Humanos y “mascotas” rumbo a una sociedad más justa

blogeditor · 20 de julio de 2020

Humanos y “mascotas” rumbo a una sociedad más justa

Para nadie es ajeno el término “mascota”, pues desde pequeños hemos convivido principalmente con perros y gatos; precisamente por esta cercanía es que queremos reflexionar sobre ellos: ¿qué es una “mascota”? ¿Por qué “tenemos mascotas”? y lo más importante ¿cómo podríamos mejorar la relación que establecemos con ellos en una comunidad compartida?

La palabra “mascota” tiene varios significados, entre ellos “animal de compañía” o “domesticado” —de domus, “casa” en latín—; también tiene la connotación de “cosa” o talismán, asociándose con la idea de estatus y capacidad económica, dando por hecho que ciertos animales “nacieron” para cumplir un determinado fin dentro de la propiedad privada. Por lo tanto, el término “mascota” no debería seguir siendo utilizado, ya que invisibiliza la cosificación de los animales y normaliza las relaciones asimétricas de poder, que se dan siempre en beneficio humano.

Hay que aclarar que si bien una gran variedad de especies convive con los humanos dentro de los hogares, aquí sólo nos referiremos a perros y gatos: ningún otro animal podría considerarse totalmente “de compañía” ya que tienen necesidades que no pueden ser cubiertas por completo en un nicho humano. Un ejemplo del problema al que se enfrentan las personas cuando quieren convivir con cierta especie animal sin informarse adecuadamente sobre sus características y necesidades es el de la moda de tener mini-pigs: aunque estos puedan parecer “adorables” y fáciles de cuidar, requieren de una determinada alimentación, atención médica y espacio que difícilmente se puede conseguir en las ciudades.

Ahora bien, muchas personas consideran a perros y/o gatos como miembros de la familia y seres significativos, los protegen y los cuidan; otras los ven como adornos, objetos desechables o juguetes que se entregan en Navidad. Aquí vale la pena reflexionar ¿por qué vivimos con ellos? ¿Es por amor, por falta de relaciones afectivas satisfactorias o porque nos gusta ejercer algún tipo de poder sobre ellos proyectando pensamientos y motivaciones humanas en nuestra relación? Para ciertos autores, como Erica Fudge y Jorge Márquez, en algunos casos vivir con “mascotas” nos ayuda a forjarnos como seres humanos, a construir y entender nuestro mundo desde la mirada ajena; en otros, reafirma nuestro poderío. Por un lado, los amamos y respetamos en su diferencia y singularidad; por el otro, les exigimos desprenderse de su animalidad para hacerlos a nuestra imagen y semejanza, con toda la violencia y falta de consideración que eso puede implicar.

En cuanto a la relación que establecemos con ellos hay mucho que decir, pues se trata de un vínculo jerárquico en el que uno manda y el otro obedece, alguien habla y otro calla, alguien elige ser “dueño” y al otro se le impone ser propiedad. No obstante, nosotros, como una especie biológica más, tenemos la posibilidad y la obligación moral de explorar nuevas formas de relación, con el propósito de conformar una comunidad más justa y equitativa para cada uno de sus integrantes, humano o no humano.

Aunque hay autores, como Gary Francione, que consideran que no es posible entablar relaciones justas con los animales domesticados debido a que los hemos convertido en seres sumamente dependientes (vulnerables a su entorno y a quienes no se les permite que se sigan reproduciendo y formando parte de la comunidad humana), otros, como Sue Donaldson y Will Kymlicka proponen la transformación de las relaciones de explotación animal en relaciones de cooperación, en las que los seres humanos reconozcan y satisfagan las obligaciones tendientes a salvaguardar la vida y libertad de los animales domesticados, así como reconocer el derecho que tienen a ser parte de la sociedad y de ser moralmente tomados en cuenta en cada decisión que los afecte.

Consideramos que resulta ingenuo e indeseable pensar en una comunidad humana aislada de otros animales porque en nuestra interacción con ellos podemos aprender a ser empáticos, a valorar otras formas de vida, a ver que hay más formas de ser en el mundo y no sólo la humana. Pero ¿cómo lograrlo? Podemos dar un paso adelante reconociendo en nuestras leyes que son seres sintientes, frente a los cuales tenemos obligaciones morales y jurídicas de respeto y cuidado.

Finalmente, pensamos que otro paso en la dirección correcta puede ser mediante prácticas educativas, que nos enseñen a cuestionar y reinventar la relación que tenemos con ellos en todos los ámbitos de nuestra vida, pero sobre todo con las que aprendamos a interpretar las señales con las cuales nos comunican sus preferencias, su bienestar y lo que les causa malestar, ya que de esta forma podríamos establecer relaciones bilaterales significativas y mutuamente benéficas.

* Poleth Reyes es pasante de Pedagogía en la Facultad de Filosofía y Letras y activista en defensa de los animales y del medio ambiente. Samuel León realizó estudios de licenciatura y posgrado en la Facultad de Derecho. Cuenta con dos diplomados en Bioética, impartidos por el Programa Universitario de Bioética (PUB) y el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Actualmente es responsable de Educación Continua del PUB.

 

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Referencias

Fudge, E. (2015). Pets. México: Paidós.

Márquez, J. (2016). El lado oscuro del perro en el mediodía de la post-explotación. Revista Latinoamericana de Estudios Críticos Animales. Año III. Vol. I. Instituto Latinoamericano de Estudios Críticos Animales.