blogeditor · 10 de julio de 2014
Los costos de la guerra y la intolerancia son antes que nada humanos. Hoy por hoy basta sólo el ejemplo de Siria para ponernos a temblar. Lo que ha hecho Bashar Al Assad para retener el poder y proteger a los alauitas queda ya en los anales del horror humano. Además, para desgracia de los sirios, las fuerzas del gobierno no han tenido el monopolio de la crueldad. La brutalidad de la milicia ISIS ha sido medieval, por decir lo menos. Y en medio están millones de sirios amenazados, cientos de miles asesinados y al menos 2 millones de refugiados, incluido un tumulto de niños, sus vidas destrozadas para siempre. Y de Siria podríamos viajar a otros círculos del infierno, ahora y antes, en los que el sufrimiento humano ha sido simplemente intolerable.
[contextly_sidebar id=”4577f3082420786ba33430b3a87cb70a”]Lo cierto, sin embargo, es que las secuelas de los conflictos armados no se confinan solamente a la pérdida de la vida. La destrucción del legado cultural de una sociedad –al fin y al cabo, su única manera de trascender– ha sido desde siempre un arma de guerra más. En la antigüedad, la cantidad de culturas que desaparecieron (o estuvieron cerca de desaparecer) después de ser sometidas por ejércitos invasores es casi innumerable. De hecho, es más complicado encontrar sitios, culturas o tradiciones artísticas que, de milagro, sobrevivieron. Pienso, por ejemplo, en el Partenón: contra todo pronóstico, aún entre nosotros. Para un contraste, basta pensar en Alejandría. La historia está en Plutarco: el incendio que se extendió hasta los salones de la gran biblioteca ptolemaica, llevándose consigo 400 años de minuciosa tutela de cuanto conocimiento había en el mundo Clásico. El resto de la historia está repleta de episodios similares: libros, objetos, documentos, poemas, edificios, recintos, esculturas… no hay legado cultural que, por furia bélica o absurda iluminación religiosa, no haya arrasado la humanidad.
Aún así, uno pensaría que el progreso moral de la humanidad (sí: soy un optimista) daría para poner un alto a al menos este tipo de despojo. Craso error.
Ahí está lo que ha ocurrido en Irak en las últimas semanas. Resulta que, en esto de la barbarie de la devastación cultural, ha tocado el turno al mundo islámico. Tampoco es nuevo: los radicales islámicos llevan años aprovechando su particular interpretación del Corán para justificar locuras. Ahí está el ejemplo de la destrucción de los majestuosos Budas de Bamiyán, cortesía de esa caterva de intolerantes que es el Talibán. Las inmensas esculturas, que adornaron la provincia de Bamiyán durante milenio y medio, fueron dinamitadas en el 2001 por los fanáticos islamistas. De la magna obra no quedó nada, solo un par de huecos que exhiben la inusitada capacidad antropófaga de la humanidad. Jodido asunto.
Ahora, ese mismo ímpetu caníbal ha llegado a la cuna misma de la civilización. La consolidación de ISIS en Siria e Irak ha significado el principio de una política de destrucción de todo lo que los fanáticos desechen como supuesta idolatría. Eso incluye, naturalmente, cualquier vestigio mesopotámico –pero también mezquitas. En las últimas semanas, distintos reportes han narrado el terrible saqueo de varios museos en Irak, empezado por el de Mosul, que estaba tratando de recuperarse de otra ronda de despojos durante la invasión estadounidense. Pero la furia depredadora de ISIS no termina ahí. Ahora, parecen querer enfilar hacia las ruinas de Nínive, la legendaria ciudad asiria. Si ISIS logra atentar contra lo que queda de un sitio que ha sido habitado por miles y miles de años, la culpa será del mundo entero. Y claro está: sabrá Dios qué pretendan después de esto. Hay quien dice que tienen en la mira la destrucción de la Kaaba. Así. De este tamaño. Si ISIS sigue avanzando, toda la historia cultural de la región estará en peligro. Pero eso es decir poco. Después de todo, si esa violentísima organización islamista triunfa, no será solo el legado cultural el que estará en riesgo de desaparecer.
Una tragedia…