blogeditor · 21 de octubre de 2016
Apenas el miércoles las mujeres salieron a las calles para plantarle la cara a la violencia machista bajo la consigna de #NiUnaMenos, y yo he visto muchos hombres indignados en contra de esto, señalando las incongruencias de las “feminazis” y molestos porque a nosotros también nos matan pero las mujeres no nos ponen atención ni se preocupan por nosotros: “¡Si no todos los hombres somos ese macho del que se quejan! ¡Nosotros no hemos violado a nadie ni forzado a ninguna mujer a nada! ¿No que somos iguales? ¿Por qué carajos vienen a decirnos en la cara lo malos que somos?” … y cosas así. Esta es mi respuesta de man cis, hetero, blanco, clasemediero, sin discapacidad y lleno de privilegios (y no es vocería porque ellas no la necesitan) para todos esos manes que están encabronadísimos con que las mujeres salgan a gritar que las están matando (empalando, violando, hostigando y muchos muchos etcéteras).
¿Neta nos quieren culpar a todos los hombres por lo que les está pasando? La respuesta es que no… que más o menos… y que sí… La cosa es más o menos así (léanlo con calma cabrones, aquí el único pendejo soy yo y no trato de convencerlos de nada, así que chilax banda, chilax):
No. El feminismo no nos viene a decir que todos somos unos violadores que nos pasamos empalmándole el tlacuache a las mujeres en el metro… si las mujeres están en las calles no es porque nos metan a todos en una misma bolsa, sin distinciones, y nos quieran echar a todos a la licuadora (o a nuestras vergas, al menos) sino porque a todas ellas las han acosado o han sido víctimas de algún tipo de violencia sexual en su vida[1]. Fuera de joda, ¿alguna vez se preguntaron cómo es prepararse para salir a la calle (cómo vestirse, qué ponerse, si el pantalón que llevan está demasiado ajustado, si sus compañeros les van a decir cosas por eso) porque no quieren que les griten cosas sobre cómo se ven, que se les acerquen de la nada o que los toquen? ¡Obvio no! ¡Si están bien pinches feos y les vale madre salir como sea!… broma, broma[2]…
Lo cierto es que para ellas, salir a la calle es todos los días un acto estratégico en el que tienen que protegerse para sentirse un poco seguras. Porque sí weies, salir a la calle siendo mujer da miedo. No lo digo porque yo lo haya sentido, no podemos sentir lo que las mujeres sienten porque no estamos en esa posición, lo que sí podemos hacer es abrir los ojos y darnos cuenta de lo que les pasa. Tampoco acá intento hablar por ellas (de hecho, todo lo que vengo a decir lo han dicho ellas, desde ese feminismo que tantas ronchas les saca), ¡porque lo dicen ellas! Lo llevan gritando de miles de formas desde hace un montón de tiempo. Si les da hueva buscar (¿neta no lo han visto nunca ni en sus redes, en la calle o de perdida en las noticias?) acá, acá, acá y acá algunas referencias (éste es sobre #MiPrimerAcoso y todos deberíamos de tomarlo en serio).
El problema es serio y muestra que a todas se les ha tratado como objetos; se les ha rechazado el carácter de personas para verlas como cosas que están a nuestra disposición y que esto les pasa todo el tiempo, todos los días, en todos los lados. Y esto que pasa todos los días va desde el hostigamiento, hasta otros actos de violencia sexual que pueden terminar en violaciones o asesinatos. Ahora imagínense que todos… TODOS… pasáramos por eso CADA PUTO DÍA de la vida… ¿está cabrón, no? Pues lo que podamos imaginar, les aseguro, no se compara con vivirlo.
Más o menos. Lo cierto es que aunque no nos digan que todos violamos, sí es cierto que más o menos todos somos culpables de realizar actos machistas… la violencia sexual machista no se limita a matar y violar, vatos. Hay muchas conductas bien diversas que más de una vez seguramente hicimos. El acoso sexual y el hostigamiento, contienen conductas que –por nuestra cultura machista- nos pueden parecer inofensivas, pero que no lo son. Disponer del cuerpo de una mujer para tocarla sin su consentimiento, acercarnos y empalmarlas en espacios públicos, aunque sea “disimulada o inocentemente” (esto no existe banda, no mamen), seguirlas por la calle diciéndoles cosas sobre su cuerpo, sobre cómo se ven o insistirles en que salgan con nosotros, en que nos digan que sí o en que nos den un beso (o robárselos “porque sí quiere, aunque diga que no”… no sssseeasss mamón), son todos actos parte de la cultura de violencia machista.
Las mujeres no son nuestras. Ni nos deben nada ni disponemos de ellas, tampoco necesitan de nuestro cuidado ni de nuestra protección. Una de las cosas que dicen al salir a la calle es que lo que quieren es QUE LAS DEJEMOS EN PAZ. No es tan pinche difícil entenderlo, aunque nos cale el ego de charro mexicano proveedor de familia panza pa’ fuera botella de tequila en mano macho alfa de la manada más chingón de los chingones… no… neta no.
Tenemos que darnos cuenta que hay un chingo de acciones que nos parecen normales y no lo son, que hacen daño y las denigran. NOS ESTAMOS TARDANDO UN CHINGO. Ellas son víctimas no sólo de desconocidos, sino de sus propios familiares, de amigos o compañeros de trabajo o de la escuela. ESTÁ CABRÓN. Pero no lo digo a ojo de buen cubero: primero, hay datos y análisis serios al respecto, pero segundo y más importante, ¡ellas lo llevan gritando años! Y parte del problema es que les negamos credibilidad y las tachamos de exageradas, inventivas o locas. ¿Les parece que eso es tratarlas como iguales? (echen ojo acá).
