blogeditor · 9 de septiembre de 2022
Los osarios son espacios comunitarios que albergan restos de esqueletos humanos, donde los muertos nos muestran el destino a través de sus huesos. Los huesos son historia y legado: son pasado.
Exploro la página que ya no se encuentra en blanco, que como mi cuerpo lleva trazos de otros cuerpos: moretones, rasguños, acertijos, dibujos malinterpretados. Aquí no parece un orfanato, sino mi espacio lúdico: un cultivo de huellas dactilares que cuentan historias de un pasado reciente que no se asemeja al pasado que algún día contarán mis huesos hechos polvo. La piel no es pasado, sino presente constante. La piel es gerundio.
Somos polvo, dicen, pero no de estrellas sino de piel muerta. A diferencia de la piel viva, que es nuestro órgano sensorial y la barrera entre nuestro organismo y el entorno, la piel muerta termina siendo una capa casi invisible que recubre el piso de los lugares que habitamos, de nuestro orfanato y hogar.
Soplo fuerte, elimino la capa de polvo que me protege de los verbos que conjugo con el cuerpo: frotar, apretar, estrechar, acercar, doler, sentir. Me alcanzan recuerdos como descargas eléctricas que van del cuero cabelludo hacia las plantas de los pies. El cerebro no encuentra la diferencia entre el pasado lejano y el pasado reciente. Un cosquilleo advierte que el cuerpo, a través de la piel, tiene memoria.
La piel, a diferencia de los huesos, vive en un diálogo permanente con nuestra mente para informarle lo que nos toca, cómo nos toca y cómo se siente lo que nos toca. La experiencia de estar vivos está delimitada por lo que sentimos (y por lo que hacemos sentir). Tal vez por eso decimos que hasta para hablar se necesita tacto.
¿No es asombroso pensar que nuestra relación con el mundo está determinada por la piel? Por sus glándulas, sus membranas, poros y folículos, que son intérpretes de lo que sucede afuera, ese gran espacio que es todo excepto nosotros.
Todo se acaba: la piel no miente, es la superficie más honesta: se arruga, se mancha, se muestra íntegra, aunque intentemos evitarlo. Donde ves una cicatriz, yo veo resistencia. Donde ves rugosidades, yo veo supervivencia. Donde ves surcos, yo veo caminos. Donde ves poros, veo cascadas. Manantiales. El cuerpo tiene un idioma húmedo, recuerdo haberlo escrito antes.
Esta piel que tocas y que te toca de vuelta es la única manera que tengo de poner el cuerpo sobre ti. De invadirte con mis órganos, de degustarte con mis yemas, de avisarte, con todos los líquidos que escurren por mis poros, que siento. Nuestra piel es una lengua enorme que come, poco a poco, lo que el mundo le ofrece.
Soplo de nuevo. No queda piel muerta, solo se asoma carne viva. Me detengo y me alojo aquí: salto desde la carne y con el esqueleto.
@barbarahoyo