Redacción Animal Político · 3 de marzo de 2026
La elección de un tema de investigación conlleva su reflexión teórica, pero en mi caso, me vi imbuida en dilemas éticos y, a veces, con pesadillas entre vísceras y guerras sangrientas. Despertar con la inquietud y perseguida con la duda de si mi interés genuino no se estaría convirtiendo en actitud morbosa, me inicié en una cavilación en la que ahora puedo reparar.
Pero ¿en dónde encontrar aliento, lejos de la terapia tan socorrida en estos tiempos? ¿Qué espacios son propicios para sincerarse ante la inquietud por el dolor ajeno y el propio? Hay pocos espacios en los cuales volcarse hacia la reflexión de cómo nos afectan nuestras investigaciones, o la realidad misma, y cómo nos dejamos afectar por ella. Esta clase de expresiones son frecuentemente ligadas con el patetismo de quien simula una pena para cautivar miradas. A veces, queda el diálogo interior y la escritura.
Lejos nos encontramos ya de aquellas grandes interrogativas: ¿cómo contribuir a evitar una guerra? que Virginia Woolf se dispuso a responder en Tres guineas. Aunque la bomba ha vuelto a explotar y cientos de destellos brillan a lo largo de la República Mexicana, no se diga ya en el mundo entero. Observamos desde nuestras trincheras —por seguir con este lenguaje bélico— el teatro de la catástrofe y caminamos junto a la afirmación de Wilfred Owen secundada por Woolf de que la guerra es insoportable, horrible y bestial (2013).
Los violentómetros y la enumeración de daños colaterales, ocurridos bajo la declarada guerra contra el narcotráfico, son el encuadre en el que se circunscribe nuestro sentido común al pensar cuándo comenzó esta cadena de escenas violentas en el país. Como antecedente de la violencia homicida, de las extorsiones predatorias y demás crímenes donde la integridad física es un cuerpo abierto a la vulnerabilidad se tiene a ese cuadro; quizá nuestros marcos de sentido común se topen con ese escollo y no nos permita ver que más allá hay toda una tradición en operaciones militares y psicológicas que han alimentado a esa guerra no convencional en donde la confrontación es un conflicto bélico intermitente para abatir al enemigo interno, nutrido de las doctrinas de contrainsurgencia puestas en operación por Estados Unidos en épocas de posguerra (Flores, 2018).
Entonces, la ola de violencia que nos alcanza hasta hoy no es fortuita; en esa construcción del imaginario social se esconde aquella guerra no convencional que sería también consecuencia de las masacres de la Segunda Guerra Mundial. La guerra de aniquilación descrita por Arendt (2024) destruye, además de la infraestructura, todos aquellos sistemas de relaciones surgidos de la acción, la posibilidad de mundo se ve impedida por la violencia total.
Por un lado, tenemos la guerra de aniquilación que busca borrar del mapa a toda aquella relación humana y su historia, y la guerra intermitente o no convencional en un territorio dado, la cual apunta hacia un enemigo interno. En México, nos encontramos en una guerra no convencional de la que algunos grupos —delincuencia organizada— se han apropiado, y hacen uso tanto de las tácticas militares convencionales como de las operaciones psicológicas que buscan infundir temor y rendición. Arendt nos advertía que la aniquilación es propia de los totalitarismos y que estos mediante el terror sistemático aniquilan todas las relaciones interhumanas. Pero este terror sistemático ha alcanzado la práctica de aquellos que inclusive no se ciñen al totalitarismo.
También, vemos en la actualidad una serie de vestigios del poder punitivo (Foucault) en donde los suplicios eran públicos para complacer a las multitudes. Si bien a nivel jurídico el castigo se inserta ya en los cuerpos y mentes de diferente manera, la enseñanza del castigo mediante el suplicio en los cuerpos pone su impronta en las prácticas de la delincuencia organizada en México, y esto se constata por el cúmulo de imágenes que circulan en redes sociales y periódicos en donde los cadáveres son herida abierta, son expuestos para que el mensaje llegue a su destino, a los contras (contrincantes).
