III. El caimán y la mariposa

blogeditor · 25 de septiembre de 2020

III. El caimán y la mariposa

Los caimanes lloran, pero no por las mismas razones que nosotros: lloran porque cuando salen del agua, generalmente para devorar a su presa, sus ojos deben permanecer lubricados, y también lloran para expulsar los excesos de sal de su organismo. Por otro lado, en el extremo opuesto del reino animal, las mariposas necesitan, además de néctar, sodio para la producción de huevos y para que su sistema nervioso y muscular funcione.

En 2013, en Costa Rica, se registró un encuentro entre una mariposa y un caimán que le permitió posarse sobre sus ojos y beber sus lágrimas durante quince minutos. Las lágrimas, entonces, se convirtieron en un recurso valioso para ambos animales. Durante ese instante compartieron algo tan pequeño y esencial que los mantendría unidos, de alguna manera, para toda su vida.

Hace dieciséis años vi a mi abuelo por última vez. Se encontraba internado en terapia intensiva debido a un paro respiratorio. Las visitas eran restringidas y el tiempo avanzaba rápido. Mi abuela, consciente del lazo y el amor que nos unía, me cedió un lugar en la fila. Cuando llegó el momento de verlo, antes de recorrer el largo e impoluto pasillo que me llevaría hasta su cama, una de mis tías me aconsejó que no llorara frente a él ni le transmitiera mi tristeza.

Cuando por fin llegué adonde se encontraba mi abuelo, lo único que hice fue tomar su mano y llorar. Y él lloró conmigo. Lloramos juntos durante quince minutos. Yo mariposa, él caimán. Él mariposa, yo caimán. Esa fue nuestra despedida. Ambos nos dijimos adiós a través del llanto. Al final de la visita, apretó mi mano y asintió: sabíamos que era la hora.

Llorar con mi abuelo fue uno de los momentos más tristes y hermosos que guardo en la memoria. Ese día abrí la llave de un manantial y aprendí a beber de él.

Llorar sin contención comenzó como un acto de amor y se convirtió en un acto de resistencia. Hacia el mundo, hacia mí misma. He llorado así muchas veces, todas las recuerdo. Me es difícil entender por qué hay personas que se incomodan con el llanto, sobre todo con el propio. ¿No es el llanto la lluvia que moja nuestra tierra y nos deja ese olor reparador?

Tengo como consigna personal no evitar la tristeza, ni ocultarla. Aprendí, el día que me despedí de mi abuelo, que la tristeza no se trasmite: se comparte, se abraza y se integra. Cuando me convertí en madre me enfrenté ante el dilema de llorar frente a mi hijo o llorar a solas. Qué importante es llorar, qué importante es enseñar a llorar.

Decidí hacerlo, como quien se otorga un permiso, cada vez que mi llanto fuera tan profundo como aquellos que me han dejado huella, porque quiero que Nicolás conozca el manantial del que estoy hecha, y quiero que aprenda que en esta vida se puede ser caimán y mariposa. Porque a través de nuestro llanto desechamos aquello que nos sobra, pero también tenemos la posibilidad de convertirlo en nutriente: para nosotros mismos y, si la fortuna de los breves encuentros lo permite, para los demás.

@barbarahoyo