Hora de dormir

blogeditor · 4 de febrero de 2022

Hora de dormir

Existen muchas razones para ser padre y otras tantas para no serlo. Hay reflexiones evidentes e inmediatas, como el desdoblamiento espiritual y el sentido de trascendencia. Es real y existe. El amor es como la llama de una vela, no se merma, se multiplica tantas veces como sea necesario.  Y el tiempo se difumina o cuando menos cambia drásticamente. El propio se sujeta a otros calendarios y a mal dormir, siempre. Quizás nunca sea igual y las largas horas de reposo nocturno jamás regresarán.

Es común que los hijos se pasen a la cama por las noches. No necesariamente por miedo, tal vez solo por compartir. Las patadas en las costillas a medio sueño no solo despiertan, encabritan. Pero a las tres de la mañana se necesita una voluntad espartana para ser educador, así que lo más fácil es dejar que los frutos pernocten con uno. El tiempo cotidiano se altera a partir de sus necesidades. Los horarios de ellos son los tuyos.

Pero el futuro cambia también. Tus reflexiones e intenciones se modifican en función de un plan que no te pertenece, un tiempo tal vez sin ti. Y está bien, porque el acto de criar es abstracto y poco comprobable. Es como arrojar una cuerda al precipicio, con la esperanza de que sea suficiente y esté bien amarrada. Conversas con ellos y tratas de imprimir en su conciencia lo que crees que es importante. Mientras crecen comienzan a expresar sus intenciones; inocentes, pero precisas. Así que educar, muchas veces consiste, o eso creo, en moldear voluntades en el juego irresoluble en fomentar su libertad y su conciencia.

Yo tengo tres. Una niña y dos niños. Con cada uno, es natural, se forjan interacciones y complicidades diferentes, propias de sus personalidades. Uno es persistente y otra más inquisitiva. El más pequeño es todavía en los llantos y en el dadaísmo. Procuro siempre ponerme en cuclillas para platicar o ponerme en su mismo plano, uno de igualdad. Ofrecerles un principio de seguridad en sí mismos, sin perder una noción por más mínima que sea de autoridad.

Claro que es una experiencia espiritual, sin duda lo es. Una expansión en todas direcciones que de alguna forma u otra, te precisa a ser. Y en esa medida, las hijas exponen la identidad desdibujada que todos llevamos dentro. De pronto entras en una nueva categoría, la de padre o madre. Pero no es eso o no únicamente lo que cuestiona. Más bien uno se pregunta, de forma incisiva, qué significa ser y te contraes hacia dentro. Ser qué y para qué. Para tus hijos, podrías responder, pero no es suficiente, nunca lo será. Se trata de ser en ti, junto, con y a pesar de ellos.

Aun cuando se trata de una relación que implica la presencia de dos, ser padre es una experiencia individual. Con proyecciones exteriores permanentes, pero se trata de ti. Claro, lo puedes compartir con tu pareja (la mía es extraordinaria), pero es en esencia una experiencia solitaria en que conversas de forma constante con tus pensamientos y ahí, arrecian los sueños, ilusiones y fracasos. Porque el futuro de ellos y el tuyo, siempre está presente y al acecho. Y por supuesto que el amor y las sonrisas con las hijas son el jugo de mandarina de la vida. Pero no todo es eso.

La mejor metáfora que se me ocurre es el espejo y sus refractaciones. Te miras en ellos y a la inversa. La imagen que regresa es alteridad, que es la condición de ser otro. Aunque en verdad no lo eres, ni en la respuesta del espejo ni en ellos.

Con toda la complejidad cotidiana, sumado a los encierros pandémicos, supongo que todos hacemos nuestro mejor esfuerzo por ser buenos padres. Es más, se me hace difícil imaginar a alguien que deliberadamente se proponga ser un mal padre o madre. Aun con las alegrías que provoca la música y la sencillez de lo ordinario, tengo un momento predilecto y es la hora de dormir.

Comenzó con cuentos. Al principio les contaba la cenicienta o blanca nieves. Muy pronto, la época en que vivimos me hizo consciente que se trata de historias que colocan a la mujer en una situación pasiva e incluso de víctima. Así que comencé a modificar las narraciones. Ellas eran las heroínas de la historia. Incorporé algunos efectos especiales, como entonar las campanadas de la media noche y ella con sus tenis de cristal, corría a buscar aventuras, porque el príncipe no le había gustado.

Después comencé a inventar cuentos con cuevas mágicas llenas de ríos de colores y miles de puertas misteriosas. Cada noche decidimos a que puerta entrar. A veces es el mundo de chocolate, los jaguares, el desierto o las estrellas. Las posibilidades son casi infinitas y ellos son los protagonistas. Así que más que un cuento, es una charla de la imaginación.

Aun cuando no siempre logro llegar a dormirlos, porque las obligaciones cotidianas apremian, mi tiempo favorito es justo cuando termina el cuento. En su cuarto hay una pequeña lámpara que se queda prendida toda la noche. Y justo cuando se hace el silencio, comienzan las meditaciones. Ya decía que para mí la paternidad es solitaria y precisamente ante esa luz tenue, me vienen las evocaciones de mi vida y sobre todo mi propia niñez.

Me siento en un pequeño sillón y contemplo esa la luz que parece antigua, tal vez lo sea. Pienso en mí, en lo que fui y he sido. Me llegan de pronto instantes que no recordaba e imágenes que no sabía que aún tenía conmigo. Y es que su infancia es la mía. Revivo en la sutileza de un respiro las ilusiones de niño con pijama.

Ser padre, para mí, es un vuelco hacia dentro. A la esencia del principio y al comienzo del ciclo. Por ello es que la paternidad es un espejo en que te ves a ti mismo, te confronta y te encuentras solo en la vastedad del tiempo que te toca, porque el mecate se extiende infinito hacia delante y hacia atrás y en el centro un nudo, el que te corresponde desatar mientras andas en las veredas inacabadas de la vida.

Gonzalo Sánchez de Tagle (@gonzalosdetagle) es escritor, abogado por la UIA, maestro en Derecho por la Universidad de Georgetown e historiador por la Universidad Nacional Autónoma de México. Colocutor del Podcast #DerechoRemix. Autor de los libros Historias de una ceiba azul, Tu sombra en el espejo, La Constitución Política de la Ciudad de México, federalismo e instituciones, Belisario Domínguez, Ciudadano Revolucionario y, en coautoría, La Reforma Constitucional de Telecomunicaciones, el Modelo del Estado regulador en México.