blogeditor · 26 de marzo de 2014
Si la desigualdad es germen y origen de nuestros principales problemas, la izquierda y la derecha le quedan a deber a los millones de mexicanos que la sufren. En este saldo, obviamente el PRI tiene sus deudas históricas y contemporáneas.
En 2006 la izquierda se quedó a unos votos de llegar a la Presidencia, impulsada precisamente por una oferta política muy clara a favor de la igualdad económica. El respaldo a AMLO tuvo como principal sustrato la esperanza de un gobierno con clara vocación redistributiva. Fue derrotado por un puñado de votos por la oferta política de la derecha que vio con temor y desconfianza un proyecto político enfocado en redistribuir la riqueza sin mostrar la menor idea viable de cómo generarla de manera sostenida.
La izquierda entonces encabezada por AMLO tenía razón en concentrarse en la desigualdad como la principal carencia de nuestra sociedad. Pero ni entonces, ni ahora, ha generado nada que se le parezca a un programa serio de gobierno que permita una “igualdad sustentable”.
[contextly_sidebar id=”32d7c9185bc25228a936260ff2fa9df7″]En su cara positiva, la izquierda defiende la equidad y la derecha el mérito y el logro personal. La clave para construir una “igualdad sustentable” radica en no considerar estas posiciones exclusivamente como opuestas sino también como complementarias. De la misma manera que el Ying y el Yang a pesar de ser opuestos (día y noche) no pueden existir sin el otro. La clave es generar un equilibrio dinámico.
Emparejar el terreno para generar un piso base para que todos los ciudadanos tengan las mismas condiciones educativas, de salud y de disfrute de los bienes públicos no tiene que estar enfrentado con un sistema de incentivos que aliente la competencia, que sancione mediocridades y que incentive y premie los logros y los méritos.
De la incapacidad de la izquierda y la derecha por reconocerse mutuamente e interactuar creativamente (con AMLO, Fox y Calderón como los principales responsables de este fracaso) surgió la oportunidad para el PRI de cerrar filas, organizarse y regresar a la Presidencia.
El mismísimo Pacto por México y su caudal de reformas constitucionales puede verse como un espacio de encuentro entre izquierda y derecha tutelado por el siempre inteligente, pragmático, camaleónico y ajustable priismo del momento.
Lo cierto es que si se ejecutan bien las reformas habrán logrado mucho a favor de mejores condiciones para el país (aunque el acento está más en la creación de riqueza y competencia –derecha- que en el establecimiento de un punto de partida más parejo -izquierda).
Esta dinámica izquierda – derecha es como el agua tibia o el hilo negro: se verificó durante los 70 años de hegemonía priista que alineó en sus filas proyectos tan de izquierda como los de Lázaro Cárdenas o Echeverría, o tan de derecha como Alemán y Salinas de Gortari. En general, la alternancia entre derecha e izquierda se da en todas las democracias de los países postindustriales (Demócratas y Republicanos / PSOE y PP / Social demócratas y Demócratas cristianos).
Hoy los principales partidos de izquierda y derecha están en procesos electorales que podrán definir hacia donde marcharán en el futuro. Lo cierto es que tienen más que ganar reconociéndose unos a otros, en lugar de enfrentarse a muerte y dejar que otros (en este caso el PRI y quizá hasta Morena) cosechen los frutos de su incapacidad de interacción.
Por ello es fundamental que las nuevas dirigencias pongan el acento en los aspectos que pueden y deben complementarse, y no en aquellos que favorecen la ruptura y el distanciamiento. El régimen democrático de la actualidad se logró gracias a esta confluencia de izquierda y derecha.
De la misma manera hay que combatir las taras internas que tanto los alejan de millones de ciudadanos. En el caso del PAN sus reflejos excluyentes (mochos, contra las libertades ajenas, a favor de las clases acomodadas) y en el del PRD sus reflejos de redistribucionismo mágico (estatismo, sindicalismo improductivo, clientelismo).
Se ha dicho hasta la saciedad que México requiere una izquierda moderna -sin atavismos, resentimientos y nostalgia por recetas fracasadas- lo cual es cierto; como lo es la necesidad de una derecha moderna -sin parroquialismos religiosos, de ocupación o clase-.
Caminaremos hacia una disminución de la desigualdad el día en que los ricos dejen de discriminar a los pobres, por el solo hecho de ser pobres, al mismo tiempo que los pobres dejen de estar resentidos con los ricos, por el solo hecho de ser ricos. El principio generativo es Salida pareja para todos y Medallas para los ganadores.
Un Pacto por México 2.0 será muy positivo si encuentra como espacio de confluencia una nueva generación de reformas y programas sociales que permitan una “igualdad sustentable” (educación, salud y protección social de calidad para todos aunada a respeto a las leyes e incentivos reales para una democratización de las libertades y frutos económicos).
Sin estas medidas, ni Enrique Peña Nieto y el PRI subirán su muy limitada aceptación, ni PAN y PRD conectarán con las verdaderas aspiraciones y necesidades de la sociedad mexicana.