El intestino, nuestro segundo cerebro

blogeditor · 24 de mayo de 2017

El intestino, nuestro segundo cerebro

Por: Andrea Bizberg (@andreabizberg)

200 millones de neuronas y 100 mil billones de bacterias han colonizado nuestro intestino con un objetivo en mente: digerir, digerir y siempre digerir. Para que se den una idea, el faraónico número de neuronas es equivalente a las que tiene un animal doméstico, mientras que la densidad de bacterias es 1,000 veces superior al número de estrellas que puebla nuestra galaxia. Y es que nuestro interior es un verdadero microcosmos, de hecho, es el ecosistema más denso de todo el planeta. Hagamos un viaje al interior de nuestras entrañas.

Por nuestro cuerpo circula una infinidad de células, bacterias, virus que han convertido nuestro interior en un cálido hogar. La microscópica población que se encuentra en nuestro intestino es llamada microbiota intestinal y estos dos a tres kilos de bacterias nos ayudan a digerir ciertos alimentos que por nosotros mismos, nos resultaría imposible transformar y convertir en energía.

Pero no crean que esta microbiota se formó de la noche a la mañana, que al nacer había ya todo este pequeño mundo invasor dentro de nosotros. No, este microcosmos se fue fortaleciendo y enriqueciendo a medida que crecíamos. Las primeras bacterias en colonizarnos provinieron lógicamente de nuestra madre y se fueron poco a poco acostumbrando a cada recóndito de nuestra tripa, hasta formar una especie de huella digital interna que nos es exclusiva. Pero variable, con acciones como la ingestión de antibióticos o una higiene excesiva siendo niño que la cambian y/o la empobrecen.

Las bacterias intestinales son imprescindibles y su diversidad es un signo de buena salud. Tan es así que en un futuro no muy lejano, después del test de sangre y de orina, podríamos darle la bienvenida al menos atractivo pero quizás más efectivo test de excrementos. Enséñame tu microbiota y te diré cómo estás…

Y es que, gracias a estas bacterias sería posible detectar predisposiciones a la obesidad. En efecto, se encontró que las personas que sufren de esta enfermedad poseen pocas bacterias Akkermansia muciniphila, una familia que es muy común entre individuos sanos. Para comprobar su acción en el cuerpo se llevaron a cabo experimentos sobre dos grupos de ratones con exactamente las mismas características salvo una, -fácil de imaginar-, la presencia o no de esta famosa bacteria. Al alimentar los dos equipos con las mismas cantidades de grasosa comida, al poco tiempo se dieron cuenta de una diferencia de peso -me perdonaran el fácil juego de palabras-: los animales sin Akkermansia engordaron dos veces más rápido que los otros.

En los últimos años, el estatus del estómago ha cambiado drásticamente: ya no es considerado una burda tripa maloliente sino un órgano inteligente que mantiene una intensa conexión con nuestro cerebro. La comunicación es incesante y tan profunda que recientes estudios han empezado a sospechar que las enfermedades neurológicas como el Parkinson o la depresión tendrían su origen… en nuestro estómago. No sería hasta unos 20 años después que el Parkinson emprendería su inevitable camino hacia el cerebro e iniciaría su subsecuente conquista. Para llegar a esta conclusión se tomaron en cuenta los signos precursores de esta enfermedad, como los malestares estomacales o la pérdida del olfato pero también los resultados arrojados por biopsias en el intestino. Y vaya que los análisis son dignos de describir: las neuronas estomacales mostraban las mismas lesiones que presentarían las neuronas del cerebro tiempo después…

Así, el intestino parece ser una ventana al cerebro a la que sólo bastaba dar un empujoncito científico para dejar completamente abierta y darle paso a una prometedora era para la medicina. Una época en donde diversas enfermedades podrían ser detectadas de manera precoz gracias a técnicas menos intrusivas y peligrosas que las que son utilizadas hoy en día en el cerebro.

Pero el intestino guarda más secretos bajo su tejido y antes de seguir descubriéndolos les recomiendo dejar de ingerir cualquier alimento.

A la par de los sucesivos -y exitosos- estudios sobre la microbiota, se fueron ideando métodos revolucionarios para tratar de curar enfermedades. Uno de estos tratamientos, que muchos calificarían de poco éticos en el mejor de los casos o de sencillamente asquerosos, lleva el nombre de: Trasplantes de excrementos. Este consiste, como su nombre bien lo indica, en trasplantar excrementos provenientes de una persona sana en el intestino de otra que sufre de algún malestar. ¿El objetivo? Repoblar, diversificar, en pocas palabras restaurar la mermada microbiota intestinal del individuo enfermo y lograr así reforzar su sistema inmunitario y sus resistencias frente a enfermedades. Pese a la reticencia generalizada, el primer ensayo clínico se realizó hace unos cuatro años y fue un éxito masivo. Durante el experimento, personas que sufrían de una infección bacteriana (Clostridium difficile) responsable de intensas diarreas, fueron tratadas ya sea con antibióticos o con excrementos. El resultado fue tan significativo que el experimento se suspendió antes de tiempo: el 94% de los pacientes recuperó la salud gracias a un tratamiento con excrementos mientras que únicamente el 27% lo hizo con antibióticos.

Las repugnancias que este tipo de tratamiento generan son el mayor impedimento a la generalización de estas prácticas. Sin embargo, los positivos resultados van poco a poco levantando barreras, las percepciones van cambiando: los científicos que realizaron el ensayo clínico recibieron miles de mails de personas pidiendo ser sometidas al tratamiento.

“Siento mariposas en el estómago”; “Tengo un miedo pegado a las entrañas”; “Se me retuerce el estómago”. Desde siempre, nosotros mismos hemos asociado nuestras emociones más íntimas e intensas a este órgano, quizás ya intuíamos su importancia capital que ahora queda científicamente comprobada: no es sólo una tripa lo que tenemos ahí dentro, sino un verdadero concentrado de inteligencia.

 

* Andrea Bizberg es consultora ambiental y articulista en una revista de divulgación científica de la UNAM. Actualmente trabaja en un proyecto de contaminación del aire en colaboración con el gobierno de la Ciudad de México y la Universidad de Harvard.

 

 

Fuentes:

Ed Yong. Faecal transplants succeed in clinical trail. 2013. Nature.

Arte. Le ventre notre deuxième cerveau.