Inner Black Swan

Lady Mossad · 4 de marzo de 2011

Inner Black Swan

Ayer finalmente fui al cine a ver el Cisne Negro. Estuve posponiendo casi 9 años el momento de volverme a enfrentar -aunque fuera visualmente- a esa atmósfera hasta que sintiera la fortaleza interna de voltear atrás y saber que nada se va a volver a romper, ni siquiera yo.

 

Llegué media hora antes a mi cita, me compré algo que aquí se conoce como tostilocos, que en resumen es algo así como una bomba nuclear para cualquier estómago medianamente herido. Entré a la sala y paciente esperé los más de 15 minutos de comerciales antes de empezar la película. Bastó sentir el cambio de luz y escuchar el primer movimiento de la música de entrada para que mi boca se cerrara automáticamente y dejara de tragar.

 

Ésta obviamente no es una reseña, una persona que como yo ni siquiera disfruta del cine no podría hilar tres palabras reseñando el filme, pero hay algo que una persona como yo sí puede contar: la vida de un cisne blanco que se convirtió en negro.

 

Mis primeras memorias siempre ocurren alrededor de la sala en casa de mi abuela, bailando, imitando en mis frágiles pasos esa búsqueda del desafío de la gravedad, de trascender al cuerpo y alcanzar la perfección. No puedo imaginar mi infancia sin esos momentos mágicos en los que mi cuerpo giraba y saltaba al compás de la música. Fui siempre una niña inquieta, pero también una niña muy dócil, muy femenina y que a momentos podía parecer muy frágil.

 

Y sin embargo no fue sino hasta los siete años, a raíz de la pérdida de mi padre, cuando mi madre accedió a enviarme a clases de danza -clásica por supuesto- porque desde entonces no concebía la danza si no era clásica, no que la desconociera, simplemente no la concebía.

 

Para ser bailarina clásica -casi puedo decirlo- hay que tener ese airecillo pedante desde que se empieza a caminar que te hace ir erguida con un orgullo secreto, pero visible, de reconocer en tu cuerpo que la cosa más sencilla puedes transformarla en el acto más puro, maravilloso e inusitado de belleza. Pero es también un compromiso de vida, la danza te absorbe: es celosa y demandante. Una bailarina lo es como forma de vida, desde que se levanta y estira los músculos hasta que para dormir vuelve a estirarlos.

 

Y más o menos así fue mi vida en los siguiente 15 años. A los 9 años mi madre decidió que era suficiente y dejó de pagarme la danza, pero como reconozco que fui cabroncita desde chiquita, logré engañar a mis divorciados y distanciados padres haciéndoles creer que ambos pagaban por mi educación. En cierta manera fue así: mi madre pagó la escuela y mi padrastro la danza.

 

¿Cómo logra una niña pequeña engañar a tus padres durante tanto tiempo?

 

Con la ayuda de mucha gente que ve en su travesura un gesto de nobleza y mucho empecinamiento por hacer lo que quiere, aprendiendo que la mejor manera de transgredir es hacerlo sin necesidad de armar un lío y sin dar motivo de sospechas, como la niña perfecta, la estudiante modelo, la hija modelo. Ahora que lo veo, se tienen que dejar de vivir muchas cosas para tomarte un reto tan en serio a esa edad y apostarle así a los sueños. Se tiene que tener el alma muy noble y una fe ciega en que todo es posible.

 

Pero las cosas con los años se tienen que complicar, mi madre viajaba mucho, mi padre había muerto y mi padrastro con tal de salir del compromiso por haberme adoptado prefería darme sin averiguar demasiado. Así que funciones, presentaciones, ensayos y hasta giras eran para vivirse en una eterna pantalla, una doble vida que funcionó hasta que llegué a la preparatoria y la carga académica ya no era tan sencilla para lo que la danza me empezaba a demandar.

 

Al entrar a la adolescencia mi madre, que siempre mantuvo una actitud distante, cambió radicalmente; pasé de ser su cachorrita olvidada a su persona favorita para ser hostigada. En mi último año de preparatoria cuando la vida se tiene que tomar un poco más en serio y tienes tan sólo 15 años y el ego montado en un par de puntas escondidas debajo de la cama, no puedes salir con la pataleta de que quieres dedicarte a eso toda la vida, de hecho, ni siquiera de haber sido mayor me podía dar el lujo de esas pataletas, no con mi madre que empezó a controlarme todo: amistades, calificaciones, actividades, gastos, alimentación y hasta el diario.

