blogeditor · 30 de noviembre de 2016
Por: Gerardo Cárdenas (@elgerrychicago)
Si algo dejó en evidencia la elección presidencial estadounidense fue la profunda división que existe dentro del país entre izquierda y derecha o, para ser más preciso, entre liberales y conservadores.
Esa división, sin embargo, no es nueva; es casi tan vieja como la historia del país. Se fue cocinando con el sazón de la esclavitud y con la economía agrícola de los estados del Sur, que rápidamente se enfrentaron al modelo industrial del Norte. La Guerra Civil fue el episodio más violento de esa división, pero en modo alguno representó su resolución. Antes y después de la Guerra Civil vivió y vive el viejo rencor entre las dos facciones.
De alguna manera, el Oeste fue una manera de buscar un pacto no escrito: dar tierra a quien la necesitara, sin hacer demasiadas preguntas, y dejar que la enorme región se gestionara como pudiera, aunque fuera a balazos. Cuando los balazos fueron demasiados, entró el Ejército y las divisiones a condados y municipios para darle autoridad a sheriffs y controlar, lo más posible, el movimiento de armas.
Entre Sur y Norte, y el bronco Oeste, se plantó el Medio Oeste, una enorme superficie plana dedicada al cultivo de maíz y trigo, y cuyo elemento principal es el aburrimiento. Y con esa ficción, el país ha vivido una relativa calma, sacudida en los 60’s por la insurrección negra y el movimiento de Derechos Civiles, y ahora en 2016 por la llegada al poder de Trump.
Sé que simplifico las cosas. A lo que voy es que no es nuevo que el país esté dividido; lo que es nuevo es que hoy sea tan evidente. Si buscamos algún elemento positivo en todo lo que ha pasado desde el 8 de noviembre, podemos encontrarlo en la eliminación de una vieja hipocresía política que hablaba de unidad, cuando tal no existía.
La división política trae de cabeza a los gringos. El gringo es bueno para el debate –es materia de estudio y práctica en las prepas– pero una cosa es debatir ideas y otra, muy distinta, es agarrarse de las greñas por un quítame ahí una suástica.
Al gringo le angustia en especial la posibilidad de que una reunión social se vea manchada por la confrontación. En el imaginario colectivo, ciertas celebraciones como el Día de Acción de Gracias, o la Navidad, van acompañadas de una tregua, de un estacionar a la puerta las disputas, para darse abracitos, besitos, intercambiarse regalos, entrar en coma digestivo después de chutarse pavos, puercos, purés de papa y pasteles, registrar una moderada intoxicación etílica, y luego largarse tranquilos a sus respectivas casas al día siguiente, con la mente plana y el índice de colesterol por los cielos.
Los medios de comunicación –que llevan meses sin enterarse qué pasa– han querido adelantarse a los hechos y por vía impresa o digital han revelado una serie de instrucciones para llevar la fiesta en paz. Lo han hecho con cierta premura ya que la semana pasada se festejó el Día de Acción de Gracias, probablemente la única fiesta auténticamente nacional de este país donde da igual tu religión, ideología, color de piel, preferencia sexual o equipo deportivo: todos se disponen a reunirse, tragar, beber, y quererse mucho, al menos por unas horas.
Me sorprendió especialmente que un medio como The New York Times, tan de moda en estos días por el odio que le tiene Trump, publicase una guía de cómo llevar la fiesta en paz a través de la presentación sobria y cargada de bonhomía de hechos, puros hechos; datos, duros datos.
El New York Times está duro y dale con el tema de lo factual y no se ha enterado que en estas elecciones los datos valieron madres, y lo que jugó fue la tripa. Pero las buenas conciencias del NYT quieren que uno recite, con suavidad y cariño filial, que el voto popular lo ganó la Hillary, sin importar que algún primo segundo, trumpista, ya nos esté aventando a la cabeza el platón del puré de papas.
Yo crecí en un hogar donde las diferencias políticas se resolvían a grito pelado. Mi abuela marcaba el tono ideológico con manotazos en la mesa y el acero de su mirada. ¿Datos duros? Había que tener cuidado de no recibir el duro dato de un tepalcate entre ceja, oreja y madre.
Y en mi vida acudí a muchas reuniones familiares en casas de amigos –no digo nombres para no quedarme sin cuates– donde la disensión era bienvenida, porque no hay nada mejor para espantar la modorra de la sobremesa que una discusión a gritos y manotazos, con jalones de pelo, desgarramientos de vestiduras, y amenazas de internamiento en clínicas psiquiátricas.
A lo que voy es que los gringos no deben tener miedo a la madriza discursiva. Ya sabemos que no se llevan bien desde antes de 1860, ¿para qué seguirle haciendo al cuento? Y con la extensión de este país, y las tendencias de las familias a atomizarse, ¿por qué desperdiciar la oportunidad de atizarle un pernil congelado por el occipital a un tío lejano, que se ha vuelto del Ku Klux Klan, sobre todo sabiendo que puede pasar mucho tiempo antes que lo veamos de nuevo?
Inclusive puedo encontrar algunos puntos de diálogo antes impensados: por ejemplo, una serena charla sobre si para la Navidad, la suástica puede ir próxima a la Estrella de Belén en el árbol navideño.
* Gerardo Cárdenas no es muy dado a debatir. Vive y escribe desde Chicago donde ha publicado dos poemarios, un libro de cuentos y una obra de teatro, y está por publicar otras cosas pero se apura, no sea que le llegue la orden de ir a construir muros.