Nos vendieron la revolución por la igualdad. Era rebranding

Redacción Animal Político · 25 de junio de 2025

Voy a decir algo impopular, pero no por eso menos cierto: el feminismo, tal como se nos vende hoy, huele más a dispositivo de ingeniería social que a revolución.

Y antes de que me manden al paredón, aclaro: no estoy negando la historia de lucha que muchas mujeres encarnaron a punta de fuego y chingos de dignidad. Estoy cuestionando lo que nos hicieron de ella.

Porque hay una diferencia abismal entre el feminismo como movimiento social nacido para subvertir estructuras opresivas, y el feminismo como engrane de una maquinaria que ya entendió cómo sacarle jugo político, económico y emocional a nuestra rabia [y que además le ha servido de escudo manipulador y herramienta de victimización a mujeres que quieren chiflar y comer pinole al mismo tiempo. Ustedes saben quiénes son] No, si tener hijos te da una perspectiva más completa del panorama feministoide…

¿Quién se beneficia de esta nueva versión de feminismo?

Empiecen por mirar hacia arriba, al poder. A las instituciones que ahora se pintan de morado cada marzo, pero siguen aprobando megaproyectos, militarizando la vida pública y precarizando la maternidad.

Se nos dice que ser feminista es empoderarse, tener independencia económica, mandar todo al carajo si no te gusta. Pero ¿qué clase de libertad es esa si el sistema te obliga a vivir sola, criar sola, pagar sola, sobrevivir sola, trabajar como mula y encima sentirte culpable si te cansas?

Ahí están los datos: según el INEGI (2022), el 68 % de los hogares monoparentales en México están encabezados por mujeres, la mayoría sin corresponsabilidad económica. Y mientras tanto, el discurso dominante sigue glorificando la autosuficiencia como si fuera una elección gozosa y no una forma de abandono disfrazado de empoderamiento.

Divide y facturarás

No es casual que mientras más se radicaliza el discurso de género, más se rompen los vínculos entre hombres y mujeres, entre madres e hijos, entre mujeres entre sí.

Y no, no porque “el patriarcado sea cabrón”, sino porque alguien descubrió que una sociedad fragmentada es más dócil, más controlable, más lucrativa.

Ahí tienen a ONU Mujeres firmando acuerdos con BlackRock —sí, ese fondo buitre acusado de financiar industrias extractivas y guerras— para “empoderar financieramente a las mujeres”.

¿De verdad es feminismo… o es colonialismo maquillado y con glitter?

Y mientras tanto, el Estado mexicano aumentó en un 116 % el presupuesto para la Guardia Nacional entre 2021 y 2024, pero recortó fondos clave para estancias infantiles, refugios de violencia y programas de educación sexual integral.

Ajá.

Ginebra redacta, el sur obedece. Pero las que pagan el precio no pertenecen a esos comités.

¿Qué clase de ingeniería social es esta?

Una en la que el dolor femenino es moneda de cambio, el trauma es capital simbólico, y la rabia es una mercancía que se cotiza bien si se expresa en el tono correcto, con los hashtags correctos, en los foros correctos.

Una ingeniería que no vino a liberar, sino a rediseñar subjetividades para adaptarlas al nuevo orden neoliberal emocional: seres individuales, desvinculados, que se autorresponsabilizan de todo, desde el abuso hasta el burnout.

El resultado es una feminidad hipervigilante, culposa, autosuficiente hasta la extenuación, politizada, pero sin red.

Y lo peor: convencida de que si algo no funciona, la culpa es suya por no haber leído el libro correcto.

Postdata: la traición que no se olvida

Yo fui feminista. De las que marchaban, lloraban, escribían con vísceras. De las que alzaban la voz en foros donde nadie quería escuchar. De las que denunciaban, armaban redes, educaban hijos con conciencia de género y hablaban de aborto sin bajar la mirada.

Y aún así, el feminismo institucional me dio la espalda.

Cuando más sola estaba, cuando me arrancaban a mis hijos, cuando el sistema patriarcal disfrazado de justicia me anulaba como madre, las mismas que gritaban “sororidad” me dijeron que debía quedarme callada para no “reproducir violencia”.

Que mis lágrimas eran sospechosas, que mi historia “era compleja”, que mejor me desprogramara.

Ahí entendí que el feminismo que había abrazado ya no existía.

Lo sustituyó una maqueta con logo, fondito morado, talleres de deconstrucción y políticas públicas que repiten las mismas violencias, pero en otro idioma.

Y luego encima, me tocó ver el otro lado. El lado de mis hijos y lo que les ocurre en el camino con mujeres que se supone que son feministas y nememes

No me salí del feminismo: el feminismo me expulsó cuando ya no fui útil para su narrativa.

Por eso escribo.

Por eso incomodo.

Por eso no me trago el cuento.

¿Y ahora qué?

No se trata de romper todo. Se trata de dejar de repetirlo todo.

No propongo una nueva consigna. Propongo apagar el megáfono un rato y recuperar el pensamiento. Porque el problema no es solo lo que nos hicieron creer, sino lo que dejamos de cuestionar.

Hay que bajarle el volumen al discurso y subirle al vínculo.

De hacer un llamado a la CONGRUENCIA y a la INTEGRIDAD personal. De convertirnos al HUMANISMO.

No todo se resuelve marchando ni cancelando; a veces hay que volver a conversar con quien no piensa igual. A veces hay que perdonar a la madre, al hijo, al hombre, a una misma.

Eso también es revolución.

Hay que rehumanizar la lucha. No todo cabe en un eslogan. Ni todas las mujeres quieren lo mismo. Y está bien. Dejar de imponer un modelo único de libertad —urbano, blanco, académico, neoliberal— es urgente.

Hay que dejar de exportar doctrinas de Ginebra a punta de PowerPoint. El sur tiene sus formas. Sus heridas. Sus místicas. Y su derecho a construir feminismos propios, con menos ONU y más intuición.

Hay que reivindicar la maternidad sin ponerle moño ni castigo. Dejar de verla como carga o fracaso. Es acto político, sí. Pero también es cuerpo, es caos, es entrega. No necesita más teoría. Necesita respeto.

Y sobre todo, hay que volver a pensar.

Pensar sin miedo, sin manual, sin aplauso automático.

Pensar como acto íntimo, sucio, libre.

Pensar incluso contra el feminismo.

Porque si eso no es libertad,

#YoDispenso.