blogeditor · 1 de junio de 2022
La pandemia nos dejó un cúmulo de aprendizajes y de buenas y de malas experiencias en todos los aspectos de la vida. La ciencia y la información se colaron en todas las esferas de nuestra cotidianidad y de nuestro actuar. De pronto sabíamos (o creíamos saber) de Medicina, de salud mental, de Epidemiología y de Virología, entre muchas otras cosas.
El brote de COVID-19 provocó una infodemia (conjunción de los términos “epidemia” e “información”) masiva, definida como “una cantidad excesiva de información ‒en algunos casos correcta, en otros no‒ que dificulta que las personas encuentren fuentes confiables y orientación fidedigna”.
Así, este gran aumento de información relacionada con un tema específico en un corto periodo generó desinformación, rumores y manipulación de datos con fines dudosos, fenómeno que se atizó con el miedo, las dudas, la falta de conocimiento y, sobre todo, el uso excesivo de redes sociales. Apareció una mezcla de información incorrecta y noticias falsas y tendenciosas, que dificultó el procesamiento y el discernimiento de cada uno de nosotros. Esta fue la primera pandemia de la Historia en la que se emplearon, a gran escala, la tecnología y las redes sociales, pero esto también amplificó la infodemia que minó la respuesta mundial y comprometió las medidas para controlarla.
Los seres humanos tenemos, por naturaleza, la necesidad de entender, afrontar y encontrar una manera de solucionar los problemas. La búsqueda y el intercambio de información no fue sencilla durante la pandemia; incluso miles de científicos del mundo trabajaron incansablemente para mantenerse actualizados respecto a la COVID-19.
Entre las personas no especialistas, la búsqueda en Internet se disparó gracias a que el número de teléfonos celulares con acceso a este recurso es muy grande, lo cual favoreció la producción exponencial de información. Tan sólo en marzo de 2020 (cuando la pandemia comenzó en México), se subieron 361 millones de videos a YouTube, se publicaron cerca de 19,200 artículos en Google Scholar, y se redactaron cerca de 550 millones de tuits que incluían términos como coronavirus, Covid-19 o pandemia. ¿A quién de nosotros no le llegó un WhatsApp con medidas para combatir la enfermedad o consejos para evitarla?
Esto significó una sobrecarga informativa llamada infoxicación, un fenómeno que también llegó con la pandemia y que afectó a la sociedad con estímulos constantes por la esperanza de recibir noticias alentadoras y porque, además, pasamos muchas más horas que antes conectados a los diversos medios de comunicación.
La mayor parte de esta información no fue generada por fuentes oficiales o por especialistas que se convirtieran en autoridades valiosas para apoyar a la población. De hecho, en muchos casos sucedió lo contrario: tanta información inexacta y falsa dañó la salud general y mental de la población, y llevó a muchas personas a tomar riesgos innecesarios. Entre las teorías difundidas estaban la de una conspiración o la del virus inexistente, y mucho se dijo sobre su origen, la causa, el tratamiento y los mecanismos de propagación.
Con el fin de contrarrestar esta situación, la Organización Mundial de la Salud elaboró recursos para la comprobación y gestión de la desinformación, la medición y el análisis de la infodemia, la síntesis de los datos científicos, la traducción de los conocimientos, la comunicación de riesgos, la participación comunitaria y la amplificación de los mensajes; contrarrestó los rumores mediante la publicación de “información para desmentir mitos” y realizó sesiones en vivo de preguntas y respuestas con expertos a través de su sitio web, redes sociales y otros medios de comunicación; colaboró con motores de búsqueda y redes para filtrar los mensajes falsos y promover información exacta de fuentes creíbles (como los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, entre otras); entabló contacto con personas influyentes para difundir mensajes correctos entre sus seguidores, etcétera.
Se sabe que ni siquiera las revistas científicas estuvieron exentas de estas malas prácticas. Las prisas por generar resultados provocaron que algunos estudios defectuosos y fraudulentos lograran situarse en publicaciones de mucho prestigio, lo que ha tenido consecuencias desafortunadas: se ha perdido la credibilidad de la ciencia, justo en el momento cuando era más necesaria.
A dos años del inicio de la pandemia, muchas de las teorías iniciales siguen permeando en la sociedad, y todavía hay quienes no se han querido vacunar. Lo que sucede en Hong Kong nos indica que muchas personas aún no creen que las vacunas sirvan: el aumento exponencial de contagios y muertes en esta provincia se debe en gran medida a que la variante ómicron atacó a los ancianos, entre quienes hay un muy bajo índice de vacunación (menos de un tercio de las personas mayores de 80 años han recibido dos dosis), y se culpa en parte a las teorías de conspiración.
Los fenómenos aquí expuestos complicaron un momento histórico que de por sí ya se veía dificultoso; la infodemia perjudicó a más personas, y puso en peligro la salud pública mundial.
Ante la pandemia, u otras situaciones que en el futuro nos generen conflicto, la infodemia no debe seguir siendo el discurso predominante. Algo debimos haber aprendido… debemos romper ese ciclo, y aprender a diferenciar la información, reconocer los datos científicos y buscar fuentes oficiales. La desinformación no debe continuar y perdurar. Es necesario detener la producción y distribución de contenidos falsos; corroborar la información antes de reenviarla a nuestra familia o amigos cercanos, y preguntarnos si lo que vamos a compartir es útil para los demás. Si no es información comprobable, lo mejor es no compartirla.
Es una responsabilidad social contribuir a generar y difundir información de calidad, evitando rumores que sólo contribuyen a crear una nueva pandemia paralela.
* Blanca Rocío Muciño Ramírez es maestra en Diseño y Producción Editorial por la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, donde obtuvo la Medalla al Mérito Universitario, y licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha actualizado sus conocimientos en tres diplomados y más de 90 cursos de Bioética, trabajo editorial y comunicación. Actualmente se desempeña como secretaria técnica y responsable de edición y gestión de publicaciones en el Programa Universitario de Bioética.