Las reacciones ante estas fotografías —tomadas por quién sabe qué alma atormentada, testigo de las masacres— también dan muestra de que el castigo se extiende más allá de los involucrados (es decir de los “combatientes”), pues los espectadores apoyan el derramamiento de sangre, y justifican la muerte: “son daños colaterales”, “está bien que se maten entre ellos”, “son los causantes de la situación del país”, “se lo merecían”. El castigo-espectáculo es el que se vuelve público ahora por redes sociales y, que una parte de la sociedad se contenta con estos suplicios, el de los desmembramientos y las decapitaciones, como si la guillotina no hubiera sido suficiente, ahora se toma el arma y el clic del gatillo muestra la potencia para ejercer la violencia (Arendt, 2024).
Pero no solo es la violencia la que se ejecuta con estos suplicios, sino también el poder sobre los cuerpos. El necropoder que ya Mbembe (2011) señala en su texto Necropolítica, se advierte como consecuencia de la colonización y las guerras de ocupación. Tal necropoder también se da en este país. Se decide a quién se le da muerte.
La continuación de la guerra en la cotidianidad de nuestros días ha ido reforzando el castigo. El disciplinamiento de los cuerpos torturados y la política de muerte se han insertado en la doctrina militar, así como en las capas civiles donde varios adolescentes se jactan de pertenecer a un “cártel”, portando chalecos, armas, radios mientras vigilan el horizonte de un campo abierto. Estos cuadros son los que he visto repetirse en TikTok, plataforma social en la que se acumulan videos con este tipo de perfiles. Dice una canción “ya no hay remordimiento solo muerte de contrarios”, pista con la que es musicalizado un video en donde un joven desmiente su muerte y celebra su vida ante los rumores de que había fallecido en un topón (enfrentamiento).
Mientras que unos cuantos espectadores avivan el fuego de la hoguera de los suplicios, a mí me recorre un escalofrío ante las fotografías que, como afirma Virginia Woolf, son la burda expresión de un hecho, dirigida a la vista (2015). Este escalofrío se va removiendo desde los cabellos hasta los órganos, se revuelca y desemboca en náusea. Antes de cerrar los ojos, me quedo perpleja ante la imagen y los videos con alarde de violencia total. Cavarero (2009) nos dice que este sentir se acerca al horror, un horror que va más allá de la repugnancia ocasionada al ver la cabeza de Medusa en tanto mito cosificado en las violencias de ayer y ahora, sin embargo, las formas que las violencias actuales expresan son tan indecibles que no alcanza esa palabra para definir ese afecto, es más bien horrorismo el que entra en la jugada de la emocionalidad, de mi emocionalidad.
Es inmirable lo que pasa en México. La fotografía y los videos no cesan de circular. A dónde dirigir la mirada si no hacia adentro, lugar donde podemos reconocer la forma en la que nos afectan los sucesos y en mi caso, el tema que estudio. Si mis ojos no apartan instantáneamente la mirada de la pantalla, no es morbo seco, es falta de huida que Cavarero (2009) relaciona a la constelación afectiva del horror y la repugnancia. Más allá del miedo y del terror —también éste último muchas veces mencionado por Mbembe para denotar lo que ocasiona la necropolítica— es un horror que no acaba, porque bien puede uno cerrar los ojos o apagar los monitores, pero el derramamiento de sangre sigue allá afuera.
La preocupación propia recae en que en cuanto se activa la espectacularización de los suplicios, todavía brotan hurras. La muerte en sí misma no es el fin. Se busca destruir la unicidad del cuerpo dándonos a saber que estamos en un hilo; nuestra vulnerabilidad es constantemente demostrada.
Mi reacción es una afectación orgánica corporal, un horror(ismo) que no es para menos ante la brutalidad. Queda pensar en el revés para dejar de afirmar la vida como un campo de batalla, pensar a los adolescentes sicarios no como “soldados de barrio” sino como vidas que merecen ser vividas, prevenir para que el castigo no estalle en suplicio.
*Alejandra Jimena Arias Vásquez es doctorante en Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) e investigadora en el Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México.