Joel Aguirre · 30 de junio de 2026
La victoria de Abelardo de la Espriella en Colombia es el último caso de la efectividad del intervencionismo estadounidense en América Latina. Con él, el trumpismo latinoamericano consolida su presencia en América del Sur y, junto a las reformas recientes en Cuba, reflejan que la amenaza de inicios de año con Venezuela se está cumpliendo. Trump y Estados Unidos están redefiniendo nuestra región a su imagen y semejanza.
Podemos señalar los errores de Gustavo Petro como presidente o las fallas en la campaña de Iván Cepeda, pero no es la única explicación. Más bien me interesa enfocarme en otro factor que considero central y compartido por el trumpismo latinoamericano: el uso político de las emociones para ganar elecciones. Además de la evaluación que haga la ciudadanía sobre sus gobernantes, no podemos negar que existen afectos o emociones que definen por quién votamos.
Anton Jäger escribió un artículo para The New Statesman, donde habla sobre la hiperpolítica de hoy, y destaca dos cosas muy importantes que quiero recuperar. Primero, la intensidad de la actividad política ha aumentado desde la crisis económica de 2008, pero sin una estructura institucional que la canalice. Segundo, en consecuencia, existen exabruptos de actividad que son motivados por emociones cada vez más encarnadas, pero atomizadas, que expresan la indignación y el agravio, pero no conducen a la movilización efectiva.
La derecha reaccionaria que representa el trumpismo entendió bien esta dinámica, al ser heredero del movimiento Tea Party. Además de contar con el financiamiento del capital tecnológico (Musk, Thiel, Altman y Zuckerberg), supo apoyarse también en las estructuras institucionales del evangelismo estadounidense, semillero del nacionalismo blanco y cristiano, de corte fascista. La conjunción de ambos elementos brindó una forma de explotar y potenciar las emociones negativas y el agravio para minar la democracia.
Ahora replican esta estrategia en nuestra región y los resultados ya los vemos. Mientras tanto, las opciones de izquierda, sea progresista o socialista, han sido incapaces de canalizar el agravio y la indignación hacia su causa. Figuras como Espriella, Bukele, Milei, Kast o Keiko Fujimori se apoyan en esta estructura replicada a niveles nacionales y movilizan con facilidad las emociones mediante un discurso de miedo. Pero desde el frente progresista no existe algo similar.
¿Qué emociones puede ofrecer la izquierda para canalizar el agravio y la indignación de los pueblos? Es difícil convocar a la alegría cuando la agudización de la violencia, de la explotación del medioambiente y de la destrucción de los derechos sociales y económicos merma el bienestar y la vida digna. La esperanza no se sostiene solo de una promesa, también necesita del respaldo emocional para que no se convierta en desencanto.
Una de las principales fallas de los gobiernos de izquierda en América Latina ha sido desaprovechar su posición para establecer estructuras institucionales que les acerquen recursos y apoyos para contrarrestar los discursos de miedo. No solo se trata de cuestiones comunicacionales, también se trata de resultados y presencia territorial. Aunque se encuentren acechadas por el avance popular (no solo de élites) de las derechas reaccionarias, aún está en sus manos hacerse del manejo de las emociones.
Como recuerda Jäger en su artículo, una de las fortalezas de los movimientos populares del siglo XX es que ofrecían una estructura para encarnar y vivir pública y colectivamente las emociones, espacios de reproducción y construcción de proyectos y alternativas. No solo se trata de recuperar la calle, sino de que salir a la calle sea acompañado por regresar a una casa pública, donde dichas emociones se conviertan en lucha y propuestas.
En lugar de arroparse en la mediocridad de la conspiración, las izquierdas deberían abrazar la indignación y el agravio para construir nuevos espacios. Aprender de sus fallas como gobierno, aceptar la crítica y la autocrítica y no creer que es algo cíclico e inevitable. A diferencia de hace 100 años, la derecha reaccionaria y fascista no piensa dejar lugar para que la organización popular regrese. Desde esa indignación y agravio, toca reorganizar para volver a vivir una emoción popular que motive el cambio social y la dignidad popular. ♦