Redacción Animal Político · 14 de junio de 2023
Las universidades tienen la misión de formar personas íntegras, capaces de insertarse en el ámbito profesional y actuar con honestidad y apego a los valores éticos. Para ello, en lugar de implementar sólo estrategias punitivas y persecutorias que castiguen las faltas de los estudiantes, deben construir espacios donde toda la comunidad universitaria participe en la implementación de procedimientos y estrategias de honestidad, respeto, confianza, justicia, responsabilidad y valentía; donde todos sus miembros, no únicamente los alumnos, conozcan las consecuencias de sus acciones y deseen que éstas sean íntegras. La clave, por ende, no está en la advertencia, sino en la adhesión y el deseo de cada persona dentro de la universidad de generar un entorno favorable para el crecimiento personal y profesional.
Así, el problema de la deshonestidad académica no puede reducirse únicamente al estudiante o a las autoridades: es necesario ampliar la lupa y analizar cada decisión que se toma y cómo, así como cada procedimiento, ya sea académico o administrativo. Todo ello con el fin de corregir esos pequeños “huecos” por donde se pueden colar conductas poco plausibles y hasta corruptas.
Detectar, pues, áreas riesgosas que puedan facilitar la ejecución de una acción deshonesta es prioritario para cobrar un enfoque más preventivo que sancionador, el cual fortalezca una cultura de la integridad académica. Se puede, por ejemplo, establecer desde el principio de un curso reglas claras para que los alumnos conozcan los límites de su actuar, pero también asegurarse de que sepan el porqué de esos límites y los vean como algo que en verdad favorece a todos y no como una mera imposición; o facilitar trámites administrativos para generar una imagen de transparencia y eficiencia con una actitud de respeto y amabilidad, así como un espíritu de colaboración y un funcionamiento adecuado de cada persona dentro del organigrama. Estas estrategias ayudan a prevenir conductas no deseables.
A menudo se asocia el término “integridad académica” con el cuerpo docente y la matrícula del alumnado, pero la referencia debe abarcar a todo el personal, incluso el administrativo, pues una falla en cualquier nivel y en cualquier engranaje puede ser fatal para el propósito de construir un entorno íntegro.
Existen muchas manifestaciones de la falta de integridad académica, como plagiar, copiar en un examen, mentir sobre un resultado, alterar respuestas, obtener exámenes anticipadamente, no dar crédito a otros por el trabajo realizado colaborativamente, no declarar conflictos de interés en situaciones de deliberación de casos, etcétera. Todas ellas coinciden en tres puntos: una oportunidad detectada, una percepción de que no habrá consecuencias, y la facilidad para realizar el acto.
Lo anterior es fundamental para entender que, si queremos generar una cultura de integridad académica que prevenga los problemas y no tenga que reaccionar frente a ellos sin los elementos para hacerlo, es preciso blindar las oportunidades de incurrir en faltas; establecer con claridad las consecuencias, vinculándolas con la importancia del daño, y contar con mecanismos que fortalezcan ámbitos de facilidad en las tareas diarias. En otras palabras, se requieren tres elementos: sensibilidad ética para detectar el contenido del acto ejecutado y sus implicaciones en el contexto especifico, una motivación relacionada con la intención del estudiante de proceder éticamente, y una identidad ética que se construye el estudiante mismo, pero también la institución, con el paso del tiempo. Por eso es importante que desde un inicio se fije una noción de integridad académica, tal que cada miembro de la comunidad pueda entenderla y adherirse a ella en su diario actuar.
Para ello, el mejor aliado es el ejemplo personal de, en principio, las autoridades y todos los que diariamente practicamos la enseñanza y la formación de jóvenes. Si mostramos ser los primeros en actuar honestamente, el mensaje permea hacia abajo y queda claro; así, citar correctamente a los autores de una lectura que dejamos, dar créditos a colegas que han ayudado con la construcción de una lección, o reconocer aportaciones de los mismos estudiantes en la construcción del conocimiento dentro del aula, son pequeñas estrategias que ayudan a forjar una identidad ética del profesor que sea emulada después por los alumnos.
El llamado “efecto Pigmalión” comprueba que las expectativas que se tienen de alguien generalmente se cumplen; llevando esto a un salón de clases y frente a un grupo, las expectativas que el docente tenga del grupo, sean buenas o malas, a menudo se hacen realidad: es decir, el grupo se comporta según las expectativas que perciben respecto a ellos. Si tú, como docente y/o autoridad, permeas una conducta ética y esperas lo mismo de los estudiantes, ellos actuarán en concordancia con dichas expectativas. Para ello se requiere un alto índice de confianza que dote de credibilidad la capacidad de los alumnos para actuar éticamente. La menor duda puede hacerlos desistir de la búsqueda de la integridad ética.
La claridad y transparencia ayudan de igual forma, pero sólo si van acompañadas de un diálogo franco y en igualdad de circunstancias; esto es, sólo si se cuenta con foros de atenta escucha sin prejuicios y en horizontalidad, donde nadie imponga sus ideas sólo por tener un rango superior en el organigrama. La comunidad sólo es comunidad cuando todos participan libremente y bajo las mismas premisas.
Hay mucho por hacer aún en nuestras universidades para evitar situaciones dilemáticas y controversiales, pero sobre todo para cumplir con la misión fundamental de formar personas íntegras, capaces de transformar la sociedad con acciones igualmente íntegras.
* María Elizabeth de los Rios Uriarte es profesora e investigadora del Instituto de Humanismo en Ciencias de la Salud, Facultad de Bioética, Universidad Anáhuac (UA), México. Es licenciada y doctora en Filosofía por la Universidad Iberoamericana y maestra en Bioética por la UA, así como Research scholar de la Cátedra UNESCO en Bioética y Derechos Humanos.
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