blogeditor · 26 de agosto de 2022
Escribir es arrancarse un pedazo de entraña, pero también es formarse un algo: un órgano, un miembro, una articulación tal vez. Y si exploramos a fondo y encontramos más preguntas que respuestas, con suerte nos formamos un hueso.
Me gustan las características de los huesos: sólidos, resistentes, nos llevan y nos traen y, muy de vez en cuando, se manifiestan para recordarnos que tenemos estructura, que no andamos por la vida solos sino con un esqueleto que nos sostiene.
Miro las pocas líneas que llevo escritas y pretendo que ya cuentan una historia, fantaseo que es la página la que da el salto por mí, la que se arroja y se arriesga; pero la del cuerpo soy yo. Me arrojo sostenida por todos mis huesos: salto desde la carne y con el esqueleto.
El cuerpo tiene un idioma fluido, húmedo, mojado, líquido; y, sobre él —lo que alguna vez fue una página en blanco—, se sienten cicatrices, lunares, pelo, grietas, baches, pistas, lugares, montañas, cordilleras. Una cabaña y un hogar; un orfanato, también.
Las células que producen hueso se llaman osteoblastos y las que lo destruyen osteoclastos: es curioso que solo se necesite cambiar una letra para que la palabra signifique lo contrario o lo destruya todo, aun la fortaleza que soporta nuestra masa, nuestra densidad y nuestro peso.
Para vivir en este mundo debes ser capaz de hacer tres cosas: amar lo que es mortal, sostenerlo pegado a tus huesos convencida de que tu vida depende de eso; y cuando llegue el tiempo de dejarlo ir, dejarlo ir.
Mary Oliver
Es imposible no imaginarse un cuerpo completo cuando escuchamos la palabra anatomía. Un cuerpo que revela las venas y las arterias como si fueran carreteras que llegan al mismo lugar; un cuerpo que muestra los órganos y los músculos, como si pudieran dibujarse sin fronteras, unos encima de otros.
El esqueleto, por ejemplo, no tiene un sistema que lo controle, pero sin él nuestros órganos quedarían tan expuestos que vivir sería mucho más riesgoso de lo que ya es. Descubro, además de los osteoblastos y osteoclastos, que cuando nos movemos la orden del cerebro siempre se dirige a los músculos, jamás a los huesos. El esqueleto no tiene voluntad ni memoria: quizás sea lo más básico que tenemos y lo más sofisticado también. Bien decimos: somos de carne y hueso.
Me instalo en el texto, expongo mi anatomía y pregunto si hay alguien más aquí. Suena mi eco, resuenan las paredes blancas, impolutas, de la hoja, de mi casa y de lo que alguna vez fue mi cuerpo. Luego, silencio. Me tiemblan las piernas, las manos. Exploro el orfanato que llevo dentro.
A medida que crecemos, algunos huesos comienzan a fundirse con otros. Nacemos con más huesos de los que tenemos al morir. Es bueno saber que fundirse es una certeza y fracturarse es solo una posibilidad. Salto de nuevo.
Me gusta pensar que las cavidades, los hoyos, los espacios y la porosidad de los huesos le añaden algo a la anatomía, no por su uso de espacio, sino por su capacidad de alojar(nos).
Me detengo y me alojo aquí: salto desde la carne y con el esqueleto.