blogeditor · 23 de octubre de 2015
Junto a la pretendida ciudadanización de los consejos electorales, en sus tres niveles, se buscó formar una burocracia especializada y cualificada que tendría, en un primer momento, la tarea del levantamiento censal de las personas acreedoras a la calidad de ciudadanos y la elaboración de un padrón electoral a partir de cero, cuyos trabajos desembocarían en una novedosa credencial para votar con fotografía.
Desde entonces el Registro Federal de Electores se convirtió en la principal atracción de la institución, amén de absorber –hasta el día de hoy- el mayor porcentaje de recursos humanos y financieros.
No obstante, el impulso renovador empezó a desdibujarse muy pronto cuando en el régimen transitorio de la norma jurídica que dio vida al IFE, el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (COFIPE 1990), se estableció:
La Junta General Ejecutiva dictará las bases para regular la incorporación del personal que haya sido transferido al Instituto, así como para reclutar y contratar provisionalmente al personal de nuevo ingreso que sea necesario. En todo caso se respetarán los derechos laborales del personal transferido.
[…]
El desempeño de los funcionarios nombrados para el proceso Electoral de 1991 será considerara como una primera etapa para su ingreso a los Cuerpos de la Función Directiva y de Técnicos del Instituto. Asimismo, para la titularidad de dichos funcionarios se estará a lo que disponga el Estatuto del Servicio Profesional Electoral.
Lo que se estaba diciendo en los párrafos citados es que el IFE se sustanciaría “en una primera etapa” del personal proveniente de la anterior Comisión Federal Electoral y de aquellos incorporados posteriormente para el proceso electoral de 1991; ambos mecanismos de reclutamiento totalmente discrecionales, ajenos a criterios de cualificación y mérito, bajo la conducción de la SEGOB.
Por esas dos vías ingresaron la mayoría de los cuerpos de dirección tanto de las oficinas centrales del IFE, como de las juntas locales en las 32 entidades federativas, así como de los 300 órganos desconcentrados correspondientes a igual número de distritos electorales en que se dividía el país para elegir a los 300 diputados por mayoría simple; en la mayoría de los casos la certificación y definitividad en el cargo recaería en todos ellos.
A partir de entonces se pudo observar al frente de puestos directivos a pasantes o carrera trunca, ingenieros, médicos o economistas titulares del área jurídica de las oficinas distritales, normalistas a cargo de las direcciones de capacitación y educación cívica, etc. El servicio profesional electoral, lo único que vino a hacer, fue legalizar un fraude cometido en su origen; paralelamente, el personal administrativo de oficinas centrales se contrató bajo la simulación de concurso público y abierto.
No es verdad que con la aparición del IFE se trató de una institución totalmente ciudadanizada en la toma de decisiones, como tampoco lo es que se trató de una entidad profesional “en la administración electoral, reconocida en todo el mundo”, como afirma Benito Nacif.
Sí en cambio, con el IFE se inaugura una alta burocracia –no confundir con cargos de representación política- comparable solo al magisterio nacional, que bajo la protección de un servicio civil de carrera se le ha permitido a un grupo de funcionarios permanecer por largo tiempo en cargos de dirección, cuando en cualquier institución pública federal, estatal -con excepción de la electoral- o municipal, la carga de trabajo aunado a las presiones políticas de sus superiores, impiden permanecer en esos niveles por largos periodos, a menos que correspondan a la duración legal de un gobierno o cargo de representación popular.
La explicación a esta excepción es que el IFE –ahora INE- es una institución cuya función y utilidad se circunscribe a los procesos electorales cada tres años, se trabajan seis meses y se descansan dos años y medio. Esto por sí mismo, desactiva el desgaste continuo, a la prueba en el trabajo diario de su burocracia. Ante cualquier falta administrativa, simplemente se les cambia de adscripción.
A no ser por el servicio permanente de la credencial para votar que absorbe el 40 % de su presupuesto anual, no habría razones objetivas para seguir manteniendo una estructura administrativa por largos periodos en stand by. No es casual que en algunas entidades federativas, la mayoría de los cargos de dirección de las instituciones electorales locales solo se instalen y operen temporalmente en periodos de elecciones.
