blogeditor · 8 de noviembre de 2013
Por: Yesenia Pedraza
Por favor cierra los ojos e imagínate una niña pequeña pidiendo limosna. ¿Cómo es ella? ¿Cuál es el color de su piel, su color de ojos y pelo? ¿Su vestimenta?
Querámoslo o no, tenemos en la mente un look físico predefinido de cómo es la pobreza y de esto puede dar cuenta Lezly Ornelas y su madre Jiola.
Lezly es una niña rubia de ojos verdes que pedía limosna en un crucero de Guadalajara y que generó polémica en las redes sociales. Todo empezó cuando un usuario de Facebook publicó una foto de la menor de cinco años “denunciando” lo sospechoso que era verla en un crucero. De no tratarse de una niña rubia, la foto podría ser la de miles de niños pobres que venden chicles o piden una moneda en las calles. Rápidamente la niña fue encontrada por las autoridades y enviada a un orfanato de Guadalajara durante 9 meses. Su madre, Jiola, fue detenida e interrogada. Después de practicar exámenes de ADN se comprobó que la niña sí era suya y, después de casi un año, le permitieron recuperar a Lezly.

Además de la carga racista, este ejemplo da cuenta de que solemos completar la fotografía del mundo con retazos de evidencia. En este caso, la evidencia que proporcionaba Lezly para muchos usuarios de redes sociales no correspondía con nuestra idea basada en experiencias previas -o muestras- de la apariencia de niños de la calle.
[contextly_sidebar id=”ee922d3d28cd600846262ebc657cd0d7″]Por explicar -entre otras muchas cosas- por qué somos tan buenos en completar historias con pedazos de evidencia, el psicólogo Daniel Kahneman recibió el premio Nobel de Economía. En su trabajo sobre el modelo racional de la toma de decisiones, Kahneman explica los dos sistemas que modelan cómo pensamos. El sistema 1 es rápido, intuitivo y emocional, mientras que el sistema 2 es más lento, deliberativo y lógico. Kahneman describe una desconcertante limitación de nuestra mente: nuestra excesiva confianza en lo que creemos saber y nuestra aparente incapacidad para desconocer las dimensiones de nuestra ignorancia y la incertidumbre.
Saltar a la conclusión: un deporte peligroso
Una experiencia muy ilustrativa sobre cómo saltamos a las conclusiones, la tenemos en el siguiente ejemplo. Imaginemos que Jiola tuviera la oportunidad de elegir la escuela donde estudiará Lezly. ¿En qué debería de basar su decisión? ¿Qué características debe tener la escuela?
Esta pregunta se la hizo la Fundación Gates[1]en EU, para lo cual destinó millones de dólares en una investigación cuyo objetivo era conocer cuáles colegios ofrecían mejor educación, con la esperanza de saber qué los distingue de los demás. En un estudio de más 1600 colegios, se encontró que 6 de los 50 mejores eran pequeños –en términos técnicos, una sobrerrepresentación en un factor de 4-. Estos datos animaron a hacer inversiones para crear colegios pequeños e incluso dividir o los colegios grandes en unidades más pequeñas.
Es fácil construir una historia causal que explique el éxito de los colegios pequeños: mejor atención y estímulo hacia los alumnos, por ejemplo. Sin embargo, esto es falso. Si los investigadores se hubieran preguntado las características de los malos colegios habrían encontrado que los malos colegios ¡son también más pequeños que la media!
Lo peor de todo es que también podríamos encontrar una explicación: los pequeños colegios tienen menos recursos y por ende obtienen peores calificaciones.
En este caso los colegios pequeños no son mejores, ni peores que el promedio; simplemente son más variables.
Pero, ¿cómo es posible que el tamaño del colegio explique tanto las buenas como las malas evaluaciones?
Gracias a los avances en Psicología cognitiva, sabemos que esto es parte de dos grandes historias sobre el funcionamiento de la mente:
a) La confianza exagerada en muestras pequeñas es un ejemplo de una ilusión más general: prestamos más atención al contenido de los mensajes que a la información sobre su fiabilidad, y como resultado, terminamos adoptando una visión del mundo que nos rodea más simple y coherente que lo que es en realidad.
b) La estadística arroja observaciones que parecen pedir explicaciones causales; sin embargo, muchas son debidas al azar. Las explicaciones causales de acontecimientos aleatorios son inevitablemente falsas[2].
Es natural que el ser humano configure un mundo en donde se siente cómodo y seguro, un mundo que comprende y domina. Es fácil determinar que después de una mala experiencia en un taxi, creamos que todos los taxistas son un peligro al volante. Cuando vemos un accidente donde el involucrado es un taxi, estaremos inclinados a pensar sobre un probable culpable sin haber recabado pruebas. Si en este caso nosotros fuéramos un policía de tránsito o el juez, el taxista estará mal parado por default. Esto lleva a una conexión poderosa e insospechada entre las muestras pequeñas (con alto error), la impartición de justicia y los culpables a priori.
Me pregunto si este deporte ha contribuido a que como país tengamos altos grados de racismo de mexicanos hacia mexicanos, a los taxistas, a las personas morenas, a los indígenas, sólo por decir algunos.
¿Tú qué opinas?