Piolo Juvera · 14 de diciembre de 2011
Es muy probable que cuando veas estas fotografías, tomadas desde mi azotea hace un par de semanas, no las encuentres tétricas en absoluto. Las dimensiones, texturas y colores de los cuerpos delatan inmediatamente que se trata sólo de maniquíes. Sin embargo, la experiencia “en vivo” me resultó distinta: el primer golpazo visual me heló la sangre; me hizo, primero, esconderme instintivamente, para después querer correr por la cámara. Bastó un segundo vistazo veloz para notar lo que a leguas se notaba: no eran cadáveres desmembrados.
Sentí un alivio. Claro. No obstante, me quedé pensando en esa primer mirada. Imaginando si yo hubiera “visto” lo mismo en otro país, si estuviera inmerso en un contexto nacional distinto, si llevara tiempo viviendo en otro lugar, uno más seguro, menos acostumbrado al crimen. Lamentablemente, creo que no. Creo que si fuera yo de algunas otras latitudes mi subconsciente no habría encontrado fatalidad a primera vista. Supongo que las circunstancias que nos rodean en México hacen que a nuestros ojos y a nuestra mente no les parezca absolutamente absurdo, imposible, encontrar cuerpos humanos destazados en una azotea o en la vía pública —sería impactante, sí, pero posible. Y, es más, me atrevo a suponer que hay países en donde si alguien se encontrara unos cadáveres en la calle, lo primero que pensaría es que se trata de maniquíes. Quién sabe…
El caso es que luego de tomar las fotos (de unos “simples” maniquíes) y reflexionar sobre ellas, me dolió México. Otra vez. Como casi diario. En esta ocasión, por algo que no vi. Pero que bien pude haber visto.