IV. La araña tejedora

blogeditor · 9 de octubre de 2020

IV. La araña tejedora

Las arañas tejedoras crean estructuras perfectas que utilizan como refugios nocturnos y como trampas para sus presas. Desde hace un par de semanas, Nicolás y yo observamos a dos ejemplares que se encuentran afuera de las ventanas de la casa. Durante la noche, parece que flotan: se posan en el centro de sus geométricas telarañas, casi invisibles, y se suspenden en el tiempo, hasta que amanece.

De acuerdo con el uso que quieran darle, las arañas recurren a diferentes tipos de hilo con la seda que ellas mismas producen. La seda es el material más resistente, ligero y elástico que se conoce y es imposible obtenerlo a gran escala debido a la naturaleza carnívora de las arañas. Las arañas son solitarias porque de otra manera se extinguirían al devorarse unas a otras.

El diseño de la telaraña, las propiedades de su seda y la tensión de sus hilos hacen posible que, si uno de ellos se rompe, la estructura permanezca; sin embargo, cuando llega la noche, las arañas destruyen lo que queda de su red y comienzan a tejerla de nuevo.

El 11 de julio de 1991, al medio día, las arañas tejedoras comenzaron a deshacer sus redes. Un eclipse solar ocurría en México. Durante siete minutos todo se convirtió en oscuridad y silencio. Cuando la luz volvió, las arañas, confundidas, comenzaron a tejer.

Ese mismo día, mi papá pasó por mí y me llevó a contemplar el acontecimiento astronómico al rancho que había sido de su padre, quien falleció el mismo año de mi nacimiento. Nueve meses transcurrieron entre la muerte de mi abuelo y el parto de mi madre. Quizás lo que unió a mis padres fue la pérdida, y mi concepción es el resultado del consuelo.

Un poco antes de que comenzara el eclipse, un gato se recostó sobre nuestros pies, como si de esa manera nos avisara que algo estaba por ocurrir. De pronto, llegó la oscuridad: el día se había suspendido en el tiempo, y nosotros con él. Mi papá y yo, durante siete minutos, habitamos la eternidad.

Desempolvar una anécdota y volver a mirarla es un acto tan poderoso que puede, incluso, cambiar nuestro pasado. Con los años, especialmente desde que soy madre, he aprendido a deshacer mis historias y volver a tejerlas sobre sus fantasmas para entender quién soy; pero, sobre todo, para conocer mejor a los personajes que las han protagonizado.

Las memorias que nos unen a los otros son hilos tan elásticos como la distancia y tan resistentes como nuestra estructura, porque quienes somos y de lo que estamos hechos no es del número de historias que guardamos, sino de las versiones que tenemos de ellas.

La forma en la que nos relatamos quiénes fuimos con las personas que amamos y quiénes fueron ellas con nosotros es una interpretación que cambia con el tiempo, si así lo decidimos. De esta manera escribimos sobre nuestro cuerpo la biografía que algún día habremos de contarle a nuestros hijos.

Durante muchos años estuve enojada con mi padre por no haberme regalado más momentos íntimos y por no haber sido testigo y cómplice de mi vida cotidiana. Pensar que ambos nos perdíamos de algo me hacía pedazos; pero ese algo siempre estuvo allí: en el centro de nuestra historia, como una araña nocturna.

Los encuentros que destejo y vuelvo a tejer son trampas que, si miro bien, se convierten en refugios. Porque, a diferencia de la araña tejedora, acercarme a los míos evita que los devore. Mientras tanto, esta noche, después de observar cómo las arañas salen de sus escondites y comienzan a tejer, le contaré a mi hijo sobre la vez que su abuelo y yo habitamos, durante siete minutos, la eternidad.

 

@barbarahoyo