En defensa de la inseguridad

Redacción Animal Político · 25 de agosto de 2023

Si tuviera que usar un único adjetivo para describirme sería insegura. Hace mucho que lo asumí y no pretendo cambiarlo a punta de frases motivacionales, diálogos falsos conmigo, frente al espejo o en terapia. Ya ni lo intento: soy una mujer insegura. Cada vez que me miro, tambaleo. Cada vez que emito mi opinión, dudo. No dudo de haberlo hecho sino de haberlo hecho bien. Porque seré insegura, pero también soy arrojada.

Soy una mujer a la que le gusta ser calificada y a la que le gusta —tanto como a cualquiera— aprobar el examen y obtener reconocimiento. Pienso que, a las personas inseguras, una palmada en el hombro nos viene tan bien como cuatro gotas de clonazepam. Nunca nos sobra una dosis de validación, por ejemplo, por mínima que sea. Porque encontrarla es como hallar una brújula que orienta nuestros pasos. No sé por qué a estas alturas nos han hecho creer que la búsqueda de validación se parece mucho a la falta de autoestima o a la debilidad.

Contrario a lo que se pensaría, me parece que la inseguridad me ha llevado más lejos que la poca seguridad que a veces tengo. No recuerdo haberme sentido sin dudas sobre quién soy en ningún momento de mi vida: ni de niña ni de joven, mucho menos ahora que se suman nuevas inseguridades que tienen que ver no sólo con quien soy, sino con quien me hubiese gustado ser. No sólo por el lugar en el que estoy, sino por los lugares adonde no alcancé a llegar. No solo por cómo me veo, sino por cómo me ven los demás.

Como persona insegura, pongo a prueba cada una de mis capacidades como si necesitara demostrar que existen y, minuciosamente, revelo mis defectos para constatar que no se han ido a ningún lado. Estoy convencida de que son ellos los que me han estructurado, me han dado forma y me han ayudado mucho más de lo que me han estorbado.

Parecerá que deseo reivindicar o romantizar mi propia inseguridad. Pues sí. Porque de ninguna manera quiero sentirme merecedora de lo que tengo, eso me convertiría en una persona que no quiero ser.

Mi timidez, que con los años se ha reducido (o he dominado el arte de esconderla bien), me ayuda a revisar constantemente lo que pienso, digo y hago. Me orilla a arrepentirme, a cuestionarme, a revisarme y a actuar pensando en el eco que pudiesen tener mis acciones. No es una cuestión moralina, advierto, siempre tiene que ver con mi inseguridad. De mí, de mi valía, de mi estima y de mis resultados.

Creo, además, que la seguridad puede ser muy peligrosa si no se maneja con cuidado. Quizá blinda a quien la porta, pero atenta contra el mundo porque no tiene consideraciones hacia las personas que habitan en él. En un exceso de seguridad, nunca cabe el yo más el tú. Pareciera que la seguridad pretende ser el bastión de esta generación que busca inmunidad emocional porque no tiene los elementos para enfrentarse al conflict0, mucho menos a la introspección.

La inseguridad te enseña quién eres y te hace saber, con ansiedad incluida, de lo que eres capaz y de lo que no. Por eso la defiendo, porque en un mundo lleno de personas que buscan deshacerse de su inseguridad, hace falta encontrar más raíces que alas.

La inseguridad duele y no es para todos. Pero, después del largo periodo de tiempo que he luchado para convencerme de que “tengo todo” para ser más segura, hoy me doy cuenta de que mi inseguridad es una ventaja y que le he agarrado el gusto a portarla con dignidad.

Es que una es, sí, sus virtudes, pero es mucho más todas sus dudas. Por mi parte, asumo que soy una mujer insegura, que no es lo mismo que una mujer que no se ama.

Ilustración del blog de Bárbara Hoyo, Anatomía, que representa la forma de una mujer en tres dimensiones.

@barbarahoyo