IV. Vulva y vagina

Redacción Animal Político · 12 de octubre de 2022

Nací en una familia conservadora, por más liberal que intentaba ser. En mi casa no se nombraban las partes del cuerpo relacionadas con la sexualidad, por supuesto tampoco se mencionaban muchos otros asuntos. Así que, cuando algún tema “prohibido” salía a colación, había que mirar hacia otro lado de la misma manera que debía hacerlo cuando en una película había una escena para adultos.

Tuve que desprenderme de mi personalidad primaria para aprender a llamar algunas cosas por su nombre. No sé si la explicación sea que crecí en provincia, porque la realidad es que en todos lados hay personas que prefieren no decir aquello que les incomoda y, la mayor parte de las veces, lo que nos incomoda se siente rico a costa, incluso, de la culpa. También he aprendido a desprenderme de ella.

A Nicolás, mi hijo de cuatro años, le digo mientras se baña que se lave bien los huevushes y el pirrín, sin siquiera pensar que ‘testículos y pene’ tienen una fonética mucho menos chusca (por no decir ridícula) que mis palabras venidas a menos en esta época en la que la educación sexual es indispensable para las infancias; pero esta soy yo, arrastrándome desde niña, imposibilitada a nombrar fuerte y claro algunas partes del cuerpo y eligiendo el eufemismo más próximo que me saque de una situación que a la fecha me sonroja.

Me sorprende que el no nombrar todavía sea parte de mi vida y que la pasión que siento por el lenguaje no sea suficiente para derrotar mis pudores orales.

Y como en el nombre de mi madre y de mi padre aprendí a no nombrar, en el nombre de mi madre y de mi padre rompo la condena nombrando esta columna con dos de mis partes corporales preferidas y quizá las que más evito nombrar en voz alta: la vagina y la vulva.

Me sonrojo. Sigo escribiendo. Aquí no hay un orfanato sino una multitud que me observa. Intento mirar hacia otro lado, hay un espejo. No tengo escapatoria. Allá vamos.

Cuánto les debo a mi vagina y vulva. Estoy segura de que la relación más estrecha que tiene mi cuerpo es la de mi mente con el racimo de terminaciones nerviosas que se alojan ahí. Ahí mero. Allí abajito. Ahí, sí, en la vulva y en la vagina.

En este mundo donde cada vez es más complicado encontrar la felicidad, en el cuerpo llevamos la capacidad de sentir placer en el momento que sea. Basta aprender a tocarnos. Basta conocernos. O basta entregarnos.

Ellas, dispuestas. Dispuestas solo si lo demás está dispuesto. Son un par que se alía con el resto del cuerpo. Aunque no se nombre. Pero es mejor nombrarlas. Para deleite del lenguaje, del pensamiento y de la vida, en general. Y del placer, en particular.

La vagina, por un lado, es un tubo que conecta al útero con el mundo exterior. Yo, que prescindo de útero, pienso que conecta todo lo que soy con todo lo que no soy. La vagina es una carretera húmeda y resbalosa, que se ensancha y engrosa, rodeada de paredes que se pliegan. Un camino peligroso.

Mi vagina ha atestiguado, desde el centro de mis piernas, cada una de mis etapas y ha cambiado junto con ellas. Me acompaña y al mismo tiempo soy yo. Es mi mundo interno más interno, que se explora como si no tuviese fondo. También es mi llave a otros mundos, el paso de mi hijo hacia la vida y la ruta de acceso a otros lugares; por ejemplo, a la vulva.

La vulva es una zona montañosa de apariencia tan extraña que cuesta mirarle desde la propia perspectiva. Tal vez la desnudez radica ahí, porque podemos estar cubiertas de cuerpo entero, pero si nuestra vulva se descubre, estamos desnudas. Expuestas. Mucho más solas de lo que creemos, aunque estemos acompañadas.

Aquí, mi pudor oral acompaña al visual. ¿Algún día asumiré lo humana que soy? ¿O moriré pretendiendo que hay partes de mí que no existen? Ahora entiendo que no nombrar es borrar. Y no mirar es no conocer. La miro. Me sonrojo. Escribo. Recuerdo a la multitud. No importa. Me conozco.

La intimidad, el pulso, la sangre, el olor, el vello, las terminaciones nerviosas, la privacidad, la memoria, el flujo, la estética, lo oculto, lo oscuro, lo explosivo, lo fugaz, lo territorial, lo humano, lo femenino, que empieza en el monte de Venus y termina en el cerebro, que con el mismo entusiasmo se abre que se cierra, que se esconde que se enseña, desde aquí va esta columna que no tiene otro fin que nombrar a mi vulva y vagina.

@barbarahoyo