Redacción Animal Político · 31 de octubre de 2022
Los rayos del sol traslucían por las copas de los árboles que se movían por el viento de los atardeceres, pero Inés Fernández Ortega nada sospechó hasta que llegaron con sus uniformes verde olivo, sus armas y sus botas al patio de su casa. Eran los guachos que de inmediato le preguntaron por su esposo Fortunato, pero Inés no pudo responder. Había carne de res tendida en unos mecates para venderla con los vecinos de su comunidad, Barranca Tecoani, municipio de Ayutla de los Libres, pero los militares sin saber le dijeron que dónde habían robado la res. Inés nunca les respondió porque la única lengua que conoce es el Me phaa. Sin embargo, los soldados enojados entraron a su cocina. Sus pequeñas hijas corrieron con sus abuelos por miedo a que les pasara algo.
Un 22 de marzo de 2002 un grupo de militares llegó sin permiso al domicilio de Inés. Mientras unos permanecieron en el patio de su casa, tres entraron sin consentimiento encañonándola y bajo coerción, sola, la rodearon para cometer la violación sexual. Los segundos, los minutos, fueron eternos. Nadie quisiera saber la infamia, el ultraje, la violación castrense contra una mujer indígena. Después de unos minutos de la agresión sexual, con lágrimas en el rostro Inés se levantó para dar la batalla contra el poder militar. Más tarde le contó todo a su esposo Fortunato, cuando llegó del campo.

Estos hechos ocurrieron en un contexto de mucha presencia militar que tenía como objetivo reprimir actividades ilegales de la delincuencia organizada, pero también eliminar las expresiones de organización comunitaria en los pueblos indígenas, marcadas por la discriminación, la marginación y la pobreza extrema que los pone en una situación de vulnerabilidad. En este escenario, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH), en la sentencia de Inés Fernández, señala que entre las formas de violencia que afectan a las mujeres en el estado de Guerrero se encuentra la “violencia institucional castrense”. 1
Inés empezó esta lucha por el acceso a la justicia desde aquel día funesto en que los militares irrumpieron la tranquilidad en su casa. A pesar de la agresión que habían cometido se atrevieron a robar todo lo que estaba a su paso a una familia pobre.
Caminó más de cuatro horas entre las densas montañas para interponer la denuncia ante el ministerio público, pero no le hicieron caso, al contrario, se burlaron por ser mujer indígena. No sólo acudió una vez, sino varias para que su palabra fuera tomada en cuenta. Con trabajo consiguió que le tomaran su testimonio, sin pertinencia cultural y sin perspectiva de género. Aún así no le creyeron a Inés, pero su perseverancia hizo que su caso llegara a la Corte IDH, la cual emitió una sentencia el 30 de agosto de 2010 contra el Estado mexicano, donde señala que “la violencia contra la mujer no sólo constituye una violación a los derechos humanos, sino que es una ofensa a la dignidad humana que trasciende a todos los sectores de la sociedad (…). En el caso de la señora Fernández Ortega, la violación sexual vulneró valores y aspectos esenciales de su vida privada y su integridad personal constituyendo, asimismo, un acto de tortura”.

