Joel Aguirre · 31 de agosto de 2026
La inteligencia artificial le comienza a disputar a los medios una de sus formas históricas de poder: la mediación entre los acontecimientos y los ciudadanos. Al ofrecer una relación directa e individualizada con el usuario, introduce una nueva manera de informarse y adquiere poder sobre la forma en que comprendemos la realidad, con riesgos para la formación de la opinión pública y la democracia.
El Digital News Report 2026, del Reuters Institute, encontró que 10 % de las personas consultadas utiliza semanalmente chatbots de inteligencia artificial para informarse. Entre los menores de 35 años la proporción alcanza 16 %. Apenas 1 % considera todavía a la IA como su principal fuente de noticias.
Los datos no muestran que la inteligencia artificial haya sustituido al periodismo. Muestran algo diferente: que ya comenzó a instalarse una nueva forma de acceder a la información.
Entre quienes utilizan chatbots para consumir noticias, 42 % hace preguntas de seguimiento, 35 % busca las últimas noticias y 30 % los utiliza para comprender mejor la información. También hay usuarios que recurren a estos sistemas para evaluar la confiabilidad de las fuentes o reunir información procedente de distintos medios.
Es decir, el ciudadano ya no necesariamente irá al periódico, portal, radio o televisión. Puede preguntarle a un sistema de IA: ¿Qué pasó hoy? ¿Quién tiene razón? ¿Es cierto lo que dijo el presidente?
La diferencia con otras tecnologías es importante. Un buscador puede conducir al ciudadano hacia una noticia. Una red social puede colocarla frente a sus ojos. Una inteligencia artificial puede seleccionar información procedente de distintas fuentes, relacionarla, resumirla, contextualizarla y responder directamente: esto es lo que pasó.
Y después podemos seguir preguntando.
El trabajo periodístico sigue existiendo porque alguien acudió al lugar de los hechos, entrevistó a una fuente, obtuvo un documento, revisó una base de datos, contrastó una declaración o investigó durante semanas. La inteligencia artificial no necesita haber presenciado el acontecimiento para explicárselo al usuario: puede hacerlo a partir de información producida por otros.
Pero el ciudadano ya no necesariamente llega a esos otros. Un estudio del Pew Research Center sobre el comportamiento de usuarios de Google en Estados Unidos encontró que cuando el buscador presenta un resumen generado por inteligencia artificial, los usuarios hacen clic en los resultados tradicionales en 8 % de las visitas. Cuando ese resumen no aparece, lo hacen en 15 %.
El dato revela una transformación que puede tener consecuencias económicas para medios que dependen del tráfico digital, pero plantea también una cuestión de poder.
Durante décadas, los medios ocuparon una posición privilegiada entre los acontecimientos y los ciudadanos. Internet, los buscadores y las redes sociales comenzaron a transformar ese poder. La inteligencia artificial introduce ahora un cambio distinto.
En su guía sobre las implicaciones de la inteligencia artificial generativa para la libertad de expresión, el Consejo de Europa advierte sobre los efectos que estos sistemas pueden tener en la formación de la opinión. Uno de ellos resulta especialmente importante para el periodismo: la posibilidad de establecer una relación individualizada con cada usuario.
El organismo utiliza una expresión inquietante: audience of one. Una audiencia de uno.
Un periódico publica una portada que pueden observar miles de personas. Un noticiario transmite un contenido que puede ser discutido públicamente. Incluso en las redes sociales, aunque los algoritmos personalicen lo que vemos, los contenidos circulan y pueden ser compartidos, confrontados y observados por otros.
La conversación con una inteligencia artificial introduce otra lógica. Dos ciudadanos pueden preguntar sobre el mismo acontecimiento y recibir explicaciones distintas. Pueden solicitar antecedentes diferentes, insistir en determinados aspectos, hacer preguntas sucesivas y construir recorridos informativos personalizados.
