House of cards: temporada con mirada de mujer

blogeditor · 27 de abril de 2015

House of cards: temporada con mirada de mujer

Hace algunas semanas terminé de ver con Laura, mi esposa, la esperada tercera temporada de House of Cards. Luego de meses de espera, la estremecedora escena con la que se lanza el cliffhanger que garantiza para sus fans meses de expectativa hacia la ya anunciada cuarta temporada, nos confirmó la impresión que desde muy pronto en la reciente entrega de la serie comenzamos a tener: esta vez, el punto de vista desde el cual se tejió la historia no fue el de Frank, sino el de Claire.

Más allá de la trama de cada capítulo, la tensión que se siente es la de una mujer independiente, capaz de ejercer poder desde su propio lugar de forma autónoma, que se vuelve poco a poco un apéndice de su marido en el camino por ocupar el puesto de primera dama en el gobierno del país mas poderoso del mundo; y que, no obstante, se revela continuamente porque ese rol la fuerza a ser quien ella no es, y a anteponer valores abstractos, como el interés del estado o la paz mundial, a otros valores más cercanos a la lealtad con las personas con las que se ha comprometido, entre ellas, su propio esposo, el presidente de los Estados Unidos.

La serie da mucho qué pensar. Más allá del interesante juego de roles que inevitablemente cae en el chiché de la masculinidad de la violencia frente a la feminidad de la sensibilidad, en el fondo, esta temporada problematiza el patriarcalismo inserto en un modelo de gobierno que ha sido pensado para proyectar una visión tradicional de la pareja, formalmente heterosexual, formalmente monógama y estructuralmente vertical, donde el varón se ocupa de lo público y ella debería hacerlo de los asuntos domésticos, aún si éstos tienen dimensión nacional. Frank encaja sin duda en ese patriarcalismo, pero Claire no. Claire no tiene hijos, de hecho se hizo un aborto —tema que la descoloca notablemente y que se vuelve una amenaza para la pareja presidencial. Claire ha tenido al menos un amante que le estremeció la vida —frente a los múltiples pero instrumentales affairs de su marido. Pero sobre todo, Claire quiere la silla presidencial. ¿Y por qué no? Si, al final, Claire ha demostrado ser notablemente más inteligente que Frank y es a ella a quien su marido le debe, en gran parte, su ascenso a la presidencia.

En México sucede igual. Con muy notables excepciones, junto a los servidores públicos de todos los niveles ascienden sus esposas, por el sólo hecho de ser la pareja oficial; ellos obtienen los puestos mientras ellas asumen responsabilidades que se agotan en organizar desayunos, comidas y eventos para reunir fondos; en pertenecer a patronatos desde los que se hacen cargo del asistencialismo oficial; a participar del gobierno desde su rol, más ornamental que eficiente, de primeras damas. El mensaje de éxito —de las mujeres— asociado a la dependencia —de sus maridos— que lanza este modelo es brutal.

Todo ello hace pensar en la utilidad que una deconstrucción de la psicología de la pareja presidencial tendría en la consolidación de un modelo distinto de relación, en el que ambos miembros tienen derecho a ser el número uno en lo que hacen y donde esa posibilidad depende del respeto por la autonomía del o la otra y del reconocimiento de él o ella como persona independiente.

 

@LGlzPlacencia