blogeditor · 16 de abril de 2013

Murió hace poco Margaret Thatcher (1925-2013). Ya se ha abordado a plenitud el tema de su figura; su desempeño como la primera y única Primer Ministro de la Gran Bretaña, de 1979 al 90. Muchos eventos marcaron su gestión y retiro, local e internacionalmente –oponerse a la unificación de Alemania; creer que Nelson Mandela era ‘un terrorista’; la amistad que lo unía a personajes como Pinochet, y la guerra de las Malvinas iniciada por la junta militar argentina, misma que la rescató de una derrota electoral segura; la guerra frontal emprendida contra los sindicatos, etc.
Me detengo en la dama de hierro porque ella junto con Ronald Reagan, actor malogrado y presidente de los Estados Unidos en 1981-89, exaltó los valores del individualismo –excluyente: hipertrofiado- contrapuesto a una sociedad asfixiante para ella (que en su muy particular opinión, no existía), y emprendió la ola de privatizaciones que emuló en cuanto pudo Carlos Salinas aquí en México durante su sexenio. El Individuismo, como sello de su administración y la de sus pares en las capitales Washington y México.
Por aquellas épocas se volvieron a poner de moda las farragosas novelas de Ayn Rand, quien tuvo a Alan Greenspan (presidente del Banco de la Reserva Federal por casi veinte años; desregulador empedernido, y uno de los principales artífices del colapso financiero de 2008), como seguidor aventajado.


La seudo filosofía de autoayuda de Rand, denominada Objetivismo, hizo mella durante mediados del siglo pasado. Fue una especie de Yang para el Yin que representó para el gran público, la Dianética: manual de autoayuda concebido por el escritor de ciencia ficción L. Ron Hubbard, que después y de plano se convertiría en una Iglesia que no paga impuestos en los Estados Unidos.
En otra entrega compartí la única y escalofriante entrevista concedida por el heredero de Hubbard y actual líder de la Iglesia Cienciológica: David Miscavige, a Ted Koppel de la cadena ABC. Si el ‘Corpus’ de LRH (traducidas a varios idiomas, encontrables en el búnker que ocupa su sucursal en el Distrito Federal) representan una especie de Teología de botica para nuestro tiempo, la obra de Ayn Rand es como el perfecto Manual del Darwinismo Social y Apología del Agandalle como virtud irrenunciable. Una apertura de las Puertas Paradisíacas del éxito, sin culpa ni contratos a perpetuidad que empañen el hallazgo de uno mismo.
El Objetivismo como producto cultural, con individuos que pisotean a los que se encuentran a su paso, se volvió respetable con Margaret Thatcher.
La compasión y la solidaridad son, desde la perspectiva del Más Fuerte, valores únicamente válidos para los perdedores. ¿Para qué ocuparse de los vulnerables, si de acuerdo a los cánones del Trepador, se merecen ese destino? Las cosas son como son (‘A es A’); no hay vuelta de hoja ni apelación, si uno quiere verdaderamente triunfar en la cosmogonía randista. Es menester pasar por encima de los obstáculos que empañen el desarrollo del Elegido que llevamos dentro.
Una película ficcionaliza el culto ideado por Hubbard: el otro lado de la moneda, quien por cierto llegó a ser devoto del ocultista Aleister Crowley cuando ambos vivían en California. El Maestro es un largometraje de Paul Thomas Anderson, que recrea con gran fidelidad y extraordinarias actuaciones, los mitos que se petrificaron en la época de la posguerra.

El fin de la Segunda Guerra engendró estos cultos en los Estados Unidos. La experiencia de los veteranos que sufrieron traumas de distinta índole, inspiró el filme de Anderson, en particular un documental dirigido por John Huston que permaneció enlatado mucho tiempo. Se llama Hágase la Luz: es de 1946, y puede verse en YouTube: versión restaurada.
Conexiones. Intuyo que el Personalismo que tanto pregonó Thatcher, Reagan, Hubbard y sus epígonos mexicanos Salinas I, II, Azcárraga o Slim encuentra una vertiente en el boxeo (o la dulce ciencia, como lo bautizó un periodista despistado), que tantos campeones ha producido en México. Dejé de ser aficionado hace muchos años, cuando fui testigo -en el doceavo round, por televisión- de la muerte de Johnny Owen: un espigado pugilista oriundo de Gales que peleaba por el campeonato mundial en poder de Guadalupe Pintor. El padre de Owen estaba en su esquina, aquella noche: diecinueve de septiembre de 1980 (cinco años antes del terremoto), en el Olympic Auditorium de Los Ängeles. Lo vi desplomarse y luego supe que pereció el cuatro de noviembre, sin vencer el coma que lo mantuvo, entre la vida y la muerte.
Años después, Dick Owens (su hijo acortó su apellido, como nombre de batalla) decidió viajar a México y enfrentar a sus demonios. Quería hablar con Pintor, e invitarlo a la develación de una escultura de Johnny en el pequeño poblado de Merthyr Tydfil, en 2002.
Este documental da cuenta de esa travesía; de su redención, y la del boxeador mexicano. BBC produjo La larga jornada de Johnny Owen, que también está en YouTube.
La trágica y corta vida de Johnny Owen fue tan breve como la de otros muchos boxeadores que murieron en el ring: el cubano Benny Kid Paret vs. Emile Griffith, en 1962; Davey Moore vs. Ultiminio Ramos, en 1963; Duk Koo Kim vs. Ray Mancini, en 1982. El joven tapatío Francisco Kiko Bejines vs. Alberto Dávila, el 1º. de septiembre de 1983 …
¿Qué comparte el Objetivismo randiano, con la Cienciología de Hubbard? ¿Por qué importa hoy todo esto, aquí: en México país?
Porque de aquellos sedimentos parece moldearse, o así parece, la gelatinosa Identidad Nacional compartida. La que dicen, en la tele, que se mueve. La que, como sociedad, no deberíamos asumir.