El problema no consiste únicamente en que una inteligencia artificial pueda producir información falsa. El Consejo de Europa advierte que estos sistemas pueden generar flujos informativos altamente individualizados, reforzar creencias y sesgos, incrementar la vulnerabilidad frente a la manipulación y afectar la capacidad de las personas para formar sus opiniones de manera independiente.
La personalización extrema puede terminar construyendo algo parecido a una burbuja informativa individual: una realidad explicada para cada uno.
El riesgo alcanza directamente a la democracia. Otro informe del Consejo de Europa advierte que esta relación individualizada entra en tensión con una necesidad fundamental de las sociedades democráticas: contar con un espacio informativo compartido donde los ciudadanos puedan contrastar información y deliberar sobre asuntos de interés público.
Bill Gates acaba de colocar el problema en términos todavía más directos. En su ensayo The turbulent AI era is here. The choices we make now are critical, advierte que estas tecnologías no solo pueden distribuir capacidades entre más personas. También pueden concentrar poder donde este ya existe.
Y señala un riesgo particularmente delicado para las democracias: vigilar y manipular la opinión pública será más fácil, más barato y eficaz.
La preocupación no puede reducirse a los deepfakes —imágenes, audios o videos manipulados mediante inteligencia artificial para hacerlos parecer reales— ni a otras formas de desinformación generadas con estas tecnologías.
Si estos sistemas comienzan a participar en la manera en que conocemos los acontecimientos, el problema se extiende hacia la selección de las fuentes, la jerarquización de la información, el contexto que se proporciona, aquello que se omite y la manera en que finalmente se construye una respuesta.
Es decir, hacia la formación de la opinión pública. Y ahí la inteligencia artificial deja de ser solamente una innovación tecnológica para convertirse en un asunto de poder.
En México, esta transformación alcanza a un periodismo que enfrenta condiciones particularmente adversas.
A la violencia contra periodistas se suman la precariedad laboral, las dificultades económicas de numerosos medios, la pérdida de confianza y una creciente dependencia de las plataformas tecnológicas para alcanzar a las audiencias.
El Digital News Report 2026 registra que la confianza en las noticias en México cayó a 31 %, mientras 66 % de los mexicanos utiliza semanalmente las redes sociales para informarse.
La paradoja es difícil de ignorar: un periodista puede asumir los costos, la precariedad e incluso los riesgos de obtener información mientras otro actor adquiere progresivamente el poder de seleccionarla, procesarla y explicársela al ciudadano. Ese poder, además, está concentrado.
El Consejo de Europa advierte también sobre la concentración de la infraestructura necesaria para desarrollar inteligencia artificial. Datos, capacidad computacional, capital y conocimiento tecnológico se encuentran en manos de un número reducido de grandes empresas.
Si esos sistemas adquieren una participación creciente en nuestra manera de informarnos, la pregunta sobre quién los controla y bajo qué criterios operan deja de pertenecer exclusivamente al mercado tecnológico. Se convierte en una pregunta democrática.
Las democracias necesitan ciudadanos capaces de formar libremente sus opiniones a partir de información plural. Necesitan hechos contrastables, fuentes identificables y espacios comunes desde los cuales discutir incluso aquello en lo que no estamos de acuerdo.
La inteligencia artificial puede ampliar extraordinariamente el acceso al conocimiento y ayudarnos a comprender información compleja. Pero esa capacidad no elimina los riesgos derivados del enorme poder que significa mediar nuestra relación con la realidad.
Por ahora, solo una minoría utiliza la inteligencia artificial como su principal fuente de noticias. Quizá por eso este sea precisamente el momento de discutirlo.
Porque el problema no comenzará el día en que la inteligencia artificial sustituya al periodista. Puede comenzar mucho antes: cuando los periodistas continúen produciendo la información, pero dejemos de acudir a ellos para conocerla.
Entonces tendremos que responder una pregunta que ya empieza a ser pertinente: cuando le preguntamos a una inteligencia artificial qué pasó, ¿quién nos está informando?♦