blogeditor · 1 de junio de 2020
Es un oxímoron, porque un borbotón es una sustancia que nace, es el vientre de un hervidero, pero ese vientre se ha convertido en un ruido silencioso, en un hueco a borbotones, un ejercicio en el que la palabra no expresa nada; por el contrario: asfixia, sofoca, socaba, ennegrece, limita, desfallece.
En un artículo titulado idioma y ciudadanía, el connotado filólogo español Fernando Lázaro Carreter, escribió hace más de tres décadas: “La lengua debe ser considerada y tratada como instrumento. La comunicación no es su único objetivo, sino también la creación de pensamiento”.
El debate en la arena política, que es también la arena pública, no debería de estar exento del uso adecuado e inteligente de ese instrumento, la lengua; no el único, pero acaso uno de los más importantes para la salud de una democracia.
La lengua permite —o debería hacerlo— reflexionar, razonar, debatir, discernir, diferir, consensuar. Cada mañana, en cambio, y desde hace dieciocho meses, los mexicanos asistimos perplejos a un espectáculo liderado por el eterno candidato, ahora presidente, que habla con pausas, pero lo hace a borbotones, queriendo decirlo todo de una vez, si la menor reflexión de significado y significante, convencido a sí mismo de que si habla, entonces existe. Solo la palabra, por hueca que esta sea, da sentido a su investidura.
Hace algunos años, cuando el destacado entrenador italiano Fabio Capello dirigía a la selección inglesa de futbol, se atrevió a ser terriblemente honesto y dijo que para darse a entender y dirigir a sus jugadores no necesitaba mayor vocabulario que el de cien palabras. Suficientes para conseguir que aquellos, sus pupilos, comprendieran el mensaje que desde la banca o en los vestuarios, pedía de ellos su mister, su profe.
Como si los mexicanos fueran la selección inglesa, y nuestro profe dirigiera desde Palacio Nacional, cada mañana se nos hace evidente que desde la presidencia, o bien se piensa que basta con un vocabulario que no debe de sumar diez palabras, o que los mexicanos tienen el nivel intelectual de Wayne Rooney, que solo podía entender el significado de “gol”, “ataque”, “balón” y “coger”, como pareciera que los espectadores del show de Palacio entendieran solo “corrupción”, “neoliberalismo”, “antes”, “Dos Bocas”.
Es probable que la pobreza del lenguaje del presidente Andrés Manuel López Obrador esté en sincronía con una sociedad semialfabetizada, y que el desconocimiento de cualquier idioma, e interés por aprenderlo, no haga más que hacer surcos en su cerebro, incapaz de encontrar sinónimos, o incluso sentido a las palabras que expresa como mantra, en donde su lenguaje no encuentra relación entre significado y significante.
Cuando el amante le dice a la amada “Te quiero” mil veces, pero al mismo tiempo la golpea, la palabra “Te quiero” deja de tener sentido tanto para el amante como para la amada, tanto para el emisor como para el receptor. Y es justamente eso lo que pasa con los mensajes contradictorios que cada mañana saturan a los mexicanos y con los que se nos dice, desde un altar burlesco, que sí, pero no; que las cosas ya no son como antes, pero son como antes; que salgan, pero quédense en casa; que la curva se ha domado, pero se rompió récord de muertos; que la percepción de la corrupción es menor, pero la corrupción es mayor; que el tapabocas es necesario, pero no hay que ponérselo; que primero los pobres, pero jamás los que le dan trabajo; que las llamadas de auxilio de las mujeres, pero que en el encierro mueren más que en la calle, y un largo etcétera.
El hecho de que el vocabulario de quien rige los destinos de un país sea limitado no debería ser óbice para su desarrollo, pues el destino de un país no depende de lo que dice, piensa o hace un solo hombre, como no lo era en la selección de Capello para que sus jugadores y dirigidos consiguieran buenos resultados, lo que me hace pensar que el problema, quizá, no está en el mensajero, sino en los mensajeados.
¿Estamos los mexicanos listos para enriquecer nuestro vocabulario, para comprender que “Las mañaneras” no son conferencias de prensa, sino actos de propaganda y publicidad; que ahí no se informa sino que se simula que se informa?
Andrés Manuel López Obrador copió y “mejoró” el invento de conferencias de prensa que inició en su día Ernesto Zedillo, el 7 de junio de 1995, el día de la libertad de prensa. La iniciativa le duró al entonces presidente cuatro meses. No era la primera vez que un presidente de México pretendía instaurar un estilo de relacionarse con los periodistas. Otro López, José López Portillo, lo había intentado en 1981, en un ágape con los directores de periódicos, siempre serviles a los intereses del mandatario.
Hasta ahora, de los tres intentos que ha habido en el México moderno de instaurar conferencias de prensa, los tres han sido un fracaso rotundo y han evidenciado su objetivo real: no el de trasparentar una gestión gubernamental abierta a las críticas y, con ello, ampliar los canales de información, sino más bien lo contrario, obscurecer esos canales, porque no es precisamente el presidente el hombre más indicado para ofrecer información pública, sino el Estado, a menos de que quien preside esas conferencias se crea a pie juntillas la célebre frase L’état c’est moi, de Luis XIV, que en el basto vocabulario de López Obrador —y que nadie entienda vasto— se traduciría en algo así como “¡Tómenla!”.
* Juan Manuel Villalobos es periodista, escritor y editor. Su última obra es el libro de relatos La peor parte (librosampleados, 2020).