Redacción Animal Político · 14 de junio de 2025
Los recientes ataques de Israel contra Irán no fueron menores ni simbólicos: se trató de al menos cinco oleadas de misiles y drones dirigidos a objetivos clave en Natanz, Isfahán, Teherán, Qom, Tabriz y Kermanshah. Los blancos incluyeron infraestructuras del programa nuclear iraní y altos mandos militares. Todo apunta a que, además de ataques convencionales, hubo operaciones encubiertas de la Mossad dentro del territorio iraní, con sabotajes a sistemas antimisiles e incluso drones lanzados desde dentro del propio país, replicando tácticas ucranianas en territorio ruso.
Pero ¿por qué ahora? ¿Qué busca Israel provocando directamente a Irán? Las respuestas son tan políticas como estratégicas.
En primer lugar, el gobierno de Netanyahu necesita desesperadamente que Irán responda. Al provocar un contraataque, Israel podría consolidar su narrativa como víctima ante la comunidad internacional y recuperar el respaldo de Occidente en medio del creciente descrédito internacional por la masacre en Gaza. El objetivo es claro: re-legitimar su posición a través del miedo al enemigo común.
Segundo, los ataques llegan en un momento delicado para la diplomacia. Justo un día antes, Omán anunciaba una nueva ronda de negociaciones entre Washington y Teherán para reactivar el acuerdo nuclear. Reactivar el acuerdo era importante para mitigar las sanciones económicas contra Irán al mismo tiempo que le daba una victoria diplomática a Donald Trump -que dicho sea de paso, fue el encargado de eliminar el acuerdo ya existente- sin embargo, el gobierno israelí considera como una amenaza a su seguridad cualquier prospecto de un acuerdo con Irán, y con este ataque, cualquier posibilidad de acercamiento quedó eliminada.
El tercer punto es interno, pero igual de crucial. La coalición que mantiene a Netanyahu en el poder está en crisis, pues la oposición en el Knesset (el parlamento israelí) junta cada vez más apoyos en contra del gobierno, al punto que un día antes del ataque, la oposición había intentado disolver el parlamento y convocar elecciones anticipadas, lo que podría poner fin a su gobierno. De caer, Netanyahu enfrentaría procesos por corrupción que podrían llevarlo a prisión. Así que sí: el primer ministro israelí parece dispuesto a incendiar la región con tal de salvar su pellejo político.
En este complejo tablero internacional, Estados Unidos aparece como actor ambiguo. Se sabe que la Casa Blanca estaba renuente a un ataque israelí, al punto que Trump había advertido a Netanyahu que no tomara ninguna medida que pudiera poner en peligro las negociaciones entre Estados Unidos e Irán sobre un nuevo acuerdo nuclear. Trump buscaba un nuevo acuerdo con Irán para anotarse un triunfo diplomático. Sin embargo, esto es un tema complejo, pues de acuerdo con el medio Axios, diversas fuentes israelíes declararon que la animosidad de Trump con Netanyahu y su renuencia a apoyar el ataque fue solo de cara al público, pero que en privado Israel contó con el apoyo estadounidense para realizar dicho ataque. Aun cuando en privado haya apoyado los ataques, ahora a la Casa Blanca no le quedó más opción que respaldar en público a su aliado histórico.
La reacción regional, sin embargo, ha sorprendido. Arabia Saudita -que hasta hace poco era uno de los principales rivales de Irán- condenó en términos duros el ataque, refiriéndose a Irán como su “hermana república islámica”. No es que Riad vaya a salir en defensa de Teherán, pero esta postura sí revela fracturas serias en la red diplomática de Estados Unidos en la región. Otro giro interesante es el papel de Siria: de ser el gran aliado de Irán, pasó a ser -en la práctica- una plataforma de lanzamiento de misiles israelíes, evidenciando el grado de cooptación del régimen sirio tras la caída de Bashar Al-Assad.
Lo que sigue es incertidumbre. ¿Qué tan mesurada será la respuesta de Irán? En el pasado, sus represalias han sido calculadas, incluso coordinadas con Washington. No está claro si esto obedece a una estrategia prudente o a limitaciones técnicas. Lo cierto es que el presidente Masoud Pezeshkian enfrenta ahora una difícil tarea: equilibrar las presiones de los sectores moderados con la furia de los radicales, en particular la de una Guardia Revolucionaria que ha sido duramente golpeada.
El riesgo de una escalada regional es real. El conflicto ya no es entre dos enemigos históricos: se está configurando como un nuevo eje de confrontación con consecuencias imprevisibles para el orden internacional.
* Adrián Marcelo Herrera Navarro (@adrianmarcelo96) es maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, con especialización en temas de seguridad nacional y relaciones internacionales.