Redacción Animal Político · 29 de abril de 2025
En México, uno de los más grandes desafíos es la seguridad. Para atender esta problemática, tradicionalmente se proponen acciones y soluciones que dejan fuera a un grupo poblacional clave: las niñas, niños y adolescentes (NNA). Sin embargo, ellas y ellos son actores clave para el desarrollo de estrategias innovadoras y efectivas. Su creatividad y potencial para imaginar alternativas prometen una perspectiva transformadora. Entonces, ¿por qué excluir a quienes pueden impactar de forma positiva y auténtica en sus comunidades?
Validar a niñas, niños y adolescentes como agentes de cambio en sus entornos es un acto de justicia y una estrategia imprescindible para desarrollar comunidades más seguras, inclusivas y cohesionadas. Involucrarles abre una oportunidad invaluable para solucionar problemáticas sociales que les afectan y una esperanza en el futuro de la sociedad.
El derecho a participar e involucrarse en la comunidad por parte de la niñez y adolescencia está consagrado en los artículos 2 (No discriminación), 3 (Interés superior) y 12 (Libertad de opinión) de la Convención sobre los Derechos de la Niñez de las Naciones Unidas (1989). Estos nos hablan de su derecho a expresar sus ideas y ser tomados en cuenta para la toma de decisiones en proyectos que influyan en su seguridad y desarrollo social.
Cuando se atienden sus preocupaciones fomentamos una cultura de legalidad, participación y cohesión. La niñez y adolescencia aportan una perspectiva única, basada en sus experiencias cotidianas y enriquecen las soluciones propuestas por las y los adultos a problemas complejos como la seguridad comunitaria. Ignorar sus voces no sólo implica perder su valiosa contribución, sino también les coloca en una situación de exclusión, multiplicando el riesgo de que adopten actitudes de apatía, desinterés o conformidad con prácticas fuera de una cultura de legalidad y sana convivencia.
Incluir las voces de esta población amerita pensar en métodos y pedagogías no adultocentristas. Algunos de ellos son el juego, el deporte no competitivo y el arte; lenguajes amigables y universales que permiten que niñas, niños y adolescentes expresen sus ideas, temores, preocupaciones y posibles soluciones de manera activa y creativa. Estas actividades promueven estilos de vida saludables, facilitan la comprensión y aprendizaje en situaciones de crisis o desigualdad y fortalecen la participación comunitaria al generar confianza, interés y un sentido de pertenencia.
Además, fomentan la interacción entre niñas, niños, adolescentes y sus familias, incluso entre vecinos que, en muchas ocasiones a pesar de vivir cerca en las grandes ciudades, rara vez se relacionan o conocen. Esta falta de interacción puede generar indiferencia o una carencia de empatía colectiva desde edades tempranas. Si las familias no promueven una relación con su comunidad, la probabilidad de que la niñez y adolescencia lo hagan por iniciativa propia es sumamente baja.
En contraposición, adoptar metodologías también facilita que los niños, niñas y adolescentes comprendan y reflexionen sobre temas complejos como la pérdida de valores, la falta de normas de convivencia o la normalización de conductas fuera de la legalidad. Estas metodologías fortalecen el trabajo en equipo, cohesión social y les transforman en agentes activos de cambio. La apuesta: formar ciudadanía participativa y responsable.
Cuando se incluye a la niñez y adolescencia de forma activa en la solución de problemas comunitarios desde la prevención, no sólo se abordan los desafíos inmediatos, sino que también se construye a ciudadanas y ciudadanos comprometidos. Involucrarles desde una edad temprana genera un impacto positivo en su desarrollo personal y en la cultura de la comunidad, impulsando la cohesión y la promoción de los valores, la armonía y la legalidad en todos sus aspectos.
Todo esto favorece la construcción de una seguridad ciudadana, pues este no se construye exclusivamente con medidas externas, como vigilancia o infraestructura que abordan muchas veces las consecuencias, por lo contrario, es requiere de un tejido social fortalecido que fomente la prevención de las causas que provocan la violencia desde edades tempranas, la pérdida de valores y normas de convivencia comunitaria. Es por eso que la participación de niñas, niños y adolescentes forma una visión de colaboración y empoderamiento que es sostenible, haciendo posible la transmisión de un cambio de paradigma de generación en generación.
En México, donde los desafíos de seguridad son complejos y cada vez más persistentes, donde las infancias y adolescencias son impactadas de forma diferenciada por el crimen y la violencia, urge integrar su perspectiva a la discusión de soluciones. Participar de esto es su derecho fundamental. Es hora de cambiar la narrativa y el paradigma. La niñez y adolescencia pueden hacer un aporte invaluable para un futuro más seguro.
* Yaotekatl Mario Chávez Díaz es animador sociocultural en México Unido Contra la Delincuencia A .C. Licenciado en Ciencias Aplicadas al Deporte, especializado en administración de entidades deportivas. Ha participado en proyectos comunitarios enfocados en activación social, respuesta humanitaria, y cohesión comunitaria. Colaboró en proyectos impulsados por ACNUR, UNICEF, y la Unión Europea, además de gobiernos locales del sur, sureste y norte de México. Su experiencia se centra en integrar y fortalecer comunidades mediante estrategias inclusivas y resilientes.