Los privilegios de la burocracia electoral -hoy nacional- no se limitan ahí, sino que goza de un tabulador cuya remuneración a cada cargo representa lo doble a la percepción promedio recibida en puestos equivalentes en la Administración Pública Federal; anualmente se les otorgan “incentivos” al desempeño, apoyos por día de reyes, día de la madre, día del niño, útiles escolares, subsidio en 90 % en el comedor institucional, día feriado cada 11 de octubre por su aniversario, etc. Y si esto no fuera suficiente, en cada año en que tienen lugar las elecciones federales, al personal permanente se le otorga una compensación extra de dos meses de salario, el llamado “bono electoral”.
Aún no sabemos el pasivo que representará para las finanzas públicas de la sociedad mexicana cubrir pensiones del 100 % respecto al sueldo recibido, cuando buena parte de esta burocracia se apresta ya a jubilarse en tan inmejorables condiciones, al acercarse a la antigüedad laboral requerida de 30 y 28 años para hombres y mujeres respectivamente.
Todo esto hubiera sido imposible de imaginar sin una interpretación equivocada del significado de los organismos públicos autónomos, condición jurídica otorgada al IFE y por la cual ha dado pie a vagas afirmaciones de que “no pertenecen al Estado mexicano” y en consecuencia pueden establecer su organigrama, sueldos y funcionamiento al margen de los criterios de este, incluyendo el de la austeridad presupuestaria.
Si durante el enfrentamiento IFE versus gobierno federal panista, por la emisión de las cédulas de identidad, se pudo percibir una sumisión inaceptable del Consejo General a los intereses y exigencias burocráticas, con la llegada de Lorenzo Córdova y otros consejeros, lejos de intentar rectificar para que la máxima dirección recuperara su contrapeso frente a los partidos políticos y ante la élite burocrática, se optó por la rendición material del Consejo General a “una estructura profesional a prueba de todo, incluso de Consejeros Electorales”, según declaró Córdova en 2013 ya como consejero del IFE, y no como reproche sino como señal de admiración.
Sus afirmaciones adelantaban lo que sería el signo distintivo del actual Consejo General, a saber, la simbiosis nunca antes vista entre la máxima instancia colegiada y la burocracia del INE, así se refirió el actual consejero presidente respecto al personal de carrera y administrativo.
[…] han logrado ir desde perfección técnica en el momento de la organización de la elección que es digna de la relojería suiza… Un reloj de precisión que se ha venido afinando, puntualizando, particularmente por lo que tiene que ver con la organización electoral en más de dos décadas y ése, debo decirlo, es el principal insumo, la experiencia más importante del Instituto Nacional Electoral […]
Estas palabras las pronunció días después de asumir el cargo en 2014, y ahí mismo, al derrochar halagos a la vieja y ahora sucesora burocracia electoral, reconoció que dentro del INE se vivía “una especie de luna de miel”.
Lo curioso es que por esas fechas se dio a conocer que la principal institución electoral atravesaba ya por las peores calificaciones de aceptación entre la sociedad. De acuerdo a la encuesta Informe País sobre la calidad de la Ciudadanía en México, elaborada por diferentes centros académicos por encargo del IFE (y dada a conocer por esas fechas), la confianza en la institución electoral era del 34 %, descenso incluso mayor a la del gobierno federal que era del 36 % frente a los mejores valorados, como el Ejercito (62 %), los maestros (56 %) y las iglesias (55 %).
Otra encuesta de la Consultora BGC-Excélsior reflejaba que sólo el 45 % de los ciudadanos opinaba positivamente hacia el INE.
Cuando se recicló el IFE en el nuevo INE había dos opciones sobre el escritorio del consejero presidente: iniciar una profunda transformación y depuración del personal electoral, fueran cargos de dirección u operativos, con la finalidad de garantizar el éxito de la nueva ley electoral, o ponerse a la defensiva, envolviéndose en la misma bandera Consejo General- burocracia, alegando una necesaria unidad frente a los intentos desde afuera de descalificar a la “escuela privilegiada de democracia”.
Entenderá el buen lector cuál de las dos opciones prosperó. En la mente de Córdoba no se olvidaría el conflicto con la alta burocracia que provocaron algunos consejeros generales en los noventa, cuando cuestionaron la imparcialidad y capacidad de aquella, periodo en que se desempeñaba como consejero de Woldenberg, y que ahora no ocultaría su alegría de estar en la institución por “tercera vez”.
