Joel Aguirre · 28 de julio de 2026
La India pasó la última semana envuelta en protestas estudiantiles que representaron uno de los mayores desafíos políticos para el gobierno del primer ministro, Narendra Modi. Lo que comenzó como una movilización estudiantil contra las filtraciones de los exámenes nacionales de ingreso a las universidades públicas terminó convirtiéndose en un movimiento que puso en evidencia problemas estructurales mucho más profundos. Los estudiantes comenzaron a reclamar temas como el creciente desempleo juvenil, la pérdida de confianza en las instituciones públicas y, sobre todo, la desesperanza existente entre la población estudiantil que ve rota la promesa de un futuro creado a partir de un modelo de movilidad social basado en el mérito académico.
Aunque el detonante inmediato fue la filtración del examen utilizado para el ingreso a las facultades de medicina, las protestas no pueden entenderse solo como la inconformidad de un grupo de estudiantes agraviados. Al contrario, tenemos que pensarlas como el reflejo de las tensiones económicas y políticas que acompañan el rápido crecimiento de la India y las limitaciones de su aparato estatal para responder a las expectativas de una población, sobre todo de los jóvenes.
De esta forma, las manifestaciones rápidamente trascendieron el ámbito educativo para convertirse en una protesta nacional contra la incapacidad del Estado para garantizar igualdad de oportunidades. La magnitud del movimiento obligó al gobierno a aceptar reformas, provocó la renuncia del ministro de Educación, Dharmendra Pradhan, y llevó al gobierno de Modi a anunciar una profunda reestructuración del sistema nacional de exámenes.
Esto no es menor si se considera la enorme cantidad de aspirantes y al reducido número de plazas disponibles. Más de dos millones de jóvenes buscaron ingresar a la carrera de medicina en una universidad pública, por lo que las denuncias sobre la venta ilegal de respuestas, la manipulación de resultados y la existencia de redes de corrupción provocaron una fuerte indignación, pues se confirmó la percepción de que personas con mayores recursos podían comprar ventajas en un proceso concebido para premiar el mérito.
No obstante, las manifestaciones adquirieron rápidamente una dimensión mucho más amplia y dejaron de ser exclusivamente educativas para convertirse en una crítica al funcionamiento de las instituciones públicas y a la incapacidad gubernamental para integrar a los jóvenes a la economía de una forma que garantice cierto grado de movilidad social.
Este descontento encuentra explicación en un contexto económico particularmente complejo. Aunque India se ha consolidado como una de las economías de mayor crecimiento del mundo y aspira a convertirse en una potencia industrial y tecnológica, ese dinamismo no se ha traducido en una generación suficiente de empleos formales y bien remunerados para absorber a los millones de jóvenes que ingresan anualmente al mercado laboral. De esta forma, la expansión demográfica que vive la India representa al mismo tiempo una oportunidad y un enorme desafío al punto que se habla de una crisis en el mercado laboral indio.
En consecuencia, el acceso a la educación universitaria adquiere una importancia extraordinaria como mecanismo de movilidad social, lo que explica la magnitud de la reacción cuando ese acceso parece verse comprometido por prácticas fraudulentas y corrupción.
En este contexto y de forma similar a las protestas que hemos visto en otros países, las redes sociales desempeñaron un papel fundamental en la expansión del movimiento, pues facilitaron la difusión de denuncias, testimonios y evidencias sobre las irregularidades detectadas, además de servir como herramientas para coordinar movilizaciones simultáneas en distintas ciudades del país.
En este contexto surgió el denominado “movimiento de las cucarachas” o Cockroach Janta Party (CJP), un movimiento de carácter satírico cuyo nombre nació después de que el Presidente de la Suprema Corte, Surya Kant, utilizara el término “cucarachas” para referirse despectivamente a jóvenes desempleados. Lejos de rechazar el calificativo, miles de estudiantes lo adoptaron y transformaron en un símbolo de resistencia.
La respuesta del gobierno de Narendra Modi pasó por distintas etapas. En un primer momento, las autoridades insistieron en que las investigaciones permitirían identificar y sancionar a los responsables de las filtraciones. Sin embargo, conforme crecían las protestas, comenzaron a difundirse imágenes de estudiantes reprimidos violentamente por las fuerzas de seguridad, lo que provocó críticas por el presunto uso excesivo de la fuerza y por denuncias de un trato más severo hacia estudiantes musulmanes. Sumado a la aparente lentitud de las investigaciones y la renuencia de la Suprema Corte de escuchar una audiencia urgente sobre los supuestos abusos policiales contra los estudiantes manifestantes, diciendo “No nos hagan perder el tiempo”. Estos factores deterioraron la percepción pública sobre la gestión de la crisis por parte del gobierno.
Desde una perspectiva política, las protestas representan un desafío importante para el gobierno que durante la última década ha construido buena parte de su legitimidad sobre una narrativa de crecimiento económico, modernización tecnológica y ampliación de oportunidades para las nuevas generaciones. Aunque la economía india continúa mostrando indicadores positivos en comparación con otras economías emergentes, una parte creciente de la juventud considera que esos avances no se reflejan en mejores perspectivas laborales ni en un acceso más justo a la educación superior.
Si bien por el momento las protestas amainaron, esta crisis reveló una creciente brecha entre el discurso gubernamental y la realidad de millones de jóvenes que enfrentan un entorno marcado por la incertidumbre laboral, la competencia extrema y la pérdida de confianza en las instituciones encargadas de garantizar la igualdad de oportunidades. En este contexto, la estabilidad política de la India dependerá no sólo de la capacidad del Estado para asegurar procesos de selección transparentes, sino también de su habilidad para generar empleos de calidad y ofrecer oportunidades reales de movilidad social.
Mientras el crecimiento económico no se traduzca en beneficios tangibles para las nuevas generaciones, la frustración de la juventud seguirá siendo una fuente de presión política y social, no solo en la India, sino también en otras economías emergentes que enfrentan desafíos similares.♦