blogeditor · 15 de enero de 2021
En las profundidades subterráneas del este de África vive un roedor de larguísimos dientes, ojos diminutos y piel rosada casi transparente que, gracias a las complejas condiciones de su oscuro entorno, desarrolló insensibilidad a muchos tipos de dolor, característica que lo convierte en uno de los seres más resistentes del planeta, sumada a la capacidad de sobrevivir con niveles mínimos de oxígeno. Se trata de la rata topo desnuda.
Parece que el dolor es la suma de las pequeñas tristezas escritas en la memoria. El pacto con los recuerdos es poderoso, confuso y hasta traicionero. La tristeza evoca instantes desoladores, algunos vistos en pasado, otros de frente, como este. El momento que vivimos, compartido y colectivo, arrasa con lo construido, con las pocas certezas que teníamos, con lo que dimos por sentado, con lo que creíamos que era nuestro y se fue. Somos un castillo de arena frente a una inmensa ola.
Nos construimos de acuerdo a la manera en la que nuestros recuerdos salen a la luz y, sobre todo, de acuerdo a la manera en la que sobreviven en la oscuridad, deformes por el paso del tiempo, desnudos y adaptados a su entorno, cada vez menos sensibles al dolor, aunque no del todo ni siempre. Lo que pensamos que ya no dolía, un día se presenta frente a nosotros y nos recuerda que hay otra memoria, más allá de la nuestra, que no se conjuga en pasado sino nos acompaña en tiempo presente.
La rata topo desnuda recorre los túneles de sus colonias con la misma facilidad hacia atrás que hacia adelante, esa pequeña destreza hace la diferencia en su supervivencia. Destreza que también tiene nuestra memoria. Buscar de frente el horizonte es un paliativo inútil si no lo trenzamos con el pasado, con nuestra historia y con la historia del mundo.
Quizás el secreto esté en la resistencia al dolor que, con un poco de suerte y voluntad, nos dará la fortaleza para enfrentar este tiempo que recorremos a ciegas. Y lo que nos dolía antes hoy tome una relevancia distinta. No puedo evitar angustiarme por el futuro y desafiar la esperanza. Pienso en mi hijo y recorro por él y con él este túnel oscuro que creo que nos conduce a alguna salida. Aunque no estoy segura, pero tampoco importa. He aprendido en los últimos meses que nunca es más grande el punto final que la historia. Comienzo a sentir menos tristeza por lo que alguna vez me parecía inmenso: los recuerdos se hacen pequeños, van y vienen, de adelante hacia atrás y viceversa. Hoy la irrelevancia es mi mejor amiga, junto a la insensibilidad por algunos tipos de dolor.
El costo de una memoria imprecisa es semejante al de las decisiones que tomamos en el presente. El monstruo contra el que luchamos muchas veces se trata del personaje incorrecto, y los personajes que nos acompañaron eran tan parecidos entre ellos que en realidad se trataba del mismo: nosotros.
El mundo interior puede ser más cruel y complicado que el mundo exterior. Afuera, todavía, podemos respirar. Porque, a diferencia de la rata topo desnuda, todavía no tenemos la capacidad de sobrevivir con niveles mínimos de oxígeno. Quizá lo que nos hace falta es acomodar la tristeza y el dolor en un lugar más pequeño de nuestro cuerpo y memoria para darle espacio a lo que viene que, con otro poco de suerte y voluntad, se va abriendo camino sobre la tierra.