III. Dientes

Redacción Animal Político · 14 de octubre de 2022

Los dientes son la única parte del cuerpo que no tiene la capacidad de repararse a sí misma. Podría escribir varios datos curiosos acerca de esos pequeños huesos que se nos asoman cuando hablamos o reímos, y hacer de esta columna un texto que hable del cuerpo visto desde afuera, pero descubro que mi única manera de escribir es de dientes para dentro.

Llevo meses deseando que mi escritura no me ponga al centro, pero más que un desafío, se ha convertido en una bomba de tiempo, y no es que tenga mucho qué decir, pero hay historias que si no se hablan se acumulan. Hablar no sana, solo da claridad. Y un poco de claridad viene bien, sobre todo en tiempos donde andamos a oscuras, casi a ciegas.

Pienso en el cuerpo, en su dolor y fatiga. Estoy cansada y cada día, al despertar, mi cuerpo lo recuerda. Si tuviera que decir algo sobre mis dientes, diría que me los estoy acabando. Mi mandíbula cierra herméticamente mientras duermo. Mi sueño, aunque prolongado, se conjuga en el límite de la vigilia. Estar despierta es estar cansada y estar dormida es estar casi despierta. Aunque a estas alturas ya no sé si despierto o desduermo.

Los dientes rechinan, pero antes se caen (y también después, si mal nos va). Son los dientes, tal como los huesos, nuestro primer encuentro con la permanencia, que comienza cuando termina la primera infancia. Por otro lado, el esmalte de los dientes es el material más resistente del cuerpo, incluso es más fuerte que el propio hueso.

¿De qué está hecho el espíritu? ¿Serán 21 gramos de esmalte lo que nos mantiene vivos?

Me asomo hacia afuera, persiguiendo el deseo de dejar de tocar mi historia, pero lo único que alcanzo a ver son réplicas: el mundo está cansado y dolido. Esta vida se asemeja a la imagen que sucede cuando pones un espejo frente a otro, parece que no tiene fin y parece, también, una ilusión. Un reflejo incomprensible que arroja un camino sin luz ni final.

Aquí, en este reflejo individual, todavía me atrevo a sonreír. Me refugio en la poca esperanza de que todo dé un giro inesperado y la humanidad comience a caminar en sentido opuesto. Quizá sea porque soy madre y a las madres nunca se nos termina la esperanza, porque si no creyéramos que este mundo se pondrá mejor nos hundiríamos en la incertidumbre y desconsuelo. No por nosotras, sino por nuestros hijos.

Todas las madres, además, guardamos los dientes de nuestros hijos: es nuestro tesoro. Un pedacito de ellos que fue formado desde el útero. Un pedacito de nosotras mismas.

Estoy agotada de despertar y desear que anochezca, de que los buenos momentos no me sean suficientes y, aunque me repito que todo está bien, tengo la sensación constante de estar al borde. Mi cuerpo está rendido. Agradezco que está sano, sí, pero llevo el peso muerto de las circunstancias, de mi propio dolor y del dolor que se refleja en ambos espejos.

Podría hablar sobre la lengua, que lleva su propia huella, única. Podría escribir acerca de los metros de piel que ha recorrido, de las tantas otras lenguas que ha tocado, de las papilas y su relación con la comida, o de la relación que tiene con los dientes. Incluso podría escribir de la saliva o podría volver a los dientes y escribir sobre cómo me aflojaba las muelas de niña hasta arrancármelas, de cómo disfrutaba el sabor metálico de la sangre y el pedazo de hueso en la mano. El dolor nunca se comparó con la satisfacción de haberme sacado un pedazo de mí.

Quizás estoy cansada porque más allá de lo que hay allá afuera, llevo una batalla dentro y por más que la escriba, la hable en terapia, la recorra, la haga consciente y la mire de frente, aquí está: autoimpuesta para pelearla.

Son mis dientes los que me trajeron a esta columna y aunque no tienen la capacidad de repararse a sí mismos, tuvieron la capacidad de arrastrarme hasta esta hoja en blanco, que ya no es más: un orfanato del que no he podido salir últimamente para ponerme a escribir y descubrir lo que mi cuerpo me recuerda cada mañana: que estoy agotada.

 

@barbarahoyo