A continuación algunos datos inéditos, con poca resonancia en los medios de comunicación, pero que desenmascaran definitivamente la supuesta perfección de la relojería suiza del ahora INE:
Colofón
Se cumple un cuarto de siglo del comienzo de los trabajos de una institución electoral que, se decía, sería ejemplo de imparcialidad, transparencia y profesionalismo.
Es cierto que se logró en este tiempo desterrar el fantasma del fraude, no tanto por la vocación democrática y legal de una burocracia que en su mayoría procedía del antiguo régimen, sino por la introducción de una serie de candados legales y técnicos que impedían la opacidad a la hora de procesar los resultados electorales.
La selección de los funcionarios de casilla mediante dos insaculaciones (sorteos) de los ciudadanos, el acceso de los partidos a una copia de los resultados en cada casilla, amén de una copia de los resultados para un conteo preliminar (PREP), sirvieron para establecer conteos paralelos al conteo oficial llevado a cabo con el acta original de los mismos resultados.
Es al trabajo de decenas de miles de mexicanos contratados temporalmente como se logra sacar cada elección (particularmente el llamado “trabajo de campo” realizado por capacitadores-asistentes y supervisores), pero sobre todo, el de cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas que aceptan fungir como funcionarios de casilla sin ningún pago a cambio (“es una obligación” se expresa desde la burocracia electoral) en un horario que se prolonga hasta la madrugada del día siguiente a la jornada electoral.
De acuerdo a datos estadísticos que publicaba el IFE a principios de la década pasada, 6 de cada 7 ciudadanos seleccionados en la primera insaculación rechazada participar en la casilla electoral. Hoy ya no se difunden las mismas estadísticas.
A diferencia de entonces, hoy solo una tercera parte, y en el mejor de los casos, menos de la mitad de los encuestados valora positivamente a la institución electoral que hereda al IFE; lo más preocupante de todo, es que más de la mitad de los electores no votan en las elecciones intermedias (53 % en 2015), lo que no sucede en ningún país desarrollado.
Hay que recordarle al actual consejero presidente del INE que el filósofo y jurista Norberto Bobbio definió los dos principios básicos en que se sustentaba el Estado Constitucional de Derecho, a saber, la legalidad y la legitimidad. La primera consistente en el cabal cumplimiento de las normas jurídicas, mientras que la segunda, en la aceptación de que el criterio para acceder al poder lo sería el sufragio universal.
No son demócratas quienes desde el poder, los partidos, el INE y los medios informativos ignoran el abstencionismo, pues cuando este es mayor al número de votantes significa el rechazo de la mayoría no solo de uno u otro partido sino del conjunto de las instituciones del régimen político, y se traduce en un déficit de legitimidad.
Es un ignorante quien afirma que un 47% de votantes “refleja que tenemos una sociedad que se apodera del voto para decir no al boicot de las elecciones y decidir en el futuro del país”. Tratándose de un funcionario público, dicha actitud adquiere alcances de negligencia.
Tampoco es casual que la pérdida de credibilidad social en la principal institución electoral, coincida con la subordinación del Consejo General a los intereses burocráticos y partidistas. Es característico de las mentes autoritarias llamar a la unidad, alegando “enemigos externos” en momentos de mayor debilidad para conservar el statu quo.
La prueba de fuego del Consejo General no fue en absoluto las pasadas elecciones de junio, sino la que se le presentará cuando tenga que fijar su posición oficial ante el actual gobierno federal, cuando este resuelva emitir el principal documento de identidad que por ley está obligado.
El consejero presidente y algunos consejeros sobrevivientes del conflicto por la cédula deberán tener en cuenta que ahora el actual gobierno -nada menos que el PRI- cuenta con suficiente mayoría en la Cámara de Diputados para introducir los cambios legislativos necesarios, incluyendo deshacerse de consejeros incómodos.
La actual situación por la que se encuentra el INE debe ser vista como uno de los mayores fraudes en nombre de la transición y consolidación de la democracia.
El dispendio de los recursos públicos representa un desprecio a la sociedad, una indiferencia a lo ocurrido el día de la jornada electoral, cuando la mayoría de los ciudadanos decidió no votar.
Es de lamentar que no haya en el horizonte una fuerza política o social que se atreva a cuestionar ante lo que ocurre.
* Héctor Fernández Pedroza tiene estudios doctorales y maestría en Derecho Constitucional por la Universidad de Sevilla, España, y es Profesor de la UNAM ([email protected]).