después del trasplante.

 

La insaciable voracidad y estupidez de políticos y empresarios (aunada a la indiferencia de un amplio sector de la sociedad), han arrasado con bosques enteros desde entonces. El futuro no parece ser muy distinto: la incontenible bola de nieve especulativa ya agarró vuelo, y sirve para incrementar fortunas de gestores que ‘facilitan’ estas obras anacrónicas. Pero por lo menos se rescataron algunas especies destinadas al cadalso, que pueden verse aún ahora, y que gozan de cabal salud.

La Jacaranda cumple este año, seis de vivir en su nueva casa. Se encuentra en Calle 27 y Patriotismo, adyacente al horrendo Distribuidor San Antonio, frente a un kínder. Si pasan por ahí, recuerden que las Áreas Verdes de esta gran ciudad merecen mejor destino.

 

El mejor sueño posible y atrás, la peor de nuestras pesadillas.

 

Hace algunos meses, en Popocatépetl 512: misma delegación, diferente personal de Áreas Verdes, intentamos repetir el procedimiento. Se convenció a los constructores de una agencia NISSAN de autos ‘ecológicos’ que pretendían arrasar con árboles gigantescos susceptibles de transplante y colocación en vía pública que se encontraban en un terreno muy amplio. Varias especies incluso fueron preparadas por arboristas de la Asociación Civil para su eventual trasladado (con aportaciones de vecinas y vecinos interesados en preservarlos), a distintos parques de la demarcación, pero esta vez topamos con la obtusa imbecilidad –no encuentro un término equivalente, lo siento- de empleados ‘ambientales’ en la Benito Juárez. Abandonaron decenas de Jacarandas, Hules y Fresnos a su suerte. Con toda seguridad, el basurero.

Ya ni siquiera se permite el rescate de árboles individuales. Se elimlinan especies de sombra que por sus características y beneficios deberían ser protegidas. A cambio, nos topamos con ‘obsequios’ y ‘reposiciones’ que consisten en plantar varitas trespeleques, plantas y flores de temporada que tienen fecha de  caducidad. Posiblemente, negocios manejados (¿por qué no?), por los mismos encargados de estos trámites estúpidos.

Por eso la Ciudad de las Jacarandas es Pretoria. Pudo haber sido también: en este Continente, la capital de México. Una inmensa lástima, y mayúscula tragedia.