Redacción Animal Político · 3 de julio de 2025
La integración estratégica de instrumentos diplomáticos, militares y económicos por parte de Pekín y Moscú —lo que Joseph Nye denomina “poder inteligente”— ejerce influencia en el sudeste asiático. Los Estados democráticos están preocupados, pero deben ir más allá de las declaraciones vacías para contrarrestar la influencia de Pekín y Moscú. Se necesita un apoyo creíble y pragmático que ofrezca beneficios tangibles sobre el terreno si Occidente quiere seguir siendo influyente en la región.
Con su posición geopolítica debilitada en Europa debido a las sanciones y al aislamiento diplomático, Rusia ve al sudeste asiático como una región clave para expandir su influencia. El sudeste asiático ofrece lo que Moscú busca: socios dispuestos a colaborar y gobiernos menos preocupados por las credenciales democráticas.
Marlène Laruelle, experta en relaciones internacionales, explica la manera en que Rusia ejerce su poder hacia objetivos específicos: contrarrestar a Occidente, apoyar regímenes iliberales y ampliar su esfera de influencia. Girar hacia Oriente cumple con todos esos objetivos. De Myanmar a Vietnam, Moscú está forjando nuevas alianzas con herramientas antiguas: acuerdos energéticos, ventas de armas, cooperación militar y asociaciones nucleares. Sin embargo, el Kremlin no solo envía armas, también exporta influencia. La empresa rusa de ciberseguridad Kaspersky mantiene múltiples acuerdos en la región, mientras que su app de mensajería Telegram es percibida como una alternativa más segura a las plataformas tecnológicas occidentales.
La diplomacia cultural también entra en juego. Embajadas y centros culturales promueven el legado ruso en ciencia y cultura mediante clases de idioma, programas de intercambio, ayuda exterior, películas y colaboraciones mediáticas. En países como Myanmar y Vietnam, estas narrativas tienen buena acogida, lo que ayuda a Moscú a consolidar su imagen como superpotencia científica y militar y como contrapeso no solo a Occidente sino también a una China en ascenso.
Si Rusia reaparece estratégicamente en el sudeste asiático, China lo hace con mayor asertividad. Esto se alinea más con la definición de poder blando de Joseph Nye: la capacidad de un país para influir en otros sin recurrir a la coerción.
En 2014, el presidente Xi Jinping habló de una “Gran Familia China”, alentando a los chinos de ultramar a participar en la transformación económica y el desarrollo del país. Pero estos grupos no se limitan a hacer negocios. En 2016-2017, el gobierno de Singapur recibió presiones de empresarios chinos locales por su colaboración militar con Taiwán. En 2019, varios grupos de chinos de ultramar condenaron a instituciones malasias por apoyar las protestas en Hong Kong contra el régimen de Pekín.
El alcance tecnológico de China es otra herramienta poderosa. Inversiones en TikTok, el desarrollo de DeepSeek y la exportación de infraestructura de telecomunicaciones accesible como los smartphones de Huawei permiten a Pekín moldear el discurso público y suprimir narrativas desfavorables. Estas plataformas funcionan tanto como instrumentos de poder blando como de vigilancia y censura.
China también intimida a las naciones del sudeste asiático. Muchos países la ven como un socio económico confiable, pero desconfían de sus intenciones políticas. En Myanmar, China apoya militar y económicamente a la junta militar, pero también ejerce presión coercitiva, como lo demuestra su campaña contra los estafadores en línea en el norte de Myanmar. La junta se resistió inicialmente, lo que derivó en un conflicto armado que luego se resolvió bajo mediación china.
Ante la creciente presión de las grandes potencias, los países del sudeste asiático buscan alternativas. Lamentablemente, la crisis económica global ha reducido el compromiso de Occidente con la región, creando un vacío de liderazgo democrático.
Japón y Corea del Sur, en cambio, siguen activos a través de la diplomacia pública liderada por sus gobiernos, la influencia cultural, la ayuda y los lazos económicos. A pesar de esta buena voluntad, su influencia se limita a los ámbitos cultural y económico. Sus valores democráticos también restringen una cooperación más estrecha con gobiernos autoritarios en el sudeste asiático. Su compromiso con los derechos humanos y las normas liberales puede limitar su capacidad para competir con el apoyo incondicional que China y Rusia brindan a los regímenes iliberales.
En el sudeste asiático, Rusia y China están difundiendo sus narrativas y ampliando sus esferas de influencia. Si las democracias quieren seguir siendo relevantes, necesitan un enfoque más inteligente. No basta con influir culturalmente; es necesario cooperar en múltiples frentes: tecnología, medios, economía y seguridad. Las democracias deben competir no solo con valores, sino con propuestas pragmáticas. Esto incluye un enfoque más flexible e inteligente: una combinación de incentivos con expectativas firmes, similar a la estrategia china de zanahorias y palos. También deben continuar involucrando a regímenes iliberales sin renunciar a sus valores.
El sudeste asiático no está eligiendo bandos. Se inclina hacia quien se presenta de forma constante, creíble y en el momento adecuado. La influencia no se gana con palabras, sino con una estrategia de poder inteligente.
* Hnin Wint Naing es Oficial Regional de Comunicación en la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad (@FNFMexico), organización alemana fundada en 1958, cuyo propósito es promover los principios del liberalismo clásico a nivel global. Su enfoque se centra en fortalecer la libertad individual, la democracia, los derechos humanos, la economía de mercado social y el Estado de derecho, a través de programas de formación política, generación de redes internacionales y fomento del diálogo político. Cuenta con presencia en más de 60 países y sus actividades incluyen alianzas con actores locales, impulso a la participación ciudadana y fortalecimiento institucional. La fundación busca establecer plataformas de intercambio que respalden valores liberales, adaptándose a los contextos específicos de cada región para lograr un impacto sostenible.