De acuerdo con Rogelio Teliz García, abogado del Centro de Derechos de la Montaña Tlachinollan, tuvo que ser un tribunal internacional el que interviniera para que Inés Fernández tuviera certeza de justicia. La Corte IDH dictó la condena al Estado mexicano, como responsable de que se cometieran graves violaciones a derechos humanos, incluida tortura sexual. En esta sentencia se dictó a las instancias de justicia mexicana castigar a los militares responsables y que fueran juzgados en el fuero civil, así como una serie de reparación del daño. Se inició el proceso y se celebraron órdenes de aprehensión por delitos de violación, tortura sexual, robo y allanamiento de morada.
Sin embargo, el camino de la justicia para Inés fue complicado porque vivía en constantes amenazas, incluso el peligro que corría con su familia era inminente. Fueron los mismos militares quienes persiguieron a la familia Me phaa. No les importó que tuviera medidas provisionales de la Corte IDH. Inés no sólo tenía que soportar el dolor y los infames recuerdos de la agresión, sino los temores de que pudiera costarle la vida. De vez en cuando hace memoria de cuando los soldados convencieron a la comunidad de Barranca Tecoani para convencerla de que desistiera de la denuncia. No se arredró porque la dignidad es más grande que el poder patriarcal de los guachos.
La ardua lucha de Inés ha sido por 20 años, sin acceder a la justicia. Se han realizado 15 audiencias, en cuatro ha estado presencialmente. Sin embargo, el pasado lunes 24 de octubre del 2022 se celebró la última audiencia en la sala penal del juzgado segundo de distrito con sede en Acapulco y se espera que el militar Hugo Humberto García de León, agresor, que se encuentra preso en el campo número uno de la Ciudad de México, sea sentenciado por un juez federal. Es un proceso penal que inició desde el 2013. Un segundo responsable de la agresión sexual contra Inés fue asesinado misteriosamente en la prisión militar. Sospechosamente nunca se investigó.

La audiencia duró aproximadamente 45 minutos, no hubo careo, simplemente hubo manifestaciones de las partes del tipo de acusaciones. Inés señaló nuevamente como responsable al militar y los abogados del militar pidieron sentencia al juzgado.
Inés Fernández tiene la esperanza de que la justicia mexicana le favorezca. Las dependencias de justicia en México tendrían que dar una respuesta de dignidad para que las mujeres indígenas nunca más sean agredidas sexualmente por elementos castrenses, pues desprestigia a la Sedena y, peor aún, socava la democracia y el derecho a una vida libre de violencia.
El abogado de Tlachinollan, Rogelio Teliz, señala que al ser un caso complejo el juez tardaría más de 15 días para dar el veredicto, además se tendrá que avisar a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la cual tomará nota al respecto para que realice un análisis minucioso. Es importante destacar que este proceso penal viene de la sentencia de la Corte IDH, donde todas las pruebas desahogadas y ofrecidas han quedado firmes, pues no hay una prueba desvirtuada por parte del militar. El testimonio de Inés quedó intacto. Esto es importante para que el juez tome en consideración con perspectiva de género.
El Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan considera que el juez tiene suficientes elementos de prueba para resolver lo más pronto posible a favor de Inés. Es importante porque el juzgado tiene que sentar un precedente en México.
Desde el fondo de su corazón, Inés Fernández exige justicia. Con dolor expresa la agresión sexual y tortura que sufrió por militares que se aprovecharon por su indefensión. “Esta sentencia condenatoria sería darle justicia no solo a mí como mujer Me phaa, sino también a todas las mujeres que han sido víctimas de graves violaciones a sus derechos. Yo solamente tengo fe y esperanza de que se haga justicia y que se condene a los responsables. No quiero que otras mujeres vivan lo que yo viví, no quiero que experimenten lo que yo viví en mis tiempos”.
Las palabras de Inés siguen vigentes en las diferentes geografías de nuestro país, donde las agresiones sexuales, los feminicidios y las desapariciones de mujeres continúan. Nada cambia a pesar de que hay un despliegue de militares en varias zonas sumidas en la violencia macrodelincuencial. Así, las mujeres indígenas siguen estando en la vulnerabilidad, invisibilizadas y entre las líneas rojas de las violencias sistemáticas.
El caso de Inés es la oportunidad histórica para dejar un precedente de justicia contra el poder militar que viola a mujeres indígenas. Bajo los estándares internacionales se debe de garantizar la protección y el acceso a la justicia a la mujer de la palabra de fuego que lucha inquebrantablemente por la justicia.
1 Caso Fernández Ortega y Otros vs México, resumen oficial emitido por la Corte Interamericana de la sentencia de 30 de agosto de 2010 (Excepción Preliminar, Fondo, Reparaciones y Costas). Para mayor información, aquí.