 

Mi burbuja reventó, pero tuvimos que llegar a un acuerdo; yo podía seguir bailando siempre y cuando me dejara de pendejadas y eligiera una profesión más o menos decente. Así fue como entré a la universidad a la tierna edad de 16 años. Y los cinco años siguientes fueron en mi vida como estancia vacacional en el último círculo del infierno.

 

Por la misma época pude pasar del nivel académico al semi profesional. Ya tenía la edad, la vida de las bailarinas clásicas es muy corta, aunque que digan que si Alicia Alonso o Margot Fonteyn, poquísimas llegan a primas ballerinas. Por eso la mayoría, alrededor de los 25, ya se está buscando que hacer con su vida o incursionando en otra técnica menos demandante.

 

De niña, la maestra de ballet puede hacerse de la vista gorda en muchas cosas, de grande la presión dentro de una compañía está todo el tiempo sobre tu cuerpo, y si como yo, tienes la desgracia de haber heredado las piernas damasquinas de la abuela paterna y dos tremendas tetas de la abuela materna, mejor vuélvete a nacer.

 

La rabia que tenía por estar obligada a estudiar una licenciatura que odiaba, inserta en un mundo de adultos donde estaba segura que no iba a encajar, sentir el yugo de mi madre que se había convertido en la policía favorita hasta del aire que respiraba, la presión por lograr avanzar, competir, superar y perfeccionar mis propias fuerzas me llevaron de la mano a una profunda depresión que se manifestó de la manera más anodina para estos casos: bulimia y luego anorexia, el diagnóstico final: trastorno bipolar.

 

Estaba acostumbrada a ocultar y llevar una doble vida, pero esas cosas, como los embarazos, son cuestión de tiempo para empezarse a notar. Me la vivía empastillada de anorexígenos, laxantes, diuréticos y calmantes, vomitando agua,  café negro y jugo de naranja. Hacía dos clases al día, ensayos de lunes a domingo y encima tenía que ir a la universidad. Cómo me sostuve y cuántos kilos perdí, no se los voy a contar, pero ahora mi médico me lo recuerda cada que llego con un nuevo achaque.

 

Esa época univesitaria me pasó de noche, el último semestre lo superé de milagro, mis padres me internaron en una clínica por unas semanas antes de empezar y accedieron a dejarme salir para terminar siempre y cuando dejara de bailar. Ya no pude presentar mi última temporada del Lago de los Cisnes.

 

Finalmente terminé la universidad, no supe ni cómo, los maestros me veían tan mal que me dejaron irme. El siguiente verano decidí, como muchas otras, cambiar a la danza contemporánea, pero por dentro me sentía falsa, ilusa, pero sobretodo, me sentía una perdedora porque yo no concebía la danza si no era clásica.

 

Esos dos años que siguieron descubrí que escénicamente ya no tenía gran cosa para dar, emocionalmente destruida, lo que queda es técnica y la técnica no hace interpretación. Era momento de cerrar mi capítulo y con todo el dolor de mi corazón mirar hacia otro lado, buscar algo que me llenara con la misma pasión con la que me abracé de la danza a los siete años, y de ser honesta puedo confesar que hasta hoy, no he sentido amor más grande que el que le tuve a la danza.

 

La noche anterior de mi primer día de clases en mi segunda licenciatura, me despedí de la danza, como debía de ser, bailando, pero no volví la vista atrás porque temía en convertirme en estatua de sal. Ni un teatro, ni evento de danza, ni mis amigos de toda la vida, nada. Hasta ayer.

 

En algún momento la bolsita de tostilocos se me derramó en el pantalón negro que llevaba puesto y no me di cuenta, me dio mucha risa porque pensé que aquello luciría como sangre y que en cualquier otro momento de mi vida hubiera sido un delirio frenético ante tremenda mancha en el pantalón. Luego pensé que mi vicio no superado de mis días de anoréxica por vestir de negro lo salvaba todo, así que salí muy tranquila del cine apestando a clamato con limón, chamoy y chile.