Cuando la incertidumbre también es una forma de desaparición

Causa en Común · 5 de noviembre de 2026

Cuando la incertidumbre también es una forma de desaparición

Por Fernando Escobar Ayala

Sabemos, por investigaciones independientes, que más de 5,000 fosas clandestinas han sido descubiertas en México entre 2006 y 2025. A través del monitoreo de notas periodísticas, Causa en Común documenta, en promedio, un hallazgo diario de fosas clandestinas en lo que va de 2026. La avalancha de reportes sobre nuevos hallazgos es proporcional a la falta de seguimiento oficial, lo que a su vez impide conocer a fondo las particularidades de cada caso. En parte por ello, cada nuevo hallazgo corre el riesgo de equipararse con el anterior, hasta perder su singularidad y desaparecer de la conversación pública. Recientemente, un caso rompió esa inercia.

A finales de septiembre, tras la publicación de una columna de Oscar Balderas en Milenio, la conversación pública se inundó de todo tipo de opiniones y emociones en torno al hallazgo de fosas clandestinas. El detonante fue la localización de un predio con restos óseos calcinados en Zacapu, Michoacán, y el trabajo de recuperación forense comandado por madres buscadoras que, desde 2021, ha conducido a la presunta identificación de alrededor de 1,600 dientes de leche, pertenecientes a un número incalculable de niñas y niños, enterrados en aquel predio.

La cifra estremece, condensa la gravedad del caso. También explica la secuencia de reacciones al texto de Balderas. Por un lado, una ola de indignación digital del tipo que ya resulta familiar: espasmódica, furiosa, pasajera. Por su parte, en el polo de la autoridad —en este caso, la Fiscalía de Michoacán—, lo que se ofrece es un desentendimiento categórico: no existe información oficial que acredite el hallazgo, lo que a su vez significa que no hay una ruta institucional que se haga cargo de la denuncia.

Entre víctimas que exigen respuestas y autoridades que desconocen lo reclamado, hay una distancia insoldable, que da pie a todo tipo de sospechas, algunas de ellas irresolubles, y que contribuye a diluir la gravedad de lo acontecido. La imagen de colectivos de búsqueda protestando frente a la FGR —y entre ellos, la madre buscadora cuyo testimonio sostiene el texto de Balderas—, resume la cuestión. Las familias exigen que las autoridades despejen la incertidumbre sobre el paradero de sus desaparecidos. Esa misma incertidumbre constituye un espacio compartido con el resto de la sociedad que reacciona al hallazgo de fosas; es de hecho, la cuestión de fondo al problema de las desapariciones en México.

Una incertidumbre compartida

El drama concreto de la desaparición consiste en una larga cadena de sospechas que se posan sobre la persona y el entorno del desaparecido. Lo explica bien Claudio Lomnitz.¹ Buscar a los desaparecidos implica para sus familiares un esfuerzo monumental por reconstruir los instantes previos a su desaparición: reunir indicios, interpretarlos, contrastarlos. La vida completa del desaparecido se convierte en un repositorio de dudas qué deben ser de alguna manera resueltas si se pretende dar con su paradero: por dónde andaba, qué estaba haciendo, con quién mantenía relaciones, por qué tipo de situaciones estaba atravesando. Cada resolución puede convertirse en una pista; cada indicio, en una nueva sospecha. Y aun así, nada garantiza que ese esfuerzo conduzca a una respuesta sobre su paradero.

La incertidumbre no termina en las familias que buscan. Se extiende al resto de la sociedad, que conoce los hallazgos a través de reportajes, testimonios y versiones contradictorias, pero carece de elementos suficientes para establecer qué ocurrió y qué están haciendo las autoridades para esclarecerlo. Además, esa misma sospecha que envuelve a las desapariciones suele ser también un aliciente para todo tipo de descalificaciones contra la víctima y su entorno. Cuando la sociedad carece de respuestas verificables y las instituciones son incapaces de encaminar estos esfuerzos, la sospecha se vuelve la única forma de aproximarse a los hechos y la incertidumbre, el único espacio común. Pero la sospecha no sustituye a la verdad, ni la incertidumbre puede ser el horizonte de una sociedad que aspira a la justicia.

Leo a la periodista Lydiette Carrión,² quien, a propósito de la fosa de dientes de leche, escribe: “Quizá lo más desconcertante de este país es que no tenemos asideros, ni frente a las historias falsas de terror, ni frente a las verdaderas”. Coincido.♦ 

Referencias:

¹Claudio Lomnitz (2025), Antropología de la zona de silencio, Ediciones Era, México.

²Lydiette Carrión (2023), La fosa de agua. Desapariciones y feminicidios en el Río de los Remedios, Debolsillo, México.

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