blogeditor · 5 de junio de 2015
Leyendo la compilación de artículos de Jorge Ibargüengoitia me topé con un texto sobre las elecciones de 1976 que se llama “Desde las gradas”. Me impresionó mucho porque hagan de cuenta que lo escribió para el próximo domingo. Decía Ibargüengoitia que hay tres tipos de votantes:
“El primero es un señor que tiene preferencia por alguno de los partidos registrados. No importa que esta preferencia tenga motivos egoístas – el señor vive del presupuesto y considera que tiene la obligación moral de apoyar con su voto al partido oficial—, personales —le simpatiza alguien que es candidato a diputado—, imaginarios —cree que las casillas tienen ojos y que si lo ven votando por partido de oposición pierde el empleo—, idealistas —cree que los de Acción Nacional (o de cualquier otro partido) son pura gente decente y honrada y capaz, etc. Este hombre no tiene problema. Va a la casilla y vota.
“El segundo ciudadano es un señor que no tiene preferencia por ningún partido, pero considera que las elecciones son una práctica válida y benéfica —aunque haya quien tiene amarrado el gane—, puesto que al votar por cualquiera de los partidos de oposición se le recuerda al Gobierno que no todos los ciudadanos están dormidos, aplaudiendo ni queriendo entrar en la repartición de sopa. Otro beneficio de esta actitud podría ser que se produjera eventualmente un contrapeso en las Cámaras, lo que a su vez resultaría en un freno al Ejecutivo. Es una esperanza utópica pero válida la de los que piensan como este ciudadano, que tampoco tiene problema. Entra en la casilla y pone la cruz donde sea, menos donde dice PRI.
“El tercer ciudadano tiene una opción más difícil. Considera que en el momento en que cruza el umbral de la casilla se está haciendo personaje de una farsa en la que no quiere participar. Este señor, por principio, debería tener derecho a no votar, que después de todo es una manera de expresar una opinión tan respetable como la de sí votar. Aquí entra una falla del sistema actual: el que no vota tiene una especie de aureola de delincuente, lo cual no es justo. Aunque hay que admitir que el que no vota por principio se confunde con los millones de individuos que no votan por apatía, y estos últimos están en la única posición que no debe ser aceptada: aunque las condiciones sean soporíferas, hay que hacer un esfuerzo por conservarse despierto. Pero si el que no quiere entrar en la farsa vota y arruina el voto: es decir, lo mete sin cruzar, o vota por sí mismo o por Juan de las Peras, se confunde en cambio con los millones de tontos que arruinaron su voto por accidente. Esta ambigüedad debe desaparecer. Por esta razón, el partido de los objetantes por principio debe buscar durante los próximos seis años una manera de expresión electoral que lo distinga de los morosos y los indiferentes, quienes, creo yo, siguen formando el partido más numeroso del país“
Cuarenta años después y así seguimos. Eso en parte se explica porque la democracia es justo eso, diferir. Lo que no se explica es que los objetantes no hayamos logrado construir una expresión electoral que nos distinga de los distraídos.
Así que si está usted en el grupo uno, no tiene mucho problema, vaya y vote por quien mejor le parezca. La única recomendación sería que, para no obstaculizar la impartición de justicia, verifique que su candidato o candidata no tenga un proceso penal en curso. Acá Animal Político hizo una investigación al respecto en #SeBuscaFuero.
Si es usted es parte del segundo grupo, no tiene preferencias por ninguna candidatura pero está convencido de que hay que votar por cualquiera menos por el PRI, es muy importante que recuerde que en muchas candidaturas el PRI tiene coalición principalmente con el PVEM pero también con el PANAL. Además debe de saber que su voto de castigo se va a confundir con los votos de confianza.
Ahora, dentro de las opciones que le quedan hay herramientas que le pueden facilitar la difícil decisión que está por tomar: a quién premiará con su voto de castigo.
Una de esas herramientas es Candidato Transparente, que con el objetivo de transparentar la información y fomentar la confianza entre los electores pidió a todos los candidatos que proporcionaran tres declaraciones:
– Declaración Patrimonial o compromiso de hacerla pública en caso de ser electo
– Declaración de Impuestos (de los últimos 5 años)
– Declaración de Intereses
Con el movimiento #3de3, esta iniciativa logró que 397 candidatos hicieran públicas sus declaraciones. En la página de internet pueden encontrar la información que proporcionaron candidatos a 25 gubernaturas, 72 alcaldías, 31 jefaturas delegacionales, 207 diputaciones federales y 62 diputaciones locales.
Además el INE abrió una convocatoria para que, de manera voluntaria, los candidatos que así lo decidieran mandaran sus currículos. En total, se recibieron 1771 que están desagregadas por entidad federativa, cargo de elección y partido político y que pueden consultar aquí.
El tercer grupo es el más complicado. Se integra por personas que entendemos que la democracia no es perfecta pero tampoco tiene porque ser conformista y en vez de castigar a un partido en lo particular creemos que es mejor protestar contra todos.
Así como el voto de castigo se confunde con el voto de confianza, el voto nulo de protesta se puede confundir con el voto de los despistados que históricamente ha rondado el 2.5%. Sin embargo, hay un referente que los distingue. En 2009 hubo un movimiento ciudadano que llamaba a anular el voto y el porcentaje se duplicó y alcanzó el 5.4% de la votación. Así se pudo proyectar que había un porcentaje de despistados, pero había otro muy importante de objetantes. A partir de este movimiento se empujaron iniciativas como la reelección y las candidaturas independientes.
En estas elecciones, según la encuesta de Parametría, el voto nulo puede alcanzar el 11% . Esto sería un referente suficiente para que los anulistas nos organizáramos y exigiéramos un cambio en las reglas electorales y en el sistema de partidos.
Por principio, como dice Ibargüengoitia, debemos exigir que en la boleta electoral aparezca la opción de anular, para que el voto de los distraídos se pueda diferenciar del voto intencional de protesta y que cuente para reducir el financiamiento público que reciben los partidos. Además un porcentaje alto de votos nulos abriría el debate para quitar los candados que impidieron la participación de muchas candidaturas ciudadanas.
Sea cual sea la opción que cada quien elija, incluso abstenerse, lo único que no se vale es asumir que la democracia se reduce a los resultados del 7 de junio.
Una última recomendación: Hay ley seca, tome sus precauciones.