blogeditor · 6 de diciembre de 2013
Por: Alejandro Avendaño (@esquelalex) y Alma A. Merino (@amerino2508)
Más allá de todas las discusiones, válidas y relevantes, el hecho es que el IFE ha sido fundamental en la construcción de nuestro sistema democrático. Ahora que la nueva Reforma Política le cambia de nombre y funciones, la clave es que este proceso fortalezca esta institución y no la debilite.
La Reforma tiene aspectos que se han marcado como positivos. César Camacho Quiroz, presidente nacional del PRI, señala “estamos convencidos de que el aprovechamiento de toda la experiencia de 23 años del IFE debe ser tomada en cuenta y aprovechada por los estados del país” en una entrevista a El Economista; partiendo que un instituto nacional “robusto y fortalecido”, será de gran apoyo para los institutos y tribunales locales. Guadalupe Acosta Naranjo, PRD, ha señalado que con estas nuevas atribuciones el INE evitará que los institutos estatales beneficien “al gobernador en turno”.
Otros opinan diferente. “‘La marca IFE’ ampliamente conocida, por otra nueva, ‘INE’, cuyo conocimiento y confianza llevará años –no era necesario cambiar de nombre para hacer la misma reforma”, señala Luis Carlos Ugalde en Animal Político.
[contextly_sidebar id=”2161124a147d39f9a54be94cbc383d44″]Muchas voces se han alzado a lo largo y ancho del país –políticos, periodistas y sectores de la población en general- denunciando que el cambio de nombre, y por ende de imagen, del IFE es un gasto innecesario. Muchas otras señalan que más allá de un cambio de forma y nuevas atribuciones, se debería concentrar en fortalecer una institución que ha sido fuertemente golpeada por los vaivenes de la política mexicana y que necesita fortalecerse de fondo.
La recién aprobada Reforma Política trae consigo expectativas y dudas que, si no se manejan adecuadamente, serán como arrojar una cerilla encendida en paja seca. Pero hagamos un poco de historia.
Aún recordamos el momento en que José Woldenberg, entonces Consejero Presidente del Instituto Federal Electoral, anunciaba el triunfo de Vicente Fox en las elecciones presidenciales del año 2000. Independientemente de la ideología política, ese momento marcó un hito en la dinámica política mexicana que se mezclaba con los cambios y augurios del nuevo milenio. Y es que para llegar a él, ya se había recorrido un largo camino, uno que se perfilaba a favor de la democracia en México.
En 1994, el entonces presidente Ernesto Zedillo promulga la ley por la cual el IFE se vuelve un instituto ciudadano y despartidizado, lo cual es un cambio significativo en la organización y desarrollo de los periodos electorales. Para este momento el IFE ya cuenta con la facultad no sólo de validar las elecciones del Poder Ejecutivo Federal, sino también el Legislativo en sus dos cámaras. Pero, ¿qué significó esto? Significó que por primera vez en la vida democrática del país eran los ciudadanos los que tenían el control de su democracia.
Otro gran acierto del Instituto fue darle voz al ciudadano y una forma de identificarse con el mundo: la credencial de elector. Cuando cumplimos 18 años todos corremos a sacar este documento que nos hace “mayores de edad”; y aunque al principio nos pudiese servir como una mera forma para validar nuestra edad al momento de ir al antro, la realidad es que este pequeño pedazo de plástico le da identidad -documentada, tangible, con foto- a todo mexicano, de todos los niveles socioeconómicos y regiones del país. Por primera vez se emite un documento gratuito y validado por el Estado que otorga personalidad jurídica a quien lo posee, le da representación, le da voz ante la sociedad.
A lo largo de su vida ha sufrido cambios de forma, pero no de fondo. El IFE sigue siendo responsable de vigilar los procesos electorales federales, y con ello de responder ante los ciudadanos por los resultados de éstos.
Hoy se pone en la palestra y tiene que afrontar el reto que le ha sido encomendado: reformarse en forma, pero sobre todo en fondo. Como todo organismo vivo debe cambiar para adaptarse a las necesidades que la sociedad mexicana le exige; algunas más claras que otras. En primer lugar, regresar a los votantes a las urnas. Pareciera fácil, pero entender que votar es un derecho y una obligación aún nos resulta lejano. En países como Brasil, el voto es obligatorio aún para aquellos que viven fuera del país; de no poder hacerlo deben exponer las razones de peso por las cuales no puede cumplir con esta obligación o serán sancionados: desde no poder ser votados hasta no poder obtener su carnet de identidad. El comunicar la importancia del voto es quizá uno de los principales desafíos para el IFE, ya que no se trata sólo de comunicar los beneficios sino también generar consciencia sobre la responsabilidad que el voto confiere a los ciudadanos, va mucho más allá de poner un tache en una boleta.
También es necesario fortalecer el referente cuando se habla de democracia. El Instituto debe volver al papel protagónico para el que fue creado y que merecemos todos los mexicanos. El Instituto ha sido marcado por voces políticas -y no tan políticas-, que le han restado fuerza. Voces que han hecho evidente que es necesario un cambio desde los cimientos. Hoy estamos frente a una Reforma Política que bien ejecutada dará las herramientas a la institución para consolidarse como el eje rector de la democracia mexicana.
A lo largo de los diferentes estudios que hemos realizado la demanda ciudadana es clara: un Instituto más fuerte con más peso dentro de la vida democrática del país. Esto no sólo compete a las autoridades y partidos políticos, sino a la ciudadanía que debe cambiar sus preconcepciones y tomar en serio la gran responsabilidad que es votar. No es suficiente con tener una credencial de elector para identificarme, es necesario entender la gran responsabilidad que esto conlleva.
La ciudadanía demanda un instituto que cumpla con sus expectativas y que se ponga a la altura de las necesidades del México de hoy, y este reto no es sólo de las autoridades, sino también de los mexicanos. ¿Seremos los mexicanos y las fuerzas políticas capaces de lograr este objetivo?
*Alejandro Avendaño es Comunicólogo Social por la UAM-Xochimilco con especialidad en Publicidad y Mercadotecnia, sentido de organización y comunicación efectiva. Tiene 9 años de experiencia en el ámbito de la investigación social y de consumo.
*Alma Merino es Licenciada en Comunicación por la Universidad Anáhuac, con estudios de maestría en Mercadotecnia Integral. Es comunicadora de profesión desde hace más de 9 años, especializándose en comunicación digital y relaciones públicas para empresas y organizaciones no lucrativas.