Y… si siguieron leyendo hasta acá, párense por un vaso de agua porque el último punto es el sapo más gordo que nos tenemos que tragar.
Sí. Somos culpables, todos los hombres, del contexto y cultura de violencia machista que oprime a las mujeres que están tomando las calles… Tal vez tú no has violado o matado, ni siquiera has tocado a una mujer sin que te diga primero que sí (no wei, el “era obvio que quería” no existe, y ni su vestimenta ni el hecho de que se estuviera tomando una chela contigo en tu depa cuenta como consentimiento tácito), y eres de ese grupo que no les grita cosas en la calle ni las apoya en el metro “sin querer”. Pero también eres cómplice… sí wei, somos C Ó M P L I C E S (te dije que el sapo era gordo culero, te dije). Porque si hay algo que permite que la violencia a las mujeres sea algo tan normal, que facilita que le pase a todas y de muchísimas formas, en todos los lugares (su casa, en el trabajo, en el camino al trabajo, en el metro, en conferencias, en la escuela, en todos pinches lados), es que hay comportamientos que nosotros permitimos, realizamos o toleramos, que hacen que el mundo sea el infierno que es para las mujeres. ¡Sí! Eso a lo que las malditas “feminazis” que tanto odiamos llaman la “cultura de la violación”.
Hace meses escribí del silencio en estas cosas. Quedarnos callados y no hacer nada (o ser partícipes activos) cuando nuestros amigos hacen chistes de mujeres como objetos (no como personas), cuando continúan el discurso de “la puta” para hacer menos a una mujer que decide hacer lo que quiere con su cuerpo y su vida (porque sí wei, al final el feminismo se trata de ser iguales, y eso significa poder hacer lo mismo[3]), cuando vemos el acoso de otros hombres a las mujeres en la calle (o en cualquier otro lugar), todo eso, es ser cómplices de un contexto que produce y sostiene la violencia en contra de ellas. ¿Se acuerdan que por esto están marchando? ¿Les sigue sonando a mamada? El silencio, como complicidad, también viola, mata, toca y acosa[4]. Por eso, así como cuando tocan a una las tocan a todas, cuando uno las violenta y nos quedamos callados, pasivos, neutrales, también nosotros somos culpables.
Hay mucho más qué decir (pa’ la próxima), pero escojo esto: yo no escribo porque me sienta puro ni porque crea que soy un hombre excepcional que nunca fue macho y me crea por encima del resto; lo hago a pesar del macho que fui, que seguramente realizó alguna de las conductas de acoso (esas que “son piropos, que no hacen daño, que no son nada”) y que ha sido cómplice más de una vez. No me enorgullezco de eso, y me da vergüenza el macho que soy hoy, todavía, en muchas cosas que no sé siquiera si algún día voy a poder quitarme por completo. Pero estoy convencido de que nuestro machismo hace el daño que ellas dicen y que nosotros tenemos que contribuir a romperlo. No es tiempo de ser protagonistas, es tiempo de ser solidarios, de escuchar y de aprender. ¡No chinguen!
[1] Y esto es sólo la punta del iceberg, porque la violencia sexual sólo es una de las cosas que el feminismo denuncia y que buscan cambiar. Si de verdad les interesa dejar de hacer el oso diciendo que el feminismo es el otro extremo del machismo, acá está una buena guía de cosas que pueden revisar. El artículo de Estefanía es imperdible, neta, y el esfuerzo vale la pena.
[2] Y esto es broma en serio, porque la mujer es objetivizada todo el tiempo tanto como algo valioso para los hombres porque es linda o está buena o como algo qué repudiar porque es fea, gorda, etc. Y esto también está del nabo, porque además de no tomarlas como personas iguales a nosotros y juzgarlas por su apariencia, creemos que podemos decirles lo que sea porque disponemos de ellas y esto es normal. Esto es acoso de género cabrones, y si quieren darse cuenta de lo desagradables que son al hacerlo pasen por acá. NO SON OBJETOS.
[3] Y ojo, esto no significa que ellas quieran las mismas cosas ni el mismo mundo que tenemos nosotros. ¡Imagínate! ¿Neta crees que son tan tontas como para pedir una igualdad en la que tengan que ser como nosotros? No, ellas quieren ser tratadas como personas y quieren además cambiar las cosas jodidas de éste mundo de hombres, hecho por hombres y para hombres. El feminismo no es querer ser iguales en el juego que hicimos nosotros, es querer ser iguales pero cambiar las reglas, cambiar el juego, cambiarlo todo. Y eso, carnal, no sólo es necesario para dejar de hacernos mierda, sino que lo necesitamos (y además está BIEN CHINGÓN y es lo más revolucionario en décadas).
[4] Por esto tenemos que cuestionar el tipo de relaciones (verticales) que tenemos con ellas, la forma en que bromeamos (porque en ella se esconde que las tomamos como cosas), de que en vez de verlas como personas e interesarnos en ellas de inmediato saltemos a pensar en cogérnoslas porque sólo podemos sexualizarlas. Esto y mucho más (pero ya escribí UN CHINGO) perpetua el rol de opresores que tenemos sobre ellas, y esto